Proverbio Japonés: Pintar un dragón y las pupilas de sus ojos

Buscando información para mi nuevo proyecto literario me he encontrado con un proverbio japonés que me ha desatado la imaginación y me ha encantado.

Os lo dejo a continuación para que os cautiveis también vosotros:

“Una leyenda procedente de tiempos ancestrales habla acerca de un gran pintor que en cierta ocasión pintó cuatro dragones a lo largo de una pared.

Todos los dragones tenían gestos amenazadores, mostrando colmillos y garras, se dice que verdaderamente su apariencia era muy similar a la real.

Sin embargo, a ninguno de ellos les habían pintado las pupilas. La gente que se acercó a admirar el trabajo pensó que aquello era algo muy extraño, casi macabro. Así que le preguntaron al pintor la razón por la que no había puesto ni una sola pupila en los ojos de los dragones. El artista respondió confianzudamente: “Si le pintara pupilas a estos dragones entonces de inmediato podrían salir volando de aquí”.

La gente, por supuesto, no le creyó, por lo que le pidieron reiteradamente que diera muestras de su palabra. Y, ante tal petición, respondió: “Bien, pintaré únicamente las pupilas de un dragón”. El gran pintor tomó uno de sus pinceles y comenzó a dibujar las pupilas de un dragón.

De inmediato, los cielos se oscurecieron, sonaron relámpagos y truenos se presentaron y una lluvia torrencial cayó sobre los espectadores, al mismo tiempo que el dragón al que le habían puesto pupilas, se desprendió de la pared hasta que por fin se alejó volando. Los otros dragones que se quedaron sin pupilas siguieron adheridos a la pared como si nada hubiera sucedido.”

 

El dragón es una de las criaturas perteneciente al mundo de la imaginación humana que se encuentran más arraigadas y vivas .

“画龙点睛” es una historia  que aunque naturalmente no puede ser tomada al pie de la letra, hoy en día es posible observar cómo continúa propagándose tal pensamiento cercano a ls ganas de la gente por creer. Y este proverbio se utiliza con frecuencia en oriente como metáfora tanto en escritos literarios como en el habla cotidiana. Este frase se utiliza para remarcar una idea clave dentro de un discurso y que esta quede aún más clara.

¿Bonito, verdad? Espero que os guste.

CMG

 

Imagen cedida por freeimages.com by Kym Parry
Anuncios

Bienvenidos a mis zapatos!

Gracias por entrar en mi blog de escritura creativa.

Soy Cris Montenegro G, nacida en Ciudad Real ya hace algo mas de treinta años, soy multiples cosas como toda supermujer de mi tiempo: economista, bailarina, escritora, mujer, esposa, ama de casa, amiga, hermana, hija, etc…

Amante de la Antropología, mi carrera recientemente descubierta, busco incesantemente en mi escritura. poder responder a todas las preguntas que me surgen en la vida.

Espero os guste mi blog, que os ayude a incentivar la creatividad, tanto en la vida artistica como en la vida cotidiana, pues es ahí donde se esconde la verdadera magía que yo os quiero mostrar. Disfrutemos de la vida como si fuera una aventura, un drama, una historia de miedo, una comedia, un romance, o un relato salvaje, eso lo eliges TÚ.

Yo lo expreso en mis palaras, pero espero vuestros comentarios, vuestras peticiones, vuestro feedback es importantisimo para mi.

Un abrazo,

CMG

NUESTRO PROPIO REFLEJO: LA LEY DE CORRESPONDENCIA

Esta ley, que tan de moda parece que se ha puesto en nuestros tiempos, nos dice que hay Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. Así mismo, comprender sus principios nos libera de toda limitación.

CRIS MONTENEGRO G.

 

 

Hace unos días, leí en un artículo en una revista de psicología positiva, la entrevista qe le hacían al científico Amit Goswami, un físico cuántico que se ha convertido en el primer científico espiritual de nuestros tiempos. Antes de leer esta entrevista, desconocía la existencia de este científico, de igual forma que desconocía la aproximación de la ciencia a ciertos pensamientos espirituales contemporáneos, y no tan contemporáneos.

Leí por primera vez lo que llaman La ley de la correspondencia. Y gracias a esta mención, continué leyendo acerca de esta ley que parece altamente ilustrada por varios pensadores y distintas religiones.

Y lo que leí, me gustó. Es por esto que he decidido escribir este post y compartirlo con vosotros. ¿Os gustaría saber más acerca de la Ley de correspondencia? Os invito a que continuéis leyendo este resumen que he preparado para vosotros.

“COMO ES ADENTRO, ES AFUERA”.

La Ley de la Correspondencia que lo que vemos en el exterior es una proyección de lo de dentro. Es decir, que nuestro mundo exterior es un fiel reflejo de nuestro mundo interior. De esta forma, puedes conocer lo que está pasando dentro de ti con solo prestar atención a lo que está pasando a tu alrededor. Y, de la misma forma, puedes conocer cómo es el universo, incluso otras dimensiones si quieramos, tan solo observando nuestro interior.

Una de las aplicaciones de esta ley, podría ser la filosofía de  “Mens sana in corpore sano”, puesto que cuando tenemos pensamientos desordenados, distorsionados, nuestro cuerpo también termina enfermando.

Muchos de los maestros que actualmente siguen desarrollando esta ley, consideran que la enfermedad viene de la mano con el remedio, también basándose en las enseñanzas del maestro griego Hermes Trimegisto “el tres veces sabio”,: “Cambia el pensamiento y sanarás tu cuerpo”.

 

EL UNIVERSO QUE HAY EN NOSOTROS

Según esta ley, en el cuerpo humano todo es mente.

