MARTIN, EL VOLÓN

Era un día lluvioso, cuando Martín salió de casa. Obnubilado por sus pensamientos, permanecía resguardado del agua bajo el hongo que crecía escorado en la corteza del nogal donde vivía.

Aunque la lluvia era más hábil que él, puesto que su rechoncho cuerpo, pequeño y peludo, como una pelota de tenis, no cabía bajo el hongo.

Observaba la robusta rama del árbol, que daba entrada a su hogar, bajo sus pequeñísimas zarpas. La expresión de su cara era extraña. ¿Por qué había pensado que aquel hongo naranja iba a conseguir parar la lluvia para él?

Su madre había salido a por comida y su padre había aprovechado para recoger unas ramitas nuevas para el nido, puesto que los gemelos pronto eclosionarían.

Él se aburría sobremanera, así que salió por el ojo de buey y se quedó allí sin saber qué hacer cuando, de repente, se percató que se había dejado las llaves y a los gemelos sin vigilancia dentro.

¡Menuda regañina se llevaría!

Sopesó el gran salto que había hasta el suelo, echó un paso atrás y decidió quedarse lo más quieto posible para no mojarse mucho, pero no lo consiguió.

Y es que un mochuelo adolescente como él, necesitaba otras cosas diferentes que cuidar de sus hermanos pequeños.

Una gota fría le cayó en la frente y fue resbalando lentamente por su pico. Abrió sus grandes ojos amarillos de par en par. Salió de debajo del hongo, se sacudió el agua de sus plumas y abrió sus pardas alas para acariciar el viento entre sus plumas.

¡Vaya día había elegido para dejar el nido!

 

CMG

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CAUTIVADOR SUEÑO DE ORIENTE

Sherezade había sobrevivido ya mil noches. Certero era que sobreviviría una noche más para admirar el siguiente amanecer, despedirse de sus hermanas las estrellas de Oriente.

Aquella noche cepilló su largo cabello azabache hasta que brilló a la luz de las velas. Maquilló sus profundos ojos verdes. Perfumó su cuello con el dulce néctar del Jazmín. Se vistió con sus vestiduras nupciales de raso blanco con bordes de plata, y se envolvió con su velo de seda color lila.

Se dispuso a cruzar el pasillo que le separaba del dormitorio del Sultán de Persia…. Respiró profundo, como si aquella fuera la última vez que el oxigeno recorriera su garganta…

Al abrir, una vez más, la puerta de sus aposentos, encontró al Sultán, afilando sobre una tabla un sable dorado mientras observaba fríamente cómo entraba su esposa.

Sherezade, decidida a sobrevivir una noche más, desenvolvió el velo mientras se acercaba al Sultán sin separar su mirada. El velo se movió lentamente con la brisa de la noche. Cogió el pesado mango de la cimitarra, y en un diestro movimiento, lanzó el velo al aire, cayendo sobre el sable y partiendo el velo en dos.

Colocó una parte del velo en cada uno de sus brazos. Bajo la atenta mirada del Sultán, alzó el sable y lo colocó con sumo cuidado sobre su cabeza en un equilibrio perfecto. El Sultán se quedó sin aliento, pues nunca antes había visto nada igual.

Sherezade comenzó a bailar con sus caderas al ritmo de la música que llegaban a través del balcón. Su baladí cautivó al Sultán.

Y Sherezade, sin soltar el embrujo, comenzó a girar, y a girar, y a girar, y sus brazos se convirtieron en alas de mariposa y comenzó a volar…..

CMG

 

GRACIAS A AMIRA FALAK BELLYDANCER POR DEJARME PORNER SU FOTOGRAFÍA PARA AMBIENTAR MI RELATO

GRACIAS POR AMARME

Algunas veces es duro para mí decir las cosas que me gustaría decir.

No hay nadie más aquí excepto tú y yo, y estas viejas y rotas farolas de la calle.

Cierra las puertas.

Dejemos el mundo fuera.

