EL POZO VACÍO

Había tardado años en acostumbrarse a la negrura profunda de las noches de luna nueva. Extendía la vista y podía ver más allá las figuras fantasmales de los animales que rondaban por el bosque. Podía distinguir los relampagueantes ojos de las bestías nocturnas.

 No había sido fácil acostumbrarse a las sombras, a la visión de la profundidad infinita y a las súbitas apariciones de extrañas criaturas que ahora le resultaban tan familiares. Ahora ya no sentía miedo, jamás, ante nada.

Estaba acostumbrada a la imagen que tenían todos de ella. Una imagen errónea, catastrófica. Aunque no había remedio. Ella misma tenía aquella imagen formada en su cabeza, rumiándola en todo momento.

Realmente no podía explicarlo con palabras ni con gestos ni con movimientos. Esas imágenes jamás habían sido creadas antes. Nadie podía verlas como ella lo hacía.

Aquellos personajes la visitaban cuando menos se lo esperaba. En el desayuno, en la cena, en la merienda. Irremediablemente, comenzaba a vagar por la casa en busca de una respuesta, en busca de auxilio, para poder refugiarse de ellos. No podía detenerse ni un momento o la atraparían con sus cadenas eternas. Tenía la sensación que aquella casa estaba ocupada. Sentía debajo de su piel que era así. Oía sus pasos. Sentía su aliento en su mejilla. Se la erizaba el bello con su gélido tacto.

Había suplicado a sus padres hasta la extenuación que abandonasen  aquella casa llena de sombras y sonidos. Fue entonces cuando apareció aquel hombre con maletín, y la examinó. Su madre le quitó la ropa y la dejó en bragas. La vergüenza hizo que su respiración se acelerase. Le hizo preguntas extrañas, que no supo qué responder. Le pasó unos cables por todo el cuerpo.

 A partir de aquel momento, conoció qué era el cansancio. Lo conocía muy bien. Le acompañaba a todos los sitios. Sentía debilidad constante sobre los hombros y en la parte superior de la cabeza. Había días que la leche le sabía amarga. Las tostadas de mermelada de naranja de su nodriza parecían enmohecidas. A media mañana comenzaba el cosquilleo entre los dedos y se le caían los parpados. Ya no sentía ni curiosidad.

¿Curiosidad? Ya no sentía los pensamientos ni seguía las conversaciones de los adultos en el comedor. Parecía que su memoria sólo estaba repleta de las imágenes de aquellas criaturas ocupas de su casa. Mientras la voz de su nodriza envolvía cada uno de sus pensamientos, e  intentaba cambiar aquello que no se podía cambiar.

Comenzó a andar en puntillas y hablaba en susurros para que los habitantes de la casa no la escucharan. Comenzó a pasar largas temporadas en su habitación, encerrada entre las cuatro paredes que impedirían que entraran. Observaba impasible los prolongados atardeceres, durante los que un dilatado incendio parecía arrasar el bosque, mientras que se apaga la luz del día.

La noche era insoportable. El insomnio la invadía cada día. Las voces ya no respetaban el silencio de las estrellas. Los escuchaba tras los muros, envuelta en conversaciones sin sentido, gritos de terror y palabras de desesperación.

Algo la hizo reaccionar. Un instinto arcaico escondido en su interior más profundo. Se puso unos calcetines. Abrió la puerta de su habitación con cuidado y se acercó a la escalera silenciosamente. Bajó de puntillas. Por fin, haría caso a su nodriza y saldría de la casa para dar un paseo y que le diera el aire enrerarecido de la noche.

La puerta de la entrada chirrió, dejando pasar la luz del farol del saledizo, que le gustaba a su madre dejar encendida toda la noche. La luna estaba en su fase creciente. Era una noche clara y estrellada. Hacía calor. Miró al vacío. Ahí estaban entre los árboles.

Desvió la mirada hacía el suelo y vio una cucaracha bocarriba. Tiesa. Se sentó sobre el frío gres de la entrada y contempló los ojos negros del insecto. Apagados. Aquel bicho terminaría desapareciendo, devorado por otras criaturas. Empezó a pensar en sí misma como futuro alimento de innumerables seres microscópicos. Cerró los ojos y se imaginó abrazada por la gran oscuridad de la inmovilidad absoluta.

Se incorporó lentamente para no alterar a los observadores. Había oído miles de veces la historia del pozo vacío que le narraba su nodriza y esa noche lo comprobaría. Bajó los tres peldaños de la entrada de la casa. Sentía el frío del césped en los pies. Inició su camino hacía donde suponía que estaba el pozo. Los árboles se movían con la brisa cálida de la noche. Algún perro abandonado seguía sus pasos. Vuelos repentinos de aves de presa. Su corazón se iba acelerando. Respiró hondo y encajó las escápulas. No era el momento de activar el miedo ancestral que provoca a saberse un ser mortal.

Permanecía con la mirada fija al frente. Tras seguir un sendero entre los árboles, en un claro rodeado de cipreses, por fin encontró el pozo de piedras apiladas y alabastro. Se volvió hacía atrás para comprobar que el farolillo continuaba encendido.

Dio varios pasos más para acercarse al borde del pozo. Los calcetines se le iban empapando lentamente. Había charcos alrededor del pozo en los que se reflejaba la luz de la luna. Estiró el cuello y asomó la cabeza por encima del muro. No veía nada. Se agarró del borde para subir su rodilla izquierda. Cogió impulso y se sentó en el borde.

Era mentira. ¿Porqué no le sorprendía? No estaba vacío. Tenía agua y, desde el fondo, le miraban tres enormes basiliscos, con sus tres cabezas y lengua bífida.

Miró una vez más hacía atrás para contemplar el farolillo de la casa. El pozo jamás volvería a estar vacío. Cogió impulso y saltó. Por fin, las voces se callarían.

 

CMG

 

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