ENCERRADA

 

    “¡Maldita sea!” maldecía el haber tenido que venir a ensayar precisamente aquella tarde. Además la clase se había extendido más de lo normal. Se había hecho  muy tarde. Eran las nueve y media de la noche. El cielo ya estaba negro  y fuera comenzaba a bajar una fina y fría niebla. Suponía, que sus amigas ya deberían estar celebrando Halloween en el bar irlandés que solían frecuentar.

Cambiaba su maillot y sus pantis por sus pantalones vaqueros ajustados y sus converse todo lo rápido que podía. Soltó su largo pelo, anudado en un moño alto y lo cepilló. Se echó un poco de mascara de pestañas y se pintó los labios. Salió corriendo de los vestuarios.

Ana, a sus veintitrés años de edad, compaginaba sus estudios de derecho con su carrera de bailarina de ballet profesional desde que era una niña. Con muy mala suerte, su profesor no había anulado su clase de aquel lunes 31 de octubre, como la mayoría de sus compañeros que habían dado el puente a todos sus alumnos. El conservatorio estaba casi vacío, solo un puñado de pardillos como ella habían tenido que ir allí en la víspera de un día de fiesta nacional. En su caso, porque los ensayos cada día eran más exigentes. Se encontraban a dos meses vista para el estreno de la obra Giselle y la exigencia crecía exponencialmente. Su profesor era un tirano y muy perfeccionista. A Ana le gustaba la danza y era tan perfeccionista como él. Era su pasión. No le gustaba faltar a las clases por nada del mundo, pero días como hoy se daba cuenta del gran esfuerzo que debía de hacer por mantener su pasión.

Comenzó a bajar las escaleras centrales del edificio de aquellos tres pisos. No podía coger el ascensor. Le daban pánico desde su accidente. Los evitaba a toda costa. Se decía a sí misma que era bueno bajar andando las escaleras, así hacia algo de ejercicio.

Con la prisa que tenía por salir de allí, las escaleras parecían interminables. Parecía como si cada vez hubiera más escalones ante ella. Parecía que se alargaba la distancia hasta piso de abajo. Cuando, por fin, había bajado casi dos pisos, se percató del silencio que había. Paró un momento extrañada y con esa sensación tan familiar de que algo no iba bien. Agudizó el oído. No se oía nada. “¡Maldita sea!”, pensó de nuevo. Lentamente comenzó a dar de nuevo pasos. El eco de la suela de sus zapatillas en el suelo era lo único que se escuchaba. Le invadió un muy mal presagio. Le invadió el silencio sepulcral que le rodeaba.

Más rápido que antes, comenzó a bajar las escaleras. Incluso saltaba los escalones de tres en tres. Miraba a su alrededor y nada se veía moverse, nada se escuchaba en la lejanía. “Mierda, mierda, mierda!” Comenzó a dar tras pies. Quería correr más pero sus piernas no conseguían avanzar más.

Por fin llegó a la planta baja. Bajó el último escalón de la gran escalera central. Miró hacia a los dos lados para ver los dos grandes pasillos que dibujaban una cruz central en el edificio del nuevo conservatorio de música. No había nadie. Anduvo rápido por el corredor central que llevaba a las puertas de cristal de la entrada principal. “Allí estará el vigilante de seguridad.” Pensó Ana, y encaró aquel gran pasillo inundado de silencio con la mayor tranquilidad que pudo, aguantando las ganas de echar a correr por orgullo. No miró hacia atrás en ningún momento.

Cuando hubo llegado a la altura de la garita del vigilante de seguridad, se asomó al cristal pero, para su mala suerte, no había nadie dentro de la garita y en medio del cristal pendía de un trozo de celofán un trozo de papel que decía “He salido a hacer la ronda. Salgan por la puerta de atrás.” Ana se giró hacia las puertas de cristal, cogió las manillas de acero y las empujó. La puerta estaba cerrada. Las empujó con más energía. Las puertas nos cedían. La vapuleó con toda su fuerza. Las puertas definitivamente estaban cerradas. ”¡Mierda!” Se quedó paralizada pegada a una palmo de la puerta de cristal. Maldiciendo su mala suerte. Estaba desesperada por salir de aquel edificio para irse con sus amigas y disfrutar por fin de la noche. ¿Y dónde demonios estaba la puerta de atrás? Fue lentamente recorriendo de vuelta el ancho pasillo principal, buscando un mapa de evacuación del edificio. Encontró el dichoso mapa. Le llevó unos minutos conseguir entenderlo y saber dónde estaban las puertas de salida de emergencia, pero en ningún sitio ponía “Puerta de atrás”. Asique tendría que buscar al vigilante de seguridad para que le abriera la puerta principal o intentar salir por alguna de las cuatro puertas de emergencia que había en aquella planta.