Todo lo que yo tengo para darte, son estas tres palabras:

 

Gracias por amarme.

Por ser mis ojos, cuando no podía ver.

Por separar mis labios, cuando no podía respirar.

Gracias por amarme.

 

Nunca supe que tenia un sueño, hasta que ese sueño fuiste tú.

Cuando te miro a los ojos, el cielo tiene un azul diferente.

Atraviesa mi corazón, no llevo ningún disfraz.

Si lo quisiera, tu me harías creer, que crees mis mentiras.

 

Tu me levantaste cuando me caí.

Tocaste la campana antes de que ellos me derrotaran.

Si me estuviese ahogando, tu partirías el mar y pondrías tu propia vida en peligro para rescatarme.

 

Cierra las puertas.

Dejemos el mundo fuera.

Todo lo que yo tengo para darte, son estas tres palabras:

 

Gracias por amarme.

Por ser mis ojos, cuando no podía ver.

Por separar mis labios, cuando no podía respirar.

Cuando yo no podía volar, Tú me diste alas.


GRACIAS POR AMARME.

 

CMG

COSAS DE LA VIDA

Un osado rayo de luz invadió la instancia en la que alguien dormía sosegadamente.

Aquella persona era Alberto, un niño de doce años emocionado de la vida y cuya principal afición era hacer ladrar al perro de su vecino, Yago, un caniche de no más de medio metro de alto. Sonó su despertador en forma de coche de carreras, con su habitual tono semejante al rugido de un motor en formula uno. Eran las ocho y diez de la mañana y tenía que ir al colegio. Apagó el despertador sin despegar siquiera los ojos. Perezosamente, se volvió a arropar con las sábanas y continuó durmiendo sin importarle ni lo más mínimo que pudiera llegar tarde a clase. En ese momento, su madre, Paloma, entró en la habitación:

  • Venga, dormilón. Si sigues así llegarás tarde a clase.- se acercó rápidamente a la cama y retiró con un juego seco de muñecas las sábanas dejando al descubierto el calentito cuerpo empijamado de Alberto, sumido todavía en un profundo sueño.
  • Ummmm… – tan solo pudo articular el pobre Alberto.

Continuando con su rutina de cada mañana, la mamá de Alberto subió hasta el tope las persianas y abrió de par en par las cortinas azules de Mickey que su padre le había traído como recuerdo de su viaje a París. Ante tan desolador panorama, y vistas sus pretensiones derribadas por su poderoso enemigo, sus ojos se abrieron completamente, dejando ver ese verde tan precioso del que su madre estaba completamente enamorada. Se desperezaba cuando su madre se sentó al borde de su cama para observarle en su cómica actuación mañanera. Ésta, inclinando un poco su cabeza a la derecha, no podía dejar de mirarlo con amor y sentirse orgullosa de su único hijo.

Tardó varios años en llegar el feliz acontecimiento. Les costó muchos paseos por las consultas de distintos médicos especialistas en esos temas. Pero, hoy, con su hijo frente a ella, le daba gracias a Dios que les hubiera recompensado con tan maravilloso presente: Alberto. Una triste noticia, saber que jamás podría darle un hermano, o hermana. Pues, fue un embarazo muy duro y doloroso para ella, y el parto, especialmente perjudicial, hasta tal punto, que su matriz quedó dañada para siempre. Aunque, pensaba, lo volvería a hacer otra vez más, pues Alberto era lo mejor que les había pasado, el mayor fruto de su amor. Y ahí , delante de ella, estaba retorciéndose y eludiendo su deber de levantarse para ir al colegio:

  • No vas a conseguir convencerme. Te quiero de pie en dos segundos, sino llamaré a Yago para que venga y te muerda los talones.- bromeaba Paloma para que su hijo se moviera de una vez. – Venga, no me enfades.- Se levantó e, inclinándose sobre su hijo, le besó suavemente la frente.