Demostrado está, que cada célula de nuestro cuerpo es inteligente y guarda la información más importante de nuestro ser desde que nacemos. Además cada célula tiene la habilidad de comunicarse instantáneamente con las demás, e incluso con el medioambiente. Es lo que se entiende como Comunicación celular. Dicha comunicación se considera que es un mecanismo homeostático, es decir, una condición interna, que tiene como objetivo mantener las condiciones adecuadas fisicoquímicas internas para que la vida continúe frente a los cambios externos.

Un ejemplo sencillo sería si nos cortamos el dedo gordo de la mano con el filo de un cuchillo. Inmediatamente, nuestro sistema nervioso manda señales a nuestro cerebro, de forma que el corte recibe la dosis adecuada de plaquetas y de todo aquello que necesita para que nuestra herida cicatrice y podamos combatir una posible infección.

Así La ley de Correspondencia nos muestra cómo también en el Universo todo es mente. Cada célula del macrocosmos, sea cual sea y se constituya como se constituya, ya sea, una estrella, un planeta, el sistema solar o la galaxia completa, posee ese grado de inteligencia que necesita. Y cada célula de la galaxia, en la que nos incluimos nosotros, ha creado una interconexión entre ellas: “el Todo afecta las partes y las partes influyen a su vez en el Todo”.

Enigmático y profundo es darse cuenta de que cualquiera de nosotros, diminutos en comparación con nuestro mundo, con nuestro sistema solar, si cambia,  inexcusablemente estará alterando la esencia misma del Universo, porque nosotros formamos parte de él. Por qué nosotros estamos formados de las mismas células que él, también somos parte del Universo. Somos una parte minúscula de una gran obra de arte que se mueve y existe al unísono.

Y es por esto que todos nuestros actos, pensamientos, actitudes, sentimientos, que proyectemos al exterior tendrá una reacción. Si hacemos algo positivo, recibiremos algo positivo. Si creemos haber hecho algo positivo, pero recibimos algo negativo, a lo mejor es que no era tan positivo.

De esta forma, el universo somos nosotros mismos, y para aprender del universo no hay que irse a Marte, simplemente hay que vivir aquí, ahora, viviendo el momento que tenemos cada uno de nosotros con nuestro exterior, y si queremos con nuestra galaxia.

Si logramos disfrutar y experimentar nuestra vida con la máxima felicidad y máxima libertad, aquí en el mundo que nos ha tocado vivir, estaremos experimentado la vida en toda su dimensión. Aunque, no es fácil, intentarlo nos puede traer muchísimos beneficios.

LA INFLUENCIA DE LOS ASTROS

En esta misma conexión, está basada la creencia de que cada persona, cuando nace, está influenciada por los astros y los planetas: nacemos bajo la influencia de nuestro horóscopo. Y este horóscopo influencia en nuestro carácter personal a lo largo de toda nuestra vida, puesto que es un reflejo de lo que hay en dimensiones superiores de nuestra existencia humana y éstos están todos entrelazados.

Por ejemplo, la columna vertebral de nuestro sistema solar se podría considera que son los planetas, de igual forma, estos planetas son puntos energéticos del sistema solar, igual que los principales chakras que el ser humano posee a lo largo de nuestra espina dorsal.  No hay mayor reflejo del Universo en nosotros mismos.

Cuando un ser humano tiene los chakras alineados, la energía del amor fluye y todo en su vida tiene orden y armonía. Lo mismo ocurrirá con el sistema solar y los planetas.

MIRA EN TU INTERIOR

La ley de correspondencia dice que lo que se exprese en tu mundo exterior,  se corresponderá con cómo pienses en tu interior y las emociones que expreses. ¿Alguna vez has sentido que no te gusta el mundo que te rodea? Cuando no nos gusta lo que hay fuera de nosotros, es porque debemos examinarnos a nosotros mismos.

Tus relaciones con los demás, vendrán determinadas por la persona que lleves dentro, por tu personalidad. Tu mundo económico, tus ingresos, será el adecuado a tu nivel de preparación interna y tus pensamientos. La forma en que la gente de tu alrededor te responda, reaccione ante ti, será un espejo a la actitud y comportamiento que tu tengas hacia ellas.

Incluso, la forma en que conduces, en que cuidas tu propio coche, se corresponderá en todo momento con tu estado mental. Cuando te sientas positivo, con energía, confiado y creas que controlas tu vida, tu hogar y tu lugar de trabajo estarán bien organizados.

Si, por ejemplo, el trabajo te agobia, te frustra o eres infeliz con tu ocupación, entonces tu casa, tu lugar de trabajo e incluso el armario donde guardas tu ropa, estará desordenado, reflejarán tu propio estado de ánimo, y la confusión te invadirá.

En cualquier parte, por sencilla que sea, puedes percibir los efectos de esta ley de correspondencia, puesto que todo se manifiesta desde el interior hacia el exterior.

Por tanto, si deseamos cambiar lo que nos rodea, debemos cambiar nosotros mismos. Por eso, según esta ley, el camino hacia el cambio siempre estará en la búsqueda en nuestro interior. Observándonos a nosotros mismos, conseguiremos cambiar internamente hacia una persona diferente y los resultados serán óptimos tanto para nosotros como para nuestro alrededor, y conseguiremos cambiar, al fin, el exterior.

Pero este cambio es mucho más profundo de lo que pensamos. La mayoría de las personas tratan de mejorar o cambiar algunos aspectos de su vida intentando que sean los demás los que cambien. Y no les sirven para nada tantos esfuerzos. No les gusta lo que ven reflejado en el espejo de su vida y se esmeran en sacar brillo al espejo en vez de ir a lo que realmente es la causa del reflejo, ellos mismos.