Se llenó de valor y con paso firme comenzó a dirigirse a los dos pasillos centrales al final de los cuales había dos puertas de emergencia. Aquella sensación extraña no había desaparecido. Se cogió fuertemente a la correa de su bolsa de deporte. Anduvo hasta el centro de la cruz que forma la plata, donde cruzaban los cuatro anchos pasillos. Gritó “¿Holaaaaaa?”. De nuevo, tan solo el eco de su voz chocando contra las frías paredes del conservatorio. Ni rastro del vigilante, ni de nadie más. Miró a ambos lados. Giró primero a la izquierda. Anduvo con paso firme y decidido. Sus pasos se marcaban sobre el mármol del suelo. No se escuchaba nada. A lo lejos, el cartel de “Salida” iluminado en verde . Algunas de las puertas de las aulas estaban entreabiertas. Pero no se veía nada ni a nadie por allí. A su derecha, dos cristales transparentes mostraban los instrumentos de la banda del auditorio. La luz de la sala de ensayos estaba encendida. Asomó su cara al cristal. Tampoco había nadie allí dentro. Abrió la puerta, recorrió con la mirada la estancia. Los instrumentos descansaban cada uno en su soporte correspondiente. Apagó la luz y volvió a cerrar la puerta acristalada.

Se dirigió a la puerta de emergencia. Una puerta grande de dos hojas. En el centro una pequeña ventana rectangular con vidrio translucido. Se apoyó en la barra de apertura segura y presionó con fuerza hacia fuera. Los pistones de la puerta no se movieron. Estaba cerrada. “¡Joder! ¿Por qué me tiene que estar pasando esto a mí?” Se preguntaba Ana, apoyando la frente contra la fría madera de haya.

Se dio la vuelta. Comenzó a recorrer el ancho pasillo izquierdo. Pero… ¿ Le había parecido oír algo? Gritó “¿Holaaaaaa?”, de nuevo. No hubo respuesta. Dio un paso, y rompiendo el silencio, se oyó un golpe detrás de ella. Se volvió casi en el acto. “¡Oiga!.¿Es el vigilante?” No hubo respuesta. De nuevo, otro golpe. Parecía que algo se había caído dentro de la sala de ensayos. Ana se debatía si ir hacia allá o correr hacia el lado opuesto. Al fin y al cabo, acaba de comprobar que no había nadie en aquella sala. Debía salir de allí cuanto antes. Comenzaba a perder los nervios. No sabía si se estaba imaginando cosas. Así pues, se dirigió hacia la otra puerta de emergencia del pasillo de enfrente. No le importaba si algo se había estampado contra el suelo. Corrió hasta el centro de la cruz, al pie de las tremendas escaleras centrales, y de nuevo gritó “¿Holaaaaaa?”.De nuevo, el eco de su voz chocando contra las frías paredes. Ni rastro del vigilante. Miró a ambos lados. Encaró el siguiente pasillo y corrió hacia la siguiente entrada de emergencia. Cruzó lo más rápido que pudo dejando a un lado las puertas de las aulas y del auditorio. Chocó contras las puertas de hayas. Envistió contra ellas lo más fuerte que pudo presionando las barras de hierro. Pero la puerta también estaba cerrada. “¡Mierdaaaaaaaa!” Empezó a propinarle puntapiés a la puerta tremendamente cabreada. Pero la puerta continuaba cerrada. Se dejó caer al suelo abatida. Se cogió las rodillas y apoyó la frente en ellas. ¿Se había quedado encerrada en el conservatorio? Ana no podía dejar de repetirse que eso no podía estar pasándole a ella. Si su supermadre la viera, allí tirada muerta de frío y deseando estar de fiesta con sus amigas… ¡Eso era! Sacó el móvil para llamar a su madre. ¡No tenía cobertura! Se levantó. Acercó el móvil a la puerta. Nada. Levantó el brazo. Apareció una raya de cobertura. Se pegó a la puerta para no perderla y marcó el número de su madre. El teléfono daba señal. Se oyó descolgar el móvil y se escuchó a alguien decir algo con mucho ruido de fondo.