Alberto siguió con la mirada a su madre que salió de la habitación y lo dejó solo. Realmente le hubiese gustado quedarse ese día en la cama. Tenía un examen de mates y no le apetecía ir al colegio porque uno de sus amigos había enfermado y no tendría con quien jugar al rescate en pareja a la hora del recreo. Pero, en fin, era un chico responsable. Se levantó de un salto, abrió el armario, tan desordenado como siempre, y sacó una ropa cualquiera. Entró en el baño, se aseo y se vistió en un tiempo récord. Su madre le había preparado como cada mañana el desayuno: un vaso de zumo de naranja natural, un tazón de Cola Cao y sus cereales favoritos, un desayuno nutritivo para un chico fuerte que tenía que crecer, o por lo menos eso era lo que decía su madre. Y él la creía.

Se sentaron juntos para desayunar como cada mañana, aunque no exactamente igual:

  • ¿Y papá?.- preguntó Alberto a su madre con la boca llena de una mezcla entre cereales masticados y zumo de naranja.
  • No hables con la boca llena.- le regañó su madre.- ¿No has oído que se ha marchado esta mañana temprano?
  • ¡Nooo! ¿Adonde?.- preguntó totalmente atónito.
  • Será posible que no te hayas enterado que ha pasado a tu habitación para darte un beso de despedida. ¡Ay!. Se ha marchado a Bruselas. Tenía una reunión muy importante hoy, ¿no te acuerdas?. – su madre sonreía mientras observaba divertida a su despistado hijo cómo se devanaba los sesos por recordar.
  • Aaaah! – finalmente, tuvo que admitir Alberto.

A Alberto, no le gustaba que su padre viajara tanto. Lo único que deseaba era que jugara más con él y que pasara más tiempo en casa con su madre. Pero el padre de Alberto era un alto ejecutivo de una empresa internacional y su deber era viajar allí donde lo necesitaran para un negocio.

A veces se imaginaba a su padre, a su madre y a él en un avión rumbo hacia un exótico país sobrevolando las azules aguas del océano, y tan solo de pensarlo, se emocionaba: ¡ un avión!.

Así pues, la mañana de Alberto comenzó. Ya en la realidad, cogió su mochila, y le dió un beso a su madre. Al salir al descansillo, como cada mañana, golpeó la puerta de su vecino y Yago comenzó a ladrar desesperado. Así fue como le gustaba cada mañana salir de camino al colegio, sito tres manzanas hacia la derecha, pasando por delante del hospital provincial.

Eva subía pesadamente la cuesta de la calle donde tenía su casa. Había madrugado más de lo normal aquella mañana, incluso, aún llevaba señaladas las sábanas en la piel de su cara. El sueño y el cansancio eran sus acompañantes. Tenía cita para realizarse unos análisis de sangre. A pesar de que le aterraban las agujas y todo aquello que tuviera que ver con médicos y aparatos quirúrgicos, al fin había encontrado un trabajo medianamente decente y le exigían un informe medico completo. Definitivamente, su cansancio era debido a la falta de costumbre de levantarse temprano. Como no tenia trabajo al que acudir diariamente, la hora de despertarse la decidía ella.

Tomó el autobús metropolitano numero 2, pagó sus setenta céntimos de euro y se hizo sitio, como pudo. entre el grupo de trabajadores vestidos con mono azul que habían subido en la estación anterior. Encontró un lugar idóneo al lado de la luna trasera del vehículo, a través de la cual podía observar el paisaje tranquilo y solitario de las siete de la mañana de esta ciudad pequeña y acogedora. Mirando su rostro reflejado en el cristal, se preguntaba si tanto esfuerzo valdría la pena; si al acabar el contrato de seis meses que la habían ofrecido no la volverían a despedir, y tendría que volver a fichar cada mes a la oficina del INEM. Le cabía la esperanza de encontrar en aquella empresa su futuro trabajo indefinido o por lo menos la experiencia necesaria para encontrarlo en otra diferente. Se sentía totalmente desconectada del mercado laboral después de tantos años. Por lo que, estaba atemorizada. Atemorizada por no saber, por no poder, por no dar la talla. Pero, en su interior, albergaba que su juventud fuese su mejor aliada.