En conclusión, la única forma que tienes de cambiar las cosas externas es cambiar las cosas internas, liberándote de miedos, limitaciones y desechando la frustación.

CUANDO NACEMOS

A cada ser humano le corresponde un cuerpo físico que es perfecto, con una capacidad de percepción que determina una personalidad específica. Con esta capacidad, el ser humano va a ir acumulando información de su entorno y creando una personalidad en donde se instala el destino.

El destino es un encadenamiento de sucesos, es una necesidad de aprendizaje ante lo que nos falta en el camino de la evolución personal y de nuestra conciencia. Por lo que el ser humano se pasa toda su vida buscando dicho camino. En este camino, nos encontraremos con errores, errores que son matemáticamente correspondientes a la experiencia que el propio individuo necesite en el caminar de su vida. Y no podría ser de otra forma. Pues cada una de las decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida, son parte de nuestro destino. Es por esto que desde la ley de la correspondencia no hay errores, sino experiencias que nos van marcando en nuestro proceso evolutivo. Y es que, en el universo, todo responde a un orden prefecto, a un propósito concreto.

Todos tenemos nuestro papel en el universo, el sabio, el ignorante, el inocente, la abeja, la hormiga, el halcón, el león, todos tienen una función concreta dentro de este maravilloso mundo.

PRINCIPIOS DE LA LEY DE CORRESPONDENCIA:

  1. Toda experiencia es un aprendizaje:
  • El universo y todos sus procesos son pedagógicos.
  • Solo la ignorancia o el “creer saber” genera ineficiencia en la vida.
    • Comprender este principio genera eficiencia ya que:

– Saber te da las condiciones para enseñar.
– No saber te invita a seguir aprendiendo.

  1. Toda circunstancia es generada por uno mismo

Comprender este principio libera de la culpa, el rencor, el resentimiento, el deseo de venganza, la baja autoestima, etc. y por lo tanto la somatización de todos y cada una de estas reacciones.

  • “Todo lo que ha sucedido en tu vida, lo que sucede y lo que sucederá, en tu interior y en tu exterior, es generado por ti mismo”. Dependiendo de cómo interpretes tú mismo la experiencia vivida, te puede generar insatisfacción.
  • “De la misma manera que tu no le has hecho daño a nadie, nadie te ha hecho daño a ti”. Aprende de la experiencia propia, asume las consecuencias..
  1. No hay ningún evento que no corresponda con quién lo vive:

Comprender este principio libera de la creencia de la justicia, la injusticia, la buena y la mala suerte.

  • Cada quien tiene lo necesario y correspondiente con su propia experiencia.
  • Pedir es un ejercicio inútil pero necesario. Inútil para el propósito del ser humano, y necesario para descubrir que el universo tiene un orden.
  • Transformar el pedir en actuar trae consigo eficiencia en la experiencia de vida. Actuar permite verificar un resultado de sabiduría o de ignorancia y la observación de este, la disposición a aprender o a enseñar y a fluir con el orden universal.
  1. Estamos ubicados en el lugar que exactamente nos corresponde:

Comprender este principio libera de la creencia de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto.

  • Las diferentes circunstancias que nos atañen, simplemente son necesarias y correspondientes con quien las vive.
  • Cada persona está ubicada en el sitio exacto que la corresponde de acuerdo a lo que este requiera para completar su proceso de evolución.
  1. Venimos a la vida con lo necesario para vivirla:

Comprender este principio libera de la creencia de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto.

  • Si alguien no tuviera lo necesario para vivir, simplemente no viviría. Algo diferente es querer vivir de otra manera lo cual es una condición del ego que no se satisface con lo que tiene.
  • Cada quien tiene lo necesario para aprender y desarrollar su función.
  1. Sólo sucede lo que tiene que suceder:

Comprender este principio libera de todos los miedos.

  • A nivel global e individual todos los sucesos que afectan la vida corresponden matemáticamente con la persona que los vive.
  • Preocuparse por lo que puede pasar o no en el futuro o por lo que pasó en el pasado le quita eficiencia al presente.
  1. Sólo se da o se tiene lo necesario:
  • Es imposible conseguir aquello que no necesites e imposible perder aquello que necesitas.
  • Sólo se tiene y se experimenta aquello matemáticamente correspondiente con las creencias, pensamientos y actitudes que se tienen.
  • Sólo se mantiene aquello que se necesita en la experiencia.
  • Quien agrede y se queja de lo que tiene está en riesgo de perder lo que necesita. Todo aquello que no se valora se va perdiendo.

Entender los principios de la Ley de correspondencia, te ayuda a deshacerte del miedo ante la vida, y te invita a que preste atención a tus acciones, pensamientos y sentimientos, comprendiendo que todo  lo que hagas tendrá un efecto de igual proporción y sentido.

Así como trates a los demás, serás tú tratado. De la misma manera, lo que tú pienses de los demás, los demás pensarán de ti. Y lo que tú sientas acerca de una determinada persona, ella te lo reflejará, pues es lo que tú sientes en tu interior.

FLUIR CON LA LEY DE CORRESPONDENCIA:

Si aprovechamos la oportunidad de aprender de las situaciones difíciles, en lugar de evitarlas, estaremos madurando en nuestro camino de vida y nos haremos más fuertes y sabios, en una actitud de humildad.

Si lo conseguimos, observaremos:

  • Que situaciones que antes eran difíciles e incómodas van desapareciendo y se abre el paso nuevas experiencias, lugares y personas que generan cada vez mayores niveles de satisfacción.
  • Mayor acceso a la abundancia, la satisfacción personal y la paz interior.
  • Mayor capacidad altruista.

