UN METRO CUADRADO

Un ligero aleteo me despertó de mi sueño. Pestañeé varias veces hasta que conseguí enfocar. Se trataba de una hermosa mariposa naranja con lunares negros, que se había posado sobre mí. Observé desorientada mi alrededor. Estaba rodeada de una tapia de piedra. No pasaba del metro cuadrado donde me encontraba. Podía ver el cielo azul y, de vez en cuanto, se sumergía algún rayo de sol.

No me sentía mal, quizás algo encogida rozando la piedra, puesto que sentía que aquel metro cuadrado era mio, todo eso era mio.

Pasaban los días y las noches acompañada por los sonidos de mis compañeros de viaje, el ardillo y el grillo, lo que en otra época fue la cigarra.

Me fascinaba contemplar el cielo azul, ese trocito propio, y me sorprendía observándolo sin ni siquiera pedirme permiso. Era fascinante. Me imaginaba surcando el cielo, dándome la brisa en la cara y jugueteando entre las nubes. A veces llegaba hasta El Taj Mahal y bailaba al son de músicas exóticas con mis largos brazos al viento alrededor de su cúpula. Otras viajaba hasta Times Square y retrocedía hasta los años 60’s para “Desayunar con diamantes” frente a Tiffany’s. En otras ocasiones, bañada por el alo oculto de las estrellas, me imaginaba saltando a Saturno, 3namorandome en Venus y rindiéndome en Marte.

En realidad, de pie o de cabeza, mi tallo crecía y crecía sano, sin importarme la maleza. Mis raíces agarradas en mi propia tierra buscaban los nutrientes, que pronto me hicieron ser una preciosa orquídea lila en el jardín del Edén.

CMG

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