Bajó en la parada situada enfrente del hospital provincial. Respiró profundamente. Con valentía, dió un paso en delante y entró por la puerta de atrás al hospital. Buscó la sala de “extracciones”. Esperó en la puerta, junto con otros pacientes, a que a las ocho en punto se abriera la puerta. De su interior, salió una enfermera que vociferó varios nombres. Los pacientes que eran nombrados pasaban dentro entregándole primero el volante de su médico de cabecera. A cada minuto que pasaba esperando allí, de pie, con el estomago vacío, sus nervios se acrecentaban. Por fin, la enfermera, de piel amarillenta y nariz puntiaguda, dijo su nombre. Una vez dentro, varias “auxiliares técnicos sanitarios” esperaban con unos tubos y unas jeringuillas a los pacientes para extraerles la sangre. Eva, paralizada, esperaba a que alguna de ellas le hiciese una señal. Fue la enfermera del fondo quien le señaló la silla que había vacía delante de ella.

  • Arremánguese y ponga aquí su brazo con el torso interno hacia arriba. – prácticamente, le ordenó, mientras preparaba uno de los tubos en una de las jeringuillas y le ponía una goma apretándole el brazo, con el fin de que la sangre se acumulase y encontrara mejor las venas que tenía que perforar.

Eva cerró los ojos y miró hacia otro lado, mientras la ATS le pinchaba con la jeringuilla. Cuando por fin acabó, se levantó, no sin cierta dificultad, y anduvo como pudo hasta la puerta. En el pasillo, se sentó en una silla para descansar mientras el mareo se disipaba. Se dirigió a la cafetería, donde compró un bollo de chocolate y un zumo envasado. Aquello terminó de animarle. Ya no se sentía mareada. Salió a la calle. Se miró el reloj: eran las nueve menos veinte. Respiró profundamente el aire fresco de la mañana. Bajó los escalones en dirección a la parada de autobús de vuelta a su casa. Al ir a cruzar por el paso de peatones, un coche rojo se dirigía a toda velocidad hacia ella por su izquierda, pero Eva no se percató. Pasó frente a ella rozándole los pies y despeinándola por el viento que el coche rojo formó. Por ese mismo efecto gravitatorio, Eva giró la cabeza hacia la derecha. Y fue entonces cuando lo vió.

Paloma bajaba rápidamente los escalones del pasillo. Llegaría tarde si no se daba prisa. Cuando llegó al piso bajo, advirtió que le faltaban las llaves del coche y tuvo que desandar lo andado. Ahora lo que no encontraba eran las llaves de la puerta. Eran las nueve menos veinticinco y ya era seguro que llegaría tarde, así que se relajó y buscó tranquilamente las llaves de la puerta de su casa. Las encontró en el fondo sur de su amplio bolso. Entró rápidamente al salón y cogió, de encima de un sinfonier de madera color violín, las llaves del coche donde las había dejado la noche anterior. Cerró con un portazo, lo que hizo a Yago ladrar. Paloma cerró la puerta susurrándole al perro que se tranquilizara que era ella. De nuevo, bajó a toda prisa los escalones.

Se miró el reloj eran las nueve menos diecisiete minutos. Abrió la puerta que daba a la calle y vió a una chica correr gritando algo que no comprendió. De fondo, escuchó el sonido de unas ruedas frenando y, de repente, un olor a llanta quemada le hizo entender que algo había pasado. El corazón le dió un vuelco. Su pulso se aceleró. Sin saber porqué corrió hacia donde el coche rojo había frenado. Llegó Paloma. Se comenzó a formar un grupo de personas alrededor de ella. No podía creer lo que estaba viendo. No podía ser verdad…