 EFECTO DE SALIR DE LA LEY DE CORRESPONDENCIA:

  • Sensación de lucha constante con el consiguiente desgaste ante lo que nos corresponde vivir: lugar, trabajo, personas, situaciones presentes.
  • Falta de altruismo.
  • Sensación de fracaso.
  • Bloqueos.
  • Insatisfacción generalizada.
  • Dificultad para tener éxito.
  • Miedos.
  • Angustias.
  • Frustraciones.
  • Sufrimiento.
  • Baja autoestima.
  • etc.

En mi caso, la Ley de correspondencia me ha aportado unas cuantas preguntas más a mi vida diaria, pero ante todo, me he dado cuenta de que muchas veces no somos conscientes de los que hacemos ni las repercusiones que puedan tener en nuestro alrededor ni a las personas que nos rodean.

Formar parte de algo tan hermoso e importante como la vida misma es una gran responsabilidad y como tal, debemos ser coherentes con la imagen que tenemos de nosotros mismos como parte de ella y la imagen que damos a los demás de ella. Y aquí es donde llego a la misma conclusión de siempre: en nuestras vidas falta mucho amor. Amor por el progimo, amor por nosotros mismos, amor por la Tierra, amor incondicional, en definitiva.

CMG

¿VIRAJE O ABORDAJE?

Leí hace poco un articulo en el que se nos invitaba a reflexionar sobre Qué sentido tienen nuestra vida.

Es cierto que parece que el ser humano es un eterno camino herrante, busca constantemente una respuesta a esta cuestión.

Ellos hablaban de que cuando buscamos quimeras y no sabemos ciertamente donde vamos se produce un malestar en el inconsciente y nos sentimos abatidos, tanto en nuestro plano físico como en nuestro plano espiritual.

Se tiene la idea, en ocasiones, de que tan solo nos debemos dejar llevar por la corriente de la vida por el cauce de un destino ya marcado desde que nacemos.

Ahora, mis preguntas son otras:

¿Realmente vagamos por la vida sin control? ¿No tenemos metas que nos incentiven a continuar? ¿Tenemos una meta en la vida?

¿Y nuestro destino? ¿Realmente estamos destinados a hacer algo en esta vida?

¿Podemos controlar nuestro futuro desde el presente?

Os invito a que reflexioneis conmigo. Y para ello, os dejo una frase que me parece muy ilustrativa.

“Al Este el amanecer, y al Oeste el mar, y más allá del Este y el Oeste, la sed de vagar que me impide vivir.”

Gerald Bull

¿Vosotros qué opinais? Déjame tus comentarios al respecto.

CMG

Fotografía cedida por Matthew Sleeper

ESTO ES ASÍ…

nina-con-botasfeet-407135_960_720

Puedo leer tu mente… Porqué estás sentado leyendo este texto… Conozco tu historia.

Crees no poder estar a la altura. Crees que no puedes tirar más de esa situación. Las personas de tu entorno, los lugares habituales. Tu espalda se encorva. Te pesan los pies. Tu cabeza parece no querer funcionar como debiera. Créeme lo siento.

Cuando la vida está vacía y la soledad comienza a aproximarse cada vez más. Parece que no hay mañana. Parece que acaba hoy.

No hay camino fácil de hacer. No hay vida sencilla. Ni mundo perfecto. Desengáñate. No existe eso de “Búsqueda de la felicidad”.

Ante todo no te rindas, porque la respuesta a todo esto está delante de ti. Ya lo veras.

Prepárate para luchar. Ármate para continuar. Libera tu mente de pensamientos. Deja escapar las preocupaciones. No albergues dudas. Nunca pierdas la fe. Esto no va a ser fácil. Aprende la lección.

Yo no tengo las respuestas a tus preguntas. Tampoco las tengo a las mías. Quizás si me preguntas no sepa qué decir. Pero estoy segura que dentro de ti, encontraras las respuestas. Atrévete. Búscalas. Encontrarás el camino y seguirás adelante.

No lo dudes. Puedes ganar en esto llamado vida. Haz las cosas con la pasión de tu alma. Y pon amor en todo lo que hagas. Eres único.

Cris Montenegro G

 

Foto cedida por Librestock.com

¿RAZÓN O AUTOMOCIÓN?

¿Tenemos las riendas de nuestras vidas? ¿O nos dejamos llevar por lo que otros piensan que está bien?

¿Sómos autómatas? ¿Hacemos lo que se nos marca? ¿Buscamos lo que esperan que busquemos?

Reflexiona. ¿En que lado del riachuelo estás? ¿En la orilla o en el cauce?

river_-matthew-sleeper

 

“No puede entrar en razón quién piensa de forma automática.”

AYN RAND

Foto cedida por unsplash.com by Matthew Sleeper

ENCERRADA

 

    “¡Maldita sea!” maldecía el haber tenido que venir a ensayar precisamente aquella tarde. Además la clase se había extendido más de lo normal. Se había hecho  muy tarde. Eran las nueve y media de la noche. El cielo ya estaba negro  y fuera comenzaba a bajar una fina y fría niebla. Suponía, que sus amigas ya deberían estar celebrando Halloween en el bar irlandés que solían frecuentar.

Cambiaba su maillot y sus pantis por sus pantalones vaqueros ajustados y sus converse todo lo rápido que podía. Soltó su largo pelo, anudado en un moño alto y lo cepilló. Se echó un poco de mascara de pestañas y se pintó los labios. Salió corriendo de los vestuarios.