  • ¿Mamá? ¿Estás ahí?– le dijo Ana por el aparato.
  • ¿Si?- dijo alguien por la línea.
  • Mamá, soy Ana, me he quedado encerrada en el conservatorio. ¿Puedes venir a buscarme?
  • ¿Ana…tú?… No…bien… ¿Ana?
  • ¿Mamá? ¿Mamá?

Al otro lado de la línea solo se oía ruido, pitidos y de repente, silencio.

  • Ana, te he estado buscando durante mucho tiempo….- se oyó nítidamente una voz infantil que no le resultaba del todo desconocida….

Ana soltó de golpe el móvil que cayó estruendosamente contra el suelo, rompiendo el silencio del lugar. Su respiración se le entrecortaba y las lágrimas comenzaban a asomar en los confines de los ojos de Ana.

  • ¡No puede seeeeeeer!- Gritó con todas sus ganas, rompiendo a llorar.

Se agachó. Se secó las lágrimas con la manga de su cazadora vaquera. Cogió el móvil que se había separado en piezas. Lo volvió a montar. Intentó encenderlo, pero el móvil no respondía. “¡Mierda¡ Ahora esto.” Le daría unos minutos y lo volvería a probar. Definitivamente, su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Trató de serenarse como le habían enseñado para no entrar en un ataque de pánico. Inspiró profundamente y soltó el aire poco a poco.

En la cabeza de Ana, las ideas se agolpaban. Solo le quedaba una opción: continuar hacia la cuarta salida de emergencia, mientras buscaba cobertura y al vigilante. Se puso recta, encajó los hombros y comenzó a andar, de nuevo, hacia el centro de la cruz de los pasillos.

Solo le quedaba una salida de emergencia que comprobar. Llegó al centro. Miró hacia la garita, pero seguía sin haber nadie. Respiraba aceleradamente. Se oyó un fuerte golpe que alteró a Ana. Dio un paso atrás. Como de la nada, una fría corriente rodeó a Ana. Su cabello se levantó con fuerza. La corriente provenía del otro pasillo, el que salía de debajo de las escaleras. El último que le quedaba por investigar. Parecía que los grados en aquel sitio bajaban por segundos. Tenía mucho frío. Giró a la derecha y encaró el pasillo de atrás en busca de la última puerta de emergencia. Rodeó la escalera por debajo. Dejó atrás los ascensores y en ese momento, todas las luces se apagaron. Tan solo se veía el letrero verde de “Salida” frente a ella y la tenue luz que entraba por la pequeña ventana rectangular de las puerta. Hurgó en su bolsillo y sacó el móvil. Le dio a la tecla de encendido. La mantuvo pulsada un rato. Por fin el móvil se encendió. Con la poca luz de la pantalla del móvil, Ana avanzaba lo más rápido que podía por aquel largo y silencioso pasillo a oscuras. Ya casi había llegado a la puerta, cuando por el rabillo del ojo percibió que algo se movía en las sombras. Enfocó la pantalla del móvil hacia una esquina. Allí, sentado, acurrucado, había un niño. Ana comenzó a gritar como una loca. Y el niño también. Cuando ambos se dieron cuenta de que aquello no era una alucinación, callaron y dejaron que su respiración se calmara mientras se miraban.

  • ¿Qué haces aquí? – Le preguntó Ana al niño mientras se sujetaba con una mano el pecho.
  • Me he quedado encerrado y no hay nadie. ¿Y tú?-le contestó el niño.
  • Igual que yo. Qué susto me has dado.
  • Y tú a mí, casi me meo del susto

Ana no pudo aguantar su risa. Ambos rieron nerviosamente.