Alberto estaba tumbado sobre el asfalto, inmóvil. Paloma cayó de rodillas al lado de su hijo. Las lágrimas empañaron sus ojos mientras trataba de buscar algún atisbo de vida: no se movían sus pulmones, su corazón no bombeaba la sangre. Comenzó a perder los nervios. Lo llamaba incesante, y se decía a si misma que aquello no estaba pasando, que tan solo era un sueño y en seguida iba a despertar. Se autoconvencía de que su hijo se levantaría en cualquier momento. En esos segundos de confusión, esa chica que gritaba momentos antes se hizo camino entre la gente que se había amontonado a su alrededor. Se arrodilló al lado de Alberto, colocó su cabeza formando una línea con su laringe para dejar las vías respiratorias abiertas, acercó sus labios a los de su hijo y empezó a insuflar aire de sus plumones a los del niño. Paloma la miraba embelesada por el ritmo de los masajes cardiacos que la desconocida aplicaba al pecho de su pequeño. De hecho, había sido la única persona, de todas las que allí les rodearon, que hizo algo valiente y coherente con las circunstancias. ¿Quién sería? ¿Por qué lo hacía?

Un equipo sanitario llegó a los pocos minutos, seguidos por un coche de policía. Paloma se levantó del suelo. En esos momentos no podía distinguir entre la realidad y la ficción formada en su cabeza. Le parecía estar viendo una película desde el palco de butacas. Los policías tenían cogido por un brazo a un chico con gafas de sol oscuras, el cual, debía de ser el causante de todo, el conductor del coche rojo. El medico de urgencias y las enfermeras luchaban por hacer respirar a su hijo tumbado, ahora, en una camilla con ruedas. Alguien le preguntó si conocía a ese chico y ella contestó. Se lo llevaron corriendo hacia el hospital. Recuerda que pensó: ” Menos mal que vivimos cerca del hospital provincial.” Y, enfrente de ella estaba la chica que gritaba, la chica que auxilió a su hijo cuando ella ni siquiera sabia si continuaba viva. Pero, ¿por qué lo hacía?

Eva se quedó mirando cómo se llevaban al chaval, intubado, con la mascarilla de oxigeno cubriendo sus fosas nasales. Su visión angelical, echado sobre su frío lecho de cemento, quedó tatuada en su mente. Al levantar la vista, encontró la desoladora mirada de la que ella creía era su madre. Pobre mujer. Aún le temblaban las piernas, y no podía emitir ni una palabra de consuelo para tranquilizar a esa madre demacrada. Se acercó donde ella estaba. Cogió el bolso que estaba tirado en el suelo y se lo devolvió, pues tendría que ser suyo.

Las dos mujeres permanecieran unidas, sentadas una junto a la otra en la sala de espera del hospital, expectantes cada vez que se abría la puerta por donde había entrado Alberto. No se dirigieron ni una sola vez la palabra. Tardaron casi dos horas en salir a comunicarles que el niño estaba todavía vivo, sin embargo, lo estaban interviniendo.

Paloma no paraba de llorar, frustrada, intentando llamar a su marido, y su marido que estaba “apagado o fuera de cobertura”. De vez en cuando, miraba de reojo a su compañera. Compañera totalmente desconocida. Desconocida que le había ofrecido su apoyo en aquellos momentos sin aparente razón. Razón que habría de dársela por ser la única persona que había ayudado a su hijo. Entonces, supo que le estaría eternamente agradecida.

Eva se levantó de la silla para ir a la cafetería a por dos botellas de agua mineral. Le ofreció una a la mujer sentada a su lado. La mujer la cogió y le sonrió. Quizás, ese día era el día en que desempeñó el papel de heroína de toda la obra de su vida. Entonces, supo que no podría irse de aquel hospital sin haber hecho todo lo posible por el chaval, que le había devuelto las ganas de luchar por algo.

Sin palabras, las dos mujeres se expresaban cuantos sentimientos nacieron en tan fatídica situación. Tras el transcurso de tres horas, un medico vestido de verde salió de detrás de la puerta. Las dos se levantaron, Paloma por ansiedad y Eva por temor.

