PENSAMIENTO BUDISTA

“Somos lo que pensamos. Todo lo que somos surge de lo que pensamos. Con nuestros pensamientos, hacemos el mundo.”

Buda

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NOTICIA VERDE BOTELLA

Subió los tres escalones. Se detuvo ante la puerta blanca. Se ajustó la pajarita. Asintió con la cabeza y llamó al timbre de la entrada. No había desistido nunca. Lo había conseguido por fin.

Seis meses antes…

 

Danil paseaba junto a su perro Rufus por la playa de Kaliningrado, después de haber hecho los deberes y haber merendado. Estaba atardeciendo. Eran las cinco de la tarde, la mejor hora para tirar palos a Rufus y jugar con él, mientras chapoteaba con los pies descalzos en la orilla.

No se dio cuenta. Tropezó y cayó de bruces sobre la arena mojada. Había pisado algo grande y le dolía el pie. El perro ya había vuelto con el palo en la boca. Miro hacia atrás y vió brillar algo verde medio enterrado en la arena.

Danil se acercó gateando y agarró aquello que le hizo caer. Sorprendido descubrió que se trataba de una botella de cristal que contenía un mensaje. Boquiabierto miró para un lado y para el otro. Estaba solo. No se trataba de ninguna broma.

¡Había encontrado un mensaje en una botella! ¿Qué niño de trece años podía decir que había encontrado algo parecido?

Cogió la botella verde, llamó a Rufus, y corrió hasta llegar a su casa sin aliento.

¿Qué podría ser? ¿Un mensaje cifrado? ¿Ingeniería extraterrestre?¿El mapa de algún tesoro escondido? Su corazón rebosaba emoción de color verde botella.

Con ayuda de su padre, abrieron con cuidado la botella y consiguieron sacar el papel amarilleado por el tiempo. Se trataba de un mensaje escrito en alemán. ¡La botella había estado viajando desde 1987!

 

No se trataba de ningún mapa del tesoro, ni ningún mensaje cifrado, pero resultó ser una gran peripecia encontrar a la dueña del mensaje, Esperanza, que casi no recordaba haberlo escrito, pues tan solo tenia cinco años cuando lo envió.

Incluso fue la NTV para grabarlos.

Y allí estaba él junto a su padre, una tarde de viernes, en Alemania, para devolver en persona un mensaje de más de veinte años con envoltorio color verde esperanza, y tomar unas deliciosas galletas de mantequilla.

 

CMG

 

RETO NUM.47: “ESPERANZA TIENE NOMBRE DE MUJER”. TERRITORIOS ESCRITORES

EL POZO VACÍO

Había tardado años en acostumbrarse a la negrura profunda de las noches de luna nueva. Extendía la vista y podía ver más allá las figuras fantasmales de los animales que rondaban por el bosque. Podía distinguir los relampagueantes ojos de las bestías nocturnas.

 No había sido fácil acostumbrarse a las sombras, a la visión de la profundidad infinita y a las súbitas apariciones de extrañas criaturas que ahora le resultaban tan familiares. Ahora ya no sentía miedo, jamás, ante nada.

Estaba acostumbrada a la imagen que tenían todos de ella. Una imagen errónea, catastrófica. Aunque no había remedio. Ella misma tenía aquella imagen formada en su cabeza, rumiándola en todo momento.

Realmente no podía explicarlo con palabras ni con gestos ni con movimientos. Esas imágenes jamás habían sido creadas antes. Nadie podía verlas como ella lo hacía.

Aquellos personajes la visitaban cuando menos se lo esperaba. En el desayuno, en la cena, en la merienda. Irremediablemente, comenzaba a vagar por la casa en busca de una respuesta, en busca de auxilio, para poder refugiarse de ellos. No podía detenerse ni un momento o la atraparían con sus cadenas eternas. Tenía la sensación que aquella casa estaba ocupada. Sentía debajo de su piel que era así. Oía sus pasos. Sentía su aliento en su mejilla. Se la erizaba el bello con su gélido tacto.

Había suplicado a sus padres hasta la extenuación que abandonasen  aquella casa llena de sombras y sonidos. Fue entonces cuando apareció aquel hombre con maletín, y la examinó. Su madre le quitó la ropa y la dejó en bragas. La vergüenza hizo que su respiración se acelerase. Le hizo preguntas extrañas, que no supo qué responder. Le pasó unos cables por todo el cuerpo.

 A partir de aquel momento, conoció qué era el cansancio. Lo conocía muy bien. Le acompañaba a todos los sitios. Sentía debilidad constante sobre los hombros y en la parte superior de la cabeza. Había días que la leche le sabía amarga. Las tostadas de mermelada de naranja de su nodriza parecían enmohecidas. A media mañana comenzaba el cosquilleo entre los dedos y se le caían los parpados. Ya no sentía ni curiosidad.