  • ¿También das clases aquí? – le preguntó el chaval a Ana
  • Sí, de ballet clásico, ¿Y tú?
  • Doy clases de batería, de mayor quiero ser un artista de rock.- hizo un ademan con las manos imitando tocar una batería.
  • Pero ahora tenemos que salir de aquí.– le dijo Ana mirando la puerta de haya que tenía delante.
  • Está cerrada. Vi la nota que el vigilante había dejado en la garita. Esta es la puerta de Atrás. Pero cuando me acercaba a ella vino una fuerte ráfaga de viento y ahora no puedo abrirla. Creo que se ha quedado atascada. Y ahora, van y se apagan las luces. – el chaval miraba la puerta como si estuviera endemoniada.
  • Ya…Venga vamos a empujar los dos con todas nuestras fuerzas. Cederá ya verás. – Ana le puso una mano en el hombro y pareció que el chico se animó.
  • ¡¡Vale!!

Se colocaron ambos delante de la puerta, presionaron la barra y dejaron caer sobre la puerta todo su peso. Las puertas comenzaban a ceder. Ambos aplicaron más fuerza empujando y sujetándose sobre sus pies. La zarandearon con toda su rabia. Pero la puerta no se abría. Cansados se tiraron al suelo abatidos.

  • ¿Cómo te llamas?.- le preguntó el chico.
  • Ana, ¿y tú?
  • Roberto, pero me puedes llamar Berto.
  • Ok, Berto. Venga arriba. Tenemos que encontrar la forma de salir de aquí cuanto antes.

Ana volvía a tener aquella extraña sensación. Se le habían puesto los pelos como escarpias. Cada vez hacía más frio.

  • ¿No tienes frío, Berto?
  • Sí, mucho, estoy helado. Debo tenerla como un guisante.
  • Pero, oye, ¿que edad tienes tú, enano?
  • Ya tengo trece años. Chati, todavía soy muy pequeño si quieres tema.
  • ¿Cómo? ¿Tema? ¿De verdad? No quiero tema, enano. Soy demasiado mayor para ti, ¿No te parece?

Berto la miró de arriba abajo y se puso rojo como una amapola. De nuevo, Ana no pudo contener la risa y ambos se rieron a carcajadas.

Cogió su móvil Seguía sin cobertura. Se levantó y lo acercó a la puerta. Nada, ni siquiera una maldita raya de cobertura.

  • Berto, ¿Tienes móvil? – Le preguntó Ana.
  • No, mis padres piensan que soy demasiado pequeño para tener uno.

Berto hizo una mueca con la boca. Y Ana miró de nuevo el móvil. Nada. Por lo menos les serviría para iluminarlos hasta que el vigilante de seguridad volviera de su ronda. ”¡Maldita sea!” pensó Ana para sus adentros. Le quedaba un diecisiete por ciento de batería. Tendría que darse prisa, o también se quedarían en penumbras.

De nuevo, aquella sensación. La cara de Ana cambió y palideció. Miró hacia la oscuridad del pasillo. Parecía que el tiempo se congelara. No conseguía ver nada. Pero esta vez sus músculos estaban rígidos, entumecidos. El temor comenzó a atenazarle la mente. No podía dejar de escudriñar cada rincón de aquella oscuridad silenciosa.

  • ¿Qué te pasa?- preguntó Berto muy serio.
  • Sssssh, calla.– le dijo Ana y el chico se quedó parado y en silencio.

Un leve ruido se escuchó al fondo de la galería. Después otro. Y Luego otro, cada vez más cerca. Una luz en el letrero del ascensor se iluminó. El ascensor estaba bajando. Ambos contuvieron la respiración, con la esperanza de que fuera el vigilante. El ascensor frenó. Se abrieron las puertas y la luz de dentro del ascensor inundó la oscuridad del pasillo. Dentro no había nadie. Berto miró asustado a Ana. Esta le cogió de la mano y comenzaron a andar hacia el ascensor. Quizás el vigilante se encontrara en las plantas de arriba y le gustase darle a todos los botones del ascensor. Se detuvieron en la puerta del ascensor. Ana asomó la cabeza y gritó mirando hacia arriba “¿Holaaaaaa?”. Sin darle apenas tiempo a retirarse, las puertas del ascensor se cerraron con fuerza. Ana retrocedió tan fuerte que se cayó de espaldas. Se quedó sentada en el frío y húmedo suelo… ¿Cómo? ¿Húmedo? Pasó la mano por el suelo y notó algo viscoso bajo sus nalgas. Encendió su móvil y enfocó al suelo. Un líquido rojo y denso cubría el suelo. Y ella estaba sentada en el medio. Asqueada, intentó ponerse de pie. Resbaló y volvió a caer de nuevo en el charco del líquido. Berto, que no tenía color en la cara, le cogió de un brazo y tiró de ella. Una vez incorporada, volvió a encender el móvil y miró aquello… Sin duda el suelo estaba teñido de escarlata, no eran imaginaciones suyas.