  • ¿Quién es la madre?.- preguntó el doctor con voz condescendiente.
  • Yo… – dijo Paloma, entre sollozos.
  • Mi nombre es Alonso Vázquez, el cirujano que trata a su hijo.- el doctor posó suavemente su mano en el hombro de Paloma y sugirió:.- Mejor sentémonos.

Eva, Paloma y el medico se sentaron en silencio. Él garraspeó y comenzó a hablar lentamente, mirando a los ojos a Paloma:

  • Su hijo está estabilizado, aunque no está fuera de peligro. Se lo explicaré para que lo entienda sin tecnicismos. El coche impactó contra la caja torácica, lo que ha causado que la tercera y cuarta costilla del lado izquierdo se partieran. Esto ocasionó que una de ellas, perforará parcialmente una arteria pulmonar. Este problema está en estos momentos controlado temporalmente, aunque puede tener, en las próximas horas, crisis respiratorias críticas. El impacto fue brutal para su cuerpo todavía en formación y sus huesos aún blandos. Lo que le quiero decir es que tiene múltiples fracturas. Aún así, lo más grave es que, creemos, se ha dañado la médula.

Paloma temblaba aterrorizada tratando de asimilar lo que el cirujano le estaba explicando. Por primera vez desde su encuentro, Eva miró los ojos de aquella madre destrozada. Encontró ansiedad y una cantidad desmesurada de dolor. Experimentó la necesidad de sentir entre sus dedos las heladas manos de esa mujer, de la que nada sabia, pero con la quería compartir su dolor y demostrarle así su apoyo en esos momentos de amargura. No se dijeron nada. Los tres secundaron los momentos de silencio. Tras unos segundos, que parecieron una eternidad, el medico continuó:

  • Si actuamos con diligencia, todavía nos queda una posibilidad para salvarle.- Paloma levantó la cabeza, en su mirada, se podía ver la esperanza y la valentía por intentar cualquier cosa por la vida de su hijo.- No puedo asegurarle cuanto tiempo podremos mantenerle estable. Necesitamos un donante cuanto antes, aunque le advierto que no es nada fácil.- el medico hizo una pausa.- Quizás, su padre nos pueda ayudar. Es el candidato más probable.
  • ….. .- un susurro fue tan solo lo que salió de la garganta de Paloma, para explicar.- … Eso es imposible… Mi marido está en Bruselas….- y después de estas palabras, rompió a llorar sin consuelo, hundida en la más profunda de las desesperaciones, frustrada por no poder hacer nada. Todo estaba perdido. No volvería a tener a su pequeño entre sus brazos. Su vida se escapaba.

El verde paisaje de la sierra, el aire fresco de las montañas y la atmósfera de tranquilidad que la invadía, propiciaron el recuerdo de aquellos agrios sucesos en que todo estaba perdido, en que todo había cambiado para ella.

Hay quien cree fielmente en la idea de que cada hombre y mujer nace con un destino ya marcado. Aseguran que somos “enviados” a la tierra para realizar una misión, pues todos tendríamos una misión que debemos cumplir. Por ende, todos los acontecimientos de una vida fluyen hacia un mismo punto y nos conduce en un mismo cauce. Para Eva, desde aquel accidente, se convirtió en una filosofía de vida. Estaba segura de su credibilidad, pues en esa mañana gris, que en principio se presentaba tan monótona como todas las demás, ella cumplió su misión. En definitiva, consistió en salvar vidas. Su vida se salvó porque estaba extraviada y no la podía encontrar en las profundidades de un hondo pozo de tristeza en el que se había sumergido. La vida de Paloma, ahora su mejor amiga, también la salvó al estar, simplemente ahí e infundirle serenidad y aplomo. Y, también, la vida de Alberto. Pues nadie podría haber sabido que Eva estaría allí en aquel momento; nadie podría haberle dicho que correría sin pensarlo al auxilio de Alberto en el justo momento; pero lo que nunca nadie podría haber predicho fue que Eva sería la llave de una puerta imposible de abrir. Sería la persona que donaría una parte infinitésima de sí misma para que un niño, al que de nada conocía, pudiera vivir.