Ana, a sus veintitrés años de edad, compaginaba sus estudios de derecho con su carrera de bailarina de ballet profesional desde que era una niña. Con muy mala suerte, su profesor no había anulado su clase de aquel lunes 31 de octubre, como la mayoría de sus compañeros que habían dado el puente a todos sus alumnos. El conservatorio estaba casi vacío, solo un puñado de pardillos como ella habían tenido que ir allí en la víspera de un día de fiesta nacional. En su caso, porque los ensayos cada día eran más exigentes. Se encontraban a dos meses vista para el estreno de la obra Giselle y la exigencia crecía exponencialmente. Su profesor era un tirano y muy perfeccionista. A Ana le gustaba la danza y era tan perfeccionista como él. Era su pasión. No le gustaba faltar a las clases por nada del mundo, pero días como hoy se daba cuenta del gran esfuerzo que debía de hacer por mantener su pasión.

Comenzó a bajar las escaleras centrales del edificio de aquellos tres pisos. No podía coger el ascensor. Le daban pánico desde su accidente. Los evitaba a toda costa. Se decía a sí misma que era bueno bajar andando las escaleras, así hacia algo de ejercicio.

Con la prisa que tenía por salir de allí, las escaleras parecían interminables. Parecía como si cada vez hubiera más escalones ante ella. Parecía que se alargaba la distancia hasta piso de abajo. Cuando, por fin, había bajado casi dos pisos, se percató del silencio que había. Paró un momento extrañada y con esa sensación tan familiar de que algo no iba bien. Agudizó el oído. No se oía nada. “¡Maldita sea!”, pensó de nuevo. Lentamente comenzó a dar de nuevo pasos. El eco de la suela de sus zapatillas en el suelo era lo único que se escuchaba. Le invadió un muy mal presagio. Le invadió el silencio sepulcral que le rodeaba.

Más rápido que antes, comenzó a bajar las escaleras. Incluso saltaba los escalones de tres en tres. Miraba a su alrededor y nada se veía moverse, nada se escuchaba en la lejanía. “Mierda, mierda, mierda!” Comenzó a dar tras pies. Quería correr más pero sus piernas no conseguían avanzar más.

Por fin llegó a la planta baja. Bajó el último escalón de la gran escalera central. Miró hacia a los dos lados para ver los dos grandes pasillos que dibujaban una cruz central en el edificio del nuevo conservatorio de música. No había nadie. Anduvo rápido por el corredor central que llevaba a las puertas de cristal de la entrada principal. “Allí estará el vigilante de seguridad.” Pensó Ana, y encaró aquel gran pasillo inundado de silencio con la mayor tranquilidad que pudo, aguantando las ganas de echar a correr por orgullo. No miró hacia atrás en ningún momento.

Cuando hubo llegado a la altura de la garita del vigilante de seguridad, se asomó al cristal pero, para su mala suerte, no había nadie dentro de la garita y en medio del cristal pendía de un trozo de celofán un trozo de papel que decía “He salido a hacer la ronda. Salgan por la puerta de atrás.” Ana se giró hacia las puertas de cristal, cogió las manillas de acero y las empujó. La puerta estaba cerrada. Las empujó con más energía. Las puertas nos cedían. La vapuleó con toda su fuerza. Las puertas definitivamente estaban cerradas. ”¡Mierda!” Se quedó paralizada pegada a una palmo de la puerta de cristal. Maldiciendo su mala suerte. Estaba desesperada por salir de aquel edificio para irse con sus amigas y disfrutar por fin de la noche. ¿Y dónde demonios estaba la puerta de atrás? Fue lentamente recorriendo de vuelta el ancho pasillo principal, buscando un mapa de evacuación del edificio. Encontró el dichoso mapa. Le llevó unos minutos conseguir entenderlo y saber dónde estaban las puertas de salida de emergencia, pero en ningún sitio ponía “Puerta de atrás”. Asique tendría que buscar al vigilante de seguridad para que le abriera la puerta principal o intentar salir por alguna de las cuatro puertas de emergencia que había en aquella planta.

Se llenó de valor y con paso firme comenzó a dirigirse a los dos pasillos centrales al final de los cuales había dos puertas de emergencia. Aquella sensación extraña no había desaparecido. Se cogió fuertemente a la correa de su bolsa de deporte. Anduvo hasta el centro de la cruz que forma la plata, donde cruzaban los cuatro anchos pasillos. Gritó “¿Holaaaaaa?”. De nuevo, tan solo el eco de su voz chocando contra las frías paredes del conservatorio. Ni rastro del vigilante, ni de nadie más. Miró a ambos lados. Giró primero a la izquierda. Anduvo con paso firme y decidido. Sus pasos se marcaban sobre el mármol del suelo. No se escuchaba nada. A lo lejos, el cartel de “Salida” iluminado en verde . Algunas de las puertas de las aulas estaban entreabiertas. Pero no se veía nada ni a nadie por allí. A su derecha, dos cristales transparentes mostraban los instrumentos de la banda del auditorio. La luz de la sala de ensayos estaba encendida. Asomó su cara al cristal. Tampoco había nadie allí dentro. Abrió la puerta, recorrió con la mirada la estancia. Los instrumentos descansaban cada uno en su soporte correspondiente. Apagó la luz y volvió a cerrar la puerta acristalada.

Se dirigió a la puerta de emergencia. Una puerta grande de dos hojas. En el centro una pequeña ventana rectangular con vidrio translucido. Se apoyó en la barra de apertura segura y presionó con fuerza hacia fuera. Los pistones de la puerta no se movieron. Estaba cerrada. “¡Joder! ¿Por qué me tiene que estar pasando esto a mí?” Se preguntaba Ana, apoyando la frente contra la fría madera de haya.

