CAPITULO 1: “AQUEL DÍA” (PARTE I)

Dedicado a mi hermana y mis padres, 

ellos apoyaron esta publicación

” Por fin, paseábamos mi alma y yo a solas atravesando aquel pacífico y frondoso campo de margaritas. Meditabamos envueltas en el dulce sonido del viento acariciando la hierba, semejándose a las olas del inmenso mar. observábamos aquél maravilloso paisaje de rocosas montañas, verdes valles, y bosque, rodeadas del cálido abrazo de aquel sol de primavera, que,a pesar de ser abril, brillaba con todo su esplendor, y nos brindaba la más maravillosa de las visiones naturales que jamás hubiese recordado.

Atrás quedaban las voces de la gente y el sonido de la reunión que mi familia había organizado para mi compromiso nupcial. Me había descalzado y sentía entre mis dedos de mis pies, la fresca humedad de la escarcha que el alba había dejado aquella mañana, y que aún conservaban las finas hojas de césped y los pequeños pétalos blancos de las margaritas. Mi vestido se ceñía a cada oleada de brisa, y hacía que mi piel reaccionara al contacto de ese ente natural. Sentía en mi interior cada glóbulo rojo que corría por mis venas. Sin duda, esto debía ser lo que los demás denominaban “estar vivo”.

Sin darme apenas cuenta, mis pasos me alejaron del barullo de la reunión, adentrándome en un bosque de hayas cercano a nuestra casita de campo. Hacía mucho tiempo que no pisaba aquella tierra, aquellas rocas, que no recorría el camino del riachuelo, que no escuchaba los cantos de las aves que allí habitaban. Y fue entonces, que sumida en la más profunda de la serenidad, recordé aquello que, tantos y tantos años atrás, ocurrió en aquel mismo sitio, bajo la solemne mirada de todos aquellos monumentales árboles. Aquella misma mirada, ahora, acusadora.

Recordé con gran inadversión aquel suceso que había enterrado en lo más profundo de mi corazón. Cada minuto, cada segundo de lo pasado, grabados a fuego en mis entrañas, herían mi alma como un puñal de fina hoja, inundaban mi mente, y derramé una lagrima por mi mejilla helada.

Ante mí, encontré el claro de bosque donde nuestros sueños de la niñez había nacido. En el centro del claro, ocupaba gran extensión, un lago de aguas tranquilas y profundidades oscuras. Inmóvil por el miedo que había renacido en mi interior, observé aquel cuadro que había permanecido intacto desde aquella fatídica mañana. Pero, en un recóndito lugar de mi mente, nació la valentía y me preparé para afrontar mi miedo, y así poder liberar mi alma y mi subconsciente, de una vez por todas, de esa carga que durante años habían soportado.

Me senté cerca de la orilla del lago y acaricié con la palma de mi mano las frías aguas en las que mi vida había naufragado. El sol brillaba con fuerza sobre mi cabeza. Las aguas reflejaban la luz entre las hojas de las copas de los árboles. Aquellas escena tan familiar a mis ojos. Fue entonces cuando dejé de mirar a través de ojos maduros y sentí que mi piel rejuvenecía, mis huesos encogían, mis ojos observaban su alrededor con inocencia y mi vida retrocedía hasta aquel día cuando teníamos diez años.

Mi hermana y yo jugábamos alegremente en el bosque de hayas mientras nuestro padre cazaba y nuestra madre, confiada, cocinaba en el hogar. A pesar de que no vivíamos en la casita de campo, nuestros padres nos llevaban con ellos todos los fines de semana para pasar un par de días al calor del fuego de la chimenea, y al abrigo de su cariño y sosiego. Nuestras jóvenes piernas ya habían recorrido aquel bosque miles de veces y habíamos encontrado nuestros lugares predilectos para dar rienda suelta a nuestra imaginación. Aque claro era uno de ellos.

Aque día, mi padre seguía el rastro de un cervatillo y se alejó más de lo habitual dejándonos en el claro del bosque, cuyo corazón latía en las progundidades del lago. Nosotras imaginábamos que éramos exploradoras en un mundo fantástico, lleno de seres mágicos y de belleza inigualable. Albergábamos la esperanza de que en cualquier momento apareciera un duende detrás de alguna roca o un hada con alas de cristal danzara entre las copas de los árboles.

Aunque mi hermana tenía dos años más que yo (ella, diez años, y yo ocho) teníamos la misma altura, el mismo color de ojos y el mismo color de pelo. Quizá, yo fuese un poco mas rubia y mi hermana tuviera los ojos un poco más claros. Aún así, parecíamos ser gemelas por nuestro gran parecido físico, pero no había ninguna duda que la más vivaz era mi hermana.

Nuestro gran parecido maravillaba a nuestros padres que lo disfrutaban con amor. Aquel día, nuestra madre nos vistió a las dos con un vestido holgado, de un material que abrigaba mucho, pudiera ser pana y, encima, un abrigo de paño color teja, que iba acorde con las hojas caídas de los árboles a causa del tiempo otoñal. Las hojas formaban una alfombra tupida sobre las aguas del lago y, prácticamente, no podíamos discernir donde comenzaba la orilla y donde estaba el dentro del mismo.

Así pues, jugábamos risueñas en nuestra imaginaria aventura. Cantábamos, bailábamos, corríamos, saltábamos, hasta que escuchamos un extraño ruido detrás de un arbusto. Asustadas, por lo que pudiera aparecer, corrimos a escondernos detrás del tronco de un gran árbol caído. Permanecimos inmóviles durante un par de minutos. Después, descubrimos abochornadas, que lo que nos había espantado, tan sólo era el viento.

Te has asustado, gallina.- se bufó mi hermana Elena.

No es verdad. Tú si que te has asustado. – contesté yo llena de frustración.

¡La llevas! –  me tocó el hombro y salió corriendo como alma que lleva el diablo.

Con pies torpes, al comenzar a correr tras ella, tropecé con las raíces sobresalientes del árbol que nos había dado escondrijo, y caí de bruces sobre la tierra. Mi hermana a guasa, comenzó a reírse de mi. De hecho, se retorcía cómicamente en sus rodillas y se tocaba el vientre mostrando su gran gozo. Mientras yo, sentía como me hervía la sangre en una corriente de ira, que iba en aumento a cada carcajada de mi hermana. Cuando pude levantarme, cogí impulso y corrí con toda mi rabia hacia donde mi hermana estaba.

No percibimos lo cercanas que nos encontrábamos de la orilla del lago. Tampoco advertí el peligro que corríamos cuando embestí a mi hermana Elena con toda mis fuerzas, haciéndole perder el equilibrio. Casi no recuerdo cuando Elena cayó al agua. Lo único que recuerdo es esa agua salpicandome la cara. recuerdo observar como chapoteaba pidiéndome ayuda:

– ¡No sé nadar!¡Virginia, ayúdame! – gritaba mientras sus ropas se empapaban y la empujaba hacia las profundidades.

Anuncios

5 pensamientos en “CAPITULO 1: “AQUEL DÍA” (PARTE I)

  1. Está hecho cuidando todos los detalles sensoriales, con delicadeza y una gran sensibilidad -Precioso Enhorabuena por todo este gran proyecto

    Le gusta a 1 persona

  2. Ana Montenegro dice:

    Genial volverlo a leer

    Le gusta a 1 persona

  3. Rocío dice:

    Precioso relato, me recuerda alguno otro tuyo…seguimos leyendo.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s