¿Curiosidad? Ya no sentía los pensamientos ni seguía las conversaciones de los adultos en el comedor. Parecía que su memoria sólo estaba repleta de las imágenes de aquellas criaturas ocupas de su casa. Mientras la voz de su nodriza envolvía cada uno de sus pensamientos, e  intentaba cambiar aquello que no se podía cambiar.

Comenzó a andar en puntillas y hablaba en susurros para que los habitantes de la casa no la escucharan. Comenzó a pasar largas temporadas en su habitación, encerrada entre las cuatro paredes que impedirían que entraran. Observaba impasible los prolongados atardeceres, durante los que un dilatado incendio parecía arrasar el bosque, mientras que se apaga la luz del día.

La noche era insoportable. El insomnio la invadía cada día. Las voces ya no respetaban el silencio de las estrellas. Los escuchaba tras los muros, envuelta en conversaciones sin sentido, gritos de terror y palabras de desesperación.

Algo la hizo reaccionar. Un instinto arcaico escondido en su interior más profundo. Se puso unos calcetines. Abrió la puerta de su habitación con cuidado y se acercó a la escalera silenciosamente. Bajó de puntillas. Por fin, haría caso a su nodriza y saldría de la casa para dar un paseo y que le diera el aire enrerarecido de la noche.

La puerta de la entrada chirrió, dejando pasar la luz del farol del saledizo, que le gustaba a su madre dejar encendida toda la noche. La luna estaba en su fase creciente. Era una noche clara y estrellada. Hacía calor. Miró al vacío. Ahí estaban entre los árboles.

Desvió la mirada hacía el suelo y vio una cucaracha bocarriba. Tiesa. Se sentó sobre el frío gres de la entrada y contempló los ojos negros del insecto. Apagados. Aquel bicho terminaría desapareciendo, devorado por otras criaturas. Empezó a pensar en sí misma como futuro alimento de innumerables seres microscópicos. Cerró los ojos y se imaginó abrazada por la gran oscuridad de la inmovilidad absoluta.

Se incorporó lentamente para no alterar a los observadores. Había oído miles de veces la historia del pozo vacío que le narraba su nodriza y esa noche lo comprobaría. Bajó los tres peldaños de la entrada de la casa. Sentía el frío del césped en los pies. Inició su camino hacía donde suponía que estaba el pozo. Los árboles se movían con la brisa cálida de la noche. Algún perro abandonado seguía sus pasos. Vuelos repentinos de aves de presa. Su corazón se iba acelerando. Respiró hondo y encajó las escápulas. No era el momento de activar el miedo ancestral que provoca a saberse un ser mortal.

Permanecía con la mirada fija al frente. Tras seguir un sendero entre los árboles, en un claro rodeado de cipreses, por fin encontró el pozo de piedras apiladas y alabastro. Se volvió hacía atrás para comprobar que el farolillo continuaba encendido.

Dio varios pasos más para acercarse al borde del pozo. Los calcetines se le iban empapando lentamente. Había charcos alrededor del pozo en los que se reflejaba la luz de la luna. Estiró el cuello y asomó la cabeza por encima del muro. No veía nada. Se agarró del borde para subir su rodilla izquierda. Cogió impulso y se sentó en el borde.

Era mentira. ¿Porqué no le sorprendía? No estaba vacío. Tenía agua y, desde el fondo, le miraban tres enormes basiliscos, con sus tres cabezas y lengua bífida.

Miró una vez más hacía atrás para contemplar el farolillo de la casa. El pozo jamás volvería a estar vacío. Cogió impulso y saltó. Por fin, las voces se callarían.

 

CMG

 

LA HISTORIA DEL HIELO QUE SE DERRITIÓ EN EL TREN

            La señora sentada en el asiento 2E del vagón 3, junto a la ventanilla,  parecía inquieta. Se removía en su asiento. Hablaba en susurros consigo misma. No parecía darse cuenta que llevaba puesto un sombrero dentro del tren. Ni que llevara puestas las gafas de sol. Picoteaba con las puntas de las uñas el plástico que revestía la ventanilla. Y movía las piernas dando pequeñas patadas al asiento de delante. No parecía darse cuenta que los otros viajeros se estaban dejando contagiar por su inquietud.

            La azafata pasó adrede por allí. Le ofreció amablemente algo de beber o de comer. Adrede le ofreció gratuitamente la revista del tren. A la señora le gustó el ofrecimiento, y aceptó un refresco con hielo y la revista. Pareció que los restantes treinta y cuatro minutos de viaje se tranquilizara.