Se dio la vuelta. Comenzó a recorrer el ancho pasillo izquierdo. Pero… ¿ Le había parecido oír algo? Gritó “¿Holaaaaaa?”, de nuevo. No hubo respuesta. Dio un paso, y rompiendo el silencio, se oyó un golpe detrás de ella. Se volvió casi en el acto. “¡Oiga!.¿Es el vigilante?” No hubo respuesta. De nuevo, otro golpe. Parecía que algo se había caído dentro de la sala de ensayos. Ana se debatía si ir hacia allá o correr hacia el lado opuesto. Al fin y al cabo, acaba de comprobar que no había nadie en aquella sala. Debía salir de allí cuanto antes. Comenzaba a perder los nervios. No sabía si se estaba imaginando cosas. Así pues, se dirigió hacia la otra puerta de emergencia del pasillo de enfrente. No le importaba si algo se había estampado contra el suelo. Corrió hasta el centro de la cruz, al pie de las tremendas escaleras centrales, y de nuevo gritó “¿Holaaaaaa?”.De nuevo, el eco de su voz chocando contra las frías paredes. Ni rastro del vigilante. Miró a ambos lados. Encaró el siguiente pasillo y corrió hacia la siguiente entrada de emergencia. Cruzó lo más rápido que pudo dejando a un lado las puertas de las aulas y del auditorio. Chocó contras las puertas de hayas. Envistió contra ellas lo más fuerte que pudo presionando las barras de hierro. Pero la puerta también estaba cerrada. “¡Mierdaaaaaaaa!” Empezó a propinarle puntapiés a la puerta tremendamente cabreada. Pero la puerta continuaba cerrada. Se dejó caer al suelo abatida. Se cogió las rodillas y apoyó la frente en ellas. ¿Se había quedado encerrada en el conservatorio? Ana no podía dejar de repetirse que eso no podía estar pasándole a ella. Si su supermadre la viera, allí tirada muerta de frío y deseando estar de fiesta con sus amigas… ¡Eso era! Sacó el móvil para llamar a su madre. ¡No tenía cobertura! Se levantó. Acercó el móvil a la puerta. Nada. Levantó el brazo. Apareció una raya de cobertura. Se pegó a la puerta para no perderla y marcó el número de su madre. El teléfono daba señal. Se oyó descolgar el móvil y se escuchó a alguien decir algo con mucho ruido de fondo.

  • ¿Mamá? ¿Estás ahí?– le dijo Ana por el aparato.
  • ¿Si?- dijo alguien por la línea.
  • Mamá, soy Ana, me he quedado encerrada en el conservatorio. ¿Puedes venir a buscarme?
  • ¿Ana…tú?… No…bien… ¿Ana?
  • ¿Mamá? ¿Mamá?

Al otro lado de la línea solo se oía ruido, pitidos y de repente, silencio.

  • Ana, te he estado buscando durante mucho tiempo….- se oyó nítidamente una voz infantil que no le resultaba del todo desconocida….

Ana soltó de golpe el móvil que cayó estruendosamente contra el suelo, rompiendo el silencio del lugar. Su respiración se le entrecortaba y las lágrimas comenzaban a asomar en los confines de los ojos de Ana.

  • ¡No puede seeeeeeer!- Gritó con todas sus ganas, rompiendo a llorar.

Se agachó. Se secó las lágrimas con la manga de su cazadora vaquera. Cogió el móvil que se había separado en piezas. Lo volvió a montar. Intentó encenderlo, pero el móvil no respondía. “¡Mierda¡ Ahora esto.” Le daría unos minutos y lo volvería a probar. Definitivamente, su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Trató de serenarse como le habían enseñado para no entrar en un ataque de pánico. Inspiró profundamente y soltó el aire poco a poco.

En la cabeza de Ana, las ideas se agolpaban. Solo le quedaba una opción: continuar hacia la cuarta salida de emergencia, mientras buscaba cobertura y al vigilante. Se puso recta, encajó los hombros y comenzó a andar, de nuevo, hacia el centro de la cruz de los pasillos.

Solo le quedaba una salida de emergencia que comprobar. Llegó al centro. Miró hacia la garita, pero seguía sin haber nadie. Respiraba aceleradamente. Se oyó un fuerte golpe que alteró a Ana. Dio un paso atrás. Como de la nada, una fría corriente rodeó a Ana. Su cabello se levantó con fuerza. La corriente provenía del otro pasillo, el que salía de debajo de las escaleras. El último que le quedaba por investigar. Parecía que los grados en aquel sitio bajaban por segundos. Tenía mucho frío. Giró a la derecha y encaró el pasillo de atrás en busca de la última puerta de emergencia. Rodeó la escalera por debajo. Dejó atrás los ascensores y en ese momento, todas las luces se apagaron. Tan solo se veía el letrero verde de “Salida” frente a ella y la tenue luz que entraba por la pequeña ventana rectangular de las puerta. Hurgó en su bolsillo y sacó el móvil. Le dio a la tecla de encendido. La mantuvo pulsada un rato. Por fin el móvil se encendió. Con la poca luz de la pantalla del móvil, Ana avanzaba lo más rápido que podía por aquel largo y silencioso pasillo a oscuras. Ya casi había llegado a la puerta, cuando por el rabillo del ojo percibió que algo se movía en las sombras. Enfocó la pantalla del móvil hacia una esquina. Allí, sentado, acurrucado, había un niño. Ana comenzó a gritar como una loca. Y el niño también. Cuando ambos se dieron cuenta de que aquello no era una alucinación, callaron y dejaron que su respiración se calmara mientras se miraban.

  • ¿Qué haces aquí? – Le preguntó Ana al niño mientras se sujetaba con una mano el pecho.
  • Me he quedado encerrado y no hay nadie. ¿Y tú?-le contestó el niño.
  • Igual que yo. Qué susto me has dado.
  • Y tú a mí, casi me meo del susto

Ana no pudo aguantar su risa. Ambos rieron nerviosamente.

