MARTIN, EL VOLÓN

Era un día lluvioso, cuando Martín salió de casa. Obnubilado por sus pensamientos, permanecía resguardado del agua bajo el hongo que crecía escorado en la corteza del nogal donde vivía.

Aunque la lluvia era más hábil que él, puesto que su rechoncho cuerpo, pequeño y peludo, como una pelota de tenis, no cabía bajo el hongo.

Observaba la robusta rama del árbol, que daba entrada a su hogar, bajo sus pequeñísimas zarpas. La expresión de su cara era extraña. ¿Por qué había pensado que aquel hongo naranja iba a conseguir parar la lluvia para él?

Su madre había salido a por comida y su padre había aprovechado para recoger unas ramitas nuevas para el nido, puesto que los gemelos pronto eclosionarían.

Él se aburría sobremanera, así que salió por el ojo de buey y se quedó allí sin saber qué hacer cuando, de repente, se percató que se había dejado las llaves y a los gemelos sin vigilancia dentro.

¡Menuda regañina se llevaría!

Sopesó el gran salto que había hasta el suelo, echó un paso atrás y decidió quedarse lo más quieto posible para no mojarse mucho, pero no lo consiguió.

Y es que un mochuelo adolescente como él, necesitaba otras cosas diferentes que cuidar de sus hermanos pequeños.

Una gota fría le cayó en la frente y fue resbalando lentamente por su pico. Abrió sus grandes ojos amarillos de par en par. Salió de debajo del hongo, se sacudió el agua de sus plumas y abrió sus pardas alas para acariciar el viento entre sus plumas.

¡Vaya día había elegido para dejar el nido!

 

CMG

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