            Pero en el momento en el que la megafonía del tren anunció la siguiente parada, el nerviosismo volvió a recorrer todos sus miembros. “ tintintiiin… Señores pasajeros, nos aproximamos a nuestro siguiente destino, donde haremos una breve parada. Recuerden recoger sus objetos personales.”

            Tanto nerviosismo le provocaron aquellas palabras, que se levantó de sopetón, tirando el vaso vacío del refresco y desparramando el hielo por el suelo enmoquetado. La señora salió corriendo fuera del vagón.

            Aunque no se dio cuenta, que en el asiento 2E, se dejó olvidado algo de suma importancia: Su paciencia.

            Y allí se quedó la paciencia observando tranquilamente cómo se derretía el hielo en el tren.

 CMG

CHIP, LA ARDILLA

Erase una vez una ardilla llamada Chip, que de noche se escapaba a un mundo fantástico lleno de almendras, nueces, maíz, y muchos frutos secos más, en nubes de algodón. Al amanecer, traía en su bolsón nueces de polvo de diamante.

 

Aún con tanta riqueza, Don Fulano, amo de esta ardilla, quería poseer más, y llevándose por la avaricia quiso hallar el escondite de su bigotudo amigo y obtener así la fuente de dicha riqueza.

 

En el silencio de la noche, arropado por la oscuridad, Chip se escabulló y Don Fulano lo persiguió camino de su escondite de nubes de algodón. ¿Qué sucedió? Don Fulano se perdió en el laberinto de azúcar. Y Chip nunca regresó.

 

¡Cuantos hay que teniendo lo bastante,

enriquecerse quieren al instante,

imaginando grandes cargos, y

grandes casas, con puertas que no se les olviden cerrar,

pues cuando la ardilla volvió,

y la puerta abierta vio, simplemente se escapó,

y a Don Fulano en la ruina y con una llave dejó.

 

CMG

TORMENTA EN EL ÁTICO DE MIS PENSAMIENTOS

Dedicado las amables personas que engloban Territorio de Escritores.

Mil gracias por la cariñosa bienvenida y por haberme hecho finalista del reto Num. 46,

estoy muy agradecida. Y gracias por darmepermiso para poder publicarlo en mi blog.

 

 

Amanecía gris. En el horizonte se podían distinguir fogonazos de luz.

 

No sé cuanto tiempo llevaba caminando por el laberinto de cemento. Desorientada, sin poder detenerme, perdida en mi nulo juicio.

 

En ese momento no me importaba nada. Era precisamente lo que me había estado pasando durante tantos años. Algo se corroía en mi interior.

 

Reflexioné sobre mi vida, una pantomima dirigida por los demás. Tenía una profesión. Un sustento económico. Aunque todo ello había significado renunciar. Dejándome arrastrar por la corriente de la sociedad, había cumplido con lo que se esperaba de mí y había alcanzado la cresta de la ola en la que todos nos movemos alguna vez. Pero esa ola ha de chocar contra las rocas del desfiladero y hacerte añicos en el impacto.

 

Estaba sentada en el parque cuando comenzó a llover. No reparé en que por fin había respondido a alguna de las tantas preguntas que atormentaban el ático de mis pensamientos. Detrás de todo aquel caos, una pregunta: ¿Estoy en crisis?

 

Acompañaron a la lluvia, mis propias lágrimas evacuando aquel ático caótico que no conseguía gobernar. Lloré amargamente por todo lo que había sido, por todos los sueños perdidos, por todo aquello que jamás llegué a ser.

 

Miré hacía el cielo. Las nubes reflejaban mi propio corazón. El agua corría por mi rostro. Tenía empapado mi ser. Alrededor de mí se creó un torrente de agua que se iba por la alcantarilla. Mi mente estaba parada. Era como si yo misma no existiera por unos momentos.

 

De repente, dejó de llover. El viento azuzó fuertemente todo. El ático de mis pensamientos, sorprendentemente, parecía limpio, sereno y con olor a tierra mojada.

¿Crisis? Tal vez sí. Al fin, tenia claridad. Podía discernir mis antiguos sueños y el camino que me conducían a ellos. Podía vislumbrar un futuro motivador. Aquella parada terminó con un gran suspiro y mi última lágrima. Estaba preparada para el destino. Tenía por delante un mundo de ideas que crecían fuertes tras la bruma que no me había dejado ver.

 

Me levanté. Una nueva persona que mejorar.

 

Si esto eres Crisis, Bienvenida seas.

 

CMG