  • ¿También das clases aquí? – le preguntó el chaval a Ana
  • Sí, de ballet clásico, ¿Y tú?
  • Doy clases de batería, de mayor quiero ser un artista de rock.- hizo un ademan con las manos imitando tocar una batería.
  • Pero ahora tenemos que salir de aquí.– le dijo Ana mirando la puerta de haya que tenía delante.
  • Está cerrada. Vi la nota que el vigilante había dejado en la garita. Esta es la puerta de Atrás. Pero cuando me acercaba a ella vino una fuerte ráfaga de viento y ahora no puedo abrirla. Creo que se ha quedado atascada. Y ahora, van y se apagan las luces. – el chaval miraba la puerta como si estuviera endemoniada.
  • Ya…Venga vamos a empujar los dos con todas nuestras fuerzas. Cederá ya verás. – Ana le puso una mano en el hombro y pareció que el chico se animó.
  • ¡¡Vale!!

Se colocaron ambos delante de la puerta, presionaron la barra y dejaron caer sobre la puerta todo su peso. Las puertas comenzaban a ceder. Ambos aplicaron más fuerza empujando y sujetándose sobre sus pies. La zarandearon con toda su rabia. Pero la puerta no se abría. Cansados se tiraron al suelo abatidos.

  • ¿Cómo te llamas?.- le preguntó el chico.
  • Ana, ¿y tú?
  • Roberto, pero me puedes llamar Berto.
  • Ok, Berto. Venga arriba. Tenemos que encontrar la forma de salir de aquí cuanto antes.

Ana volvía a tener aquella extraña sensación. Se le habían puesto los pelos como escarpias. Cada vez hacía más frio.

  • ¿No tienes frío, Berto?
  • Sí, mucho, estoy helado. Debo tenerla como un guisante.
  • Pero, oye, ¿que edad tienes tú, enano?
  • Ya tengo trece años. Chati, todavía soy muy pequeño si quieres tema.
  • ¿Cómo? ¿Tema? ¿De verdad? No quiero tema, enano. Soy demasiado mayor para ti, ¿No te parece?

Berto la miró de arriba abajo y se puso rojo como una amapola. De nuevo, Ana no pudo contener la risa y ambos se rieron a carcajadas.

Cogió su móvil Seguía sin cobertura. Se levantó y lo acercó a la puerta. Nada, ni siquiera una maldita raya de cobertura.

  • Berto, ¿Tienes móvil? – Le preguntó Ana.
  • No, mis padres piensan que soy demasiado pequeño para tener uno.

Berto hizo una mueca con la boca. Y Ana miró de nuevo el móvil. Nada. Por lo menos les serviría para iluminarlos hasta que el vigilante de seguridad volviera de su ronda. ”¡Maldita sea!” pensó Ana para sus adentros. Le quedaba un diecisiete por ciento de batería. Tendría que darse prisa, o también se quedarían en penumbras.

De nuevo, aquella sensación. La cara de Ana cambió y palideció. Miró hacia la oscuridad del pasillo. Parecía que el tiempo se congelara. No conseguía ver nada. Pero esta vez sus músculos estaban rígidos, entumecidos. El temor comenzó a atenazarle la mente. No podía dejar de escudriñar cada rincón de aquella oscuridad silenciosa.

  • ¿Qué te pasa?- preguntó Berto muy serio.
  • Sssssh, calla.– le dijo Ana y el chico se quedó parado y en silencio.

Un leve ruido se escuchó al fondo de la galería. Después otro. Y Luego otro, cada vez más cerca. Una luz en el letrero del ascensor se iluminó. El ascensor estaba bajando. Ambos contuvieron la respiración, con la esperanza de que fuera el vigilante. El ascensor frenó. Se abrieron las puertas y la luz de dentro del ascensor inundó la oscuridad del pasillo. Dentro no había nadie. Berto miró asustado a Ana. Esta le cogió de la mano y comenzaron a andar hacia el ascensor. Quizás el vigilante se encontrara en las plantas de arriba y le gustase darle a todos los botones del ascensor. Se detuvieron en la puerta del ascensor. Ana asomó la cabeza y gritó mirando hacia arriba “¿Holaaaaaa?”. Sin darle apenas tiempo a retirarse, las puertas del ascensor se cerraron con fuerza. Ana retrocedió tan fuerte que se cayó de espaldas. Se quedó sentada en el frío y húmedo suelo… ¿Cómo? ¿Húmedo? Pasó la mano por el suelo y notó algo viscoso bajo sus nalgas. Encendió su móvil y enfocó al suelo. Un líquido rojo y denso cubría el suelo. Y ella estaba sentada en el medio. Asqueada, intentó ponerse de pie. Resbaló y volvió a caer de nuevo en el charco del líquido. Berto, que no tenía color en la cara, le cogió de un brazo y tiró de ella. Una vez incorporada, volvió a encender el móvil y miró aquello… Sin duda el suelo estaba teñido de escarlata, no eran imaginaciones suyas.

Ambos dos se miraron a los pies, todo el suelo estaba manchado de sangre. Pero, ¿Demonios, de donde había salido tanta sangre?

  • ¿Estás bien, pequeñajo?- le dijo a Ana al niño para asegurarse que no provenía de él.
  • Sí. No es mía… ¿qué está pasando aquí? ¡Esto no es normal!- exclamó Berto con las palmas de las manos abiertas.
  • Tenemos que salir de aquí y buscar al vigilante. Puede ser que esto sea una broma.
  • ¿Una broma? ¿Y quién sería tan cabrón? – exclamó Berto mientras observaba como sus zapatillas de deporte se manchaban de ese líquido granate que parecía sangre.
  • Por cierto, ¿cómo sabias que esta era la puerta de atrás? Este edificio es muy grande y tiene muchas salidas. Ni siquiera yo, que llevo aquí más de diez años lo sabía. Además, ¿por dónde has pasado? Te tendría que haber visto cuando cruzaras por el pasillo.
  • Me lo dijo ella y yo a ti tampoco te he visto. Has salido de la nada…- contestó serio el chaval.
  • Me parece muy extraño todo… Espera. ¿Quién has dicho que te lo había dicho?
  • Una niña que también se ha quedado encerrada. Pequeña con el pelo largo. ¿No la has visto tú también?
  • No….