Simplemente, son cosas de la vida. En realidad, fue pura casualidad que el medico accediera a realizarle las pruebas cuando todo ya estaba perdido. El padre de Alberto no podría llegar a tiempo para la intervención, las vías normales burocráticas del hospital que llevaban integradas largas listas de espera eran desalentadoras, y las pruebas realizadas a la madre habían sido negativas. Todo estaba perdido y Eva, simplemente, quería ayudar. Se le ocurrió: “¿Qué podemos perder?”. Ante las pocas esperanzas que la situación presentaba, el doctor aceptó, no sin escepticismo. Asombrosamente, y sin una explicación científica razonable, las pruebas de compatibilidad resultaron positivas. Eva era la donante que esperaban que, en la cuenta atrás, salvaría la vida de Alberto.

Meciéndose en aquel balancín con Alberto tumbado en su regazo, viendo tranquilamente el tiempo pasar, dió las gracias por haber estado en el lugar idóneo en el momento exacto, por lo que ocurrió aquella mañana, por el milagro que supuso para su vida y para la de Alberto.

Esta es la historia de tres vidas que se cruzan por azar. Es la historia de tres vidas que desde entonces transcurrieron paralelas. Esta es la historia de tres corazones, uno fuerte y luchador, otro triste y opaco, y otro débil e inmaduro, y tres almas gemelas que durante tres días latieron al mismo compás. Tres días que transcurrieron desde la intervención quirúrgica hasta que Alberto abrió de nuevo sus ojazos verdes llenos de vida, iluminando de ilusión y agradecimiento la mirada de Paloma y llenando de desbordante amor aquel vacío de la vida de Eva.

Hoy, la amistad inunda las paredes de la casita de campo, que Eva y su marido habían comprado en la sierra de Alcudia, para celebrar el próximo nacimiento de su primera hija. Paloma y su marido pasaban el mayor tiempo posible junto a Alberto y a la pequeña niña que habían adoptado, formando así la familia que ellos deseaban.

Y Alberto, porque no nos engañemos, es el protagonista de este relato, aprendió a valorar cada minuto de su vida siendo ejemplo de las mejores virtudes de solidaridad y comprensión con sus semejantes, paseando por la vida de la mano firme de su madre Paloma y su ángel protector, Eva. Aquel horrible accidente se fue archivando en los confines de su memoria, aunque siempre lo llevó tatuado en su pecho y grabado en su corazón, que bombeaba su dulce sangre con más ganas y más fuerza que nunca por esas cosas que hacen que valga la pena vivir.

REEDITANDO MI CASA

   Con una simple llave de metal, abres una puerta blanca cualquiera, en el portal de un bloque cualquiera, en la urbanización cualquiera de una ciudad real cualquiera. Y esa puerta cualquiera abre hacía el único espacio que contiene lo nuestro: nuestro hogar.

   Al abrir, sale corriendo entre mis morenos cabellos, el olor a comida del dia anterior, mezclado con un toque a orquidea del ambientador y un toque de desodorante masculino.

   El recibidor da la bienvenida a un sitio escueto, reflejado en un espejo de pared. Sentado en un banco blanco, hay un cartel implícito que invita a descalzar los cansados pies sobre una alfombra de pelo largo y suave. Descalzos puedes sentir sus cerdas indecentes que te acarician sugerentemente.

   Una foto aqui, una foto allá, recuerdan otros tiempos que vivimos juntos en otros lugares. Un foco aquí, una lámpara acá, no hay nada más que decir de los blancos techos de mi hogar.

   Los recuerdos de nuestros viajes salpican las estanterias de nuestros muebles de colores: amarillo, naranja, caoba, verde, rosa, etc.

   Mi casa es particular, y no solo porqué así reze la canción infantil.

   El caos vive en mi casa, yo vivo en mi casa, yo soy el caos en mi casa. Remolino de emociones, arcoiris de vivencias, esta es mi casa.

 

CMG