Aquello no le gustaba nada a Ana. Ya no sabía qué pensar de todo aquello, estaba perdiendo los nervios y ya no sabía qué más podía hacer para salir de allí.  Ana agarró de nuevo la mano del niño y se dispuso a correr hacia la garita del vigilante. Allí podrían intentar abrir la puerta y por fin llamar para que los sacaran de allí.

Antes que pudieran dar un paso, las puertas del ascensor se abrieron de nuevo. Horrorizados, dieron varios pasos atrás. Vieron impávidos cómo una niña sin piernas, se arrastraba sobre sus manos fuera del ascensor dejando un reguero de sangre y vísceras a su paso.

  • Es ella…. La niña que me dijo dónde estaba la puerta de atrás.- dijo Berto mientras señalaba aquella cosa con la mano libre que tenía.
  • Pero,¿ qué mierda es esta?- preguntó a voz en grito Ana en alto a aquella cosa que salía del ascensor. Berto no conseguía articular palabra.

La niña muy lentamente retorció su cuello. Estiró la espalda encajando las escápulas. Se oía como sus huesos crujían. Volvió la cara hacia ellos. Fijó su mirada perdida y llena de odio en ellos.

Ana no podía creerlo. Reconocía aquel rostro que en tantas pesadillas había sido la protagonista. Su peor pesadilla se hacía de nuevo realidad. “¡No puede ser!¡Estas muerta!¡No puedes estar aquí!”, pensó. Aferró fuertemente la mano de Berto. Salieron corriendo hacia la puerta de emergencia. Mientras a sus espaldas la niña continuaba lentamente arrastrándose hacia ellos.

 Cogieron carrerilla. Se estamparon contra la puerta con toda su fuerza e inercia que llevaban. La puerta cedió y se abrió unos centímetros. En el silencio del pasillo, se escuchaban sus respiraciones atropelladas y el inconfundible sonido de la carne mientras resbalaba por la sangre.

Ana empujó con todas sus fuerzas otra vez. La puerta estaba encajada y se movía muy poco a poco. No quería mirar hacia atrás, hacia su pasado. No podía estar pasándole esto. Trató de concentrarse en empujar con su espalda la puerta. Y, por fin, se separó otros cuantos centímetros. Lo suficiente para que Berto pudiera salir.

  • Venga, Berto, sal. – le dijo al niño mientras ella seguía empujando la puerta.
  • Pero…
  • ¡Venga! Sal y busca al vigilante. ¡Venga, sal deprisa!

Berto no dijo nada más. Se apretó contra la abertura de la puerta y reptó hasta afuera. Ana escuchó cómo el muchacho corría sobre la grava. No podía seguir empujando de esa forma la puerta mucho más tiempo. Estaba agotada. Le dolía la espalda contra la madera de haya. Le dolían las piernas de su ensayo de la tarde. Se dejó caer al suelo. Descansó abrazada a sus rodillas, apoyada contra la puerta. Miró por el hueco de la puerta que daba al exterior. No se veía nada, la niebla cubría todo. Rezó porque Berto encontrara al vigilante lo antes posible.

Escuchó un crujido delante de ella. Ana cerró los ojos. No quería mirar a la oscuridad del pasillo. Sintió una respiración en su mejilla izquierda… Una voz infantil rompió el silencio sepulcral del pasillo:

  • Ana, te he encontrado… ¿No te acuerdas de tu compañera de viaje?

Un frio glacial recorrió su cuerpo. Comenzó a temblar. Algo viscoso cayó sobre su brazo izquierdo hasta su mano. Cerró con más fuerza sus ojos. Estaba aterrada. No conseguía mover ni un solo musculo. De nuevo, sintió aquella respiración en su mejilla.

  • ¿Te acuerdas de lo que me dijiste en aquel ascensor? ¿Te acuerdas? Que todo iba a salir bien. Que confiara en ti… Ahora tendrás que venir tú también…

Ana comenzó a sollozar. Pudiera ser que aquel fuera su final.

  • No fue culpa mía que el ascensor se desganchara cuando nos estaban sacando de él… Yo solo te quería proteger… ¡NO FUE CULPA MIA!

En aquel momento la puerta se abrió y Ana cayó de espaldas sobre la grava. Abrió los ojos. Un señor mayor de pelo cano le miraba muy atento. Junto a él, estaba Berto.

  • ¿Estás bien, chica? – le dijo el señor.
  • Sí… ahora sí…

El vigilante la ayudó a ponerse de pie y comprobó que no tenía nada roto. Berto se puso al lado de Ana y esta le abrazó.

  • No me esperaba que la puerta de atrás se hubiera cerrado. Es imposible que se cerrara, suel poner un bloque de cemento para sujetarla. Perdonad chicos. Lo importante es que no ha pasado nada y ya estáis fuera, lechones.
  • Pero, ¿qué pasa con la niña de dentro? – le dijo Berto al vigilante.

El vigilante levantó la linterna que llevaba en la mano. Señaló con el foco hacia el pasillo. Y como Ana se había imaginado, allí no había nadie más…

Cris Montenegro G

Imagen cedida por imagenesdepaisajesnaturales.net