Ambos dos se miraron a los pies, todo el suelo estaba manchado de sangre. Pero, ¿Demonios, de donde había salido tanta sangre?

  • ¿Estás bien, pequeñajo?- le dijo a Ana al niño para asegurarse que no provenía de él.
  • Sí. No es mía… ¿qué está pasando aquí? ¡Esto no es normal!- exclamó Berto con las palmas de las manos abiertas.
  • Tenemos que salir de aquí y buscar al vigilante. Puede ser que esto sea una broma.
  • ¿Una broma? ¿Y quién sería tan cabrón? – exclamó Berto mientras observaba como sus zapatillas de deporte se manchaban de ese líquido granate que parecía sangre.
  • Por cierto, ¿cómo sabias que esta era la puerta de atrás? Este edificio es muy grande y tiene muchas salidas. Ni siquiera yo, que llevo aquí más de diez años lo sabía. Además, ¿por dónde has pasado? Te tendría que haber visto cuando cruzaras por el pasillo.
  • Me lo dijo ella y yo a ti tampoco te he visto. Has salido de la nada…- contestó serio el chaval.
  • Me parece muy extraño todo… Espera. ¿Quién has dicho que te lo había dicho?
  • Una niña que también se ha quedado encerrada. Pequeña con el pelo largo. ¿No la has visto tú también?
  • No….

Aquello no le gustaba nada a Ana. Ya no sabía qué pensar de todo aquello, estaba perdiendo los nervios y ya no sabía qué más podía hacer para salir de allí.  Ana agarró de nuevo la mano del niño y se dispuso a correr hacia la garita del vigilante. Allí podrían intentar abrir la puerta y por fin llamar para que los sacaran de allí.

Antes que pudieran dar un paso, las puertas del ascensor se abrieron de nuevo. Horrorizados, dieron varios pasos atrás. Vieron impávidos cómo una niña sin piernas, se arrastraba sobre sus manos fuera del ascensor dejando un reguero de sangre y vísceras a su paso.

  • Es ella…. La niña que me dijo dónde estaba la puerta de atrás.- dijo Berto mientras señalaba aquella cosa con la mano libre que tenía.
  • Pero,¿ qué mierda es esta?- preguntó a voz en grito Ana en alto a aquella cosa que salía del ascensor. Berto no conseguía articular palabra.

La niña muy lentamente retorció su cuello. Estiró la espalda encajando las escápulas. Se oía como sus huesos crujían. Volvió la cara hacia ellos. Fijó su mirada perdida y llena de odio en ellos.

Ana no podía creerlo. Reconocía aquel rostro que en tantas pesadillas había sido la protagonista. Su peor pesadilla se hacía de nuevo realidad. “¡No puede ser!¡Estas muerta!¡No puedes estar aquí!”, pensó. Aferró fuertemente la mano de Berto. Salieron corriendo hacia la puerta de emergencia. Mientras a sus espaldas la niña continuaba lentamente arrastrándose hacia ellos.

 Cogieron carrerilla. Se estamparon contra la puerta con toda su fuerza e inercia que llevaban. La puerta cedió y se abrió unos centímetros. En el silencio del pasillo, se escuchaban sus respiraciones atropelladas y el inconfundible sonido de la carne mientras resbalaba por la sangre.

Ana empujó con todas sus fuerzas otra vez. La puerta estaba encajada y se movía muy poco a poco. No quería mirar hacia atrás, hacia su pasado. No podía estar pasándole esto. Trató de concentrarse en empujar con su espalda la puerta. Y, por fin, se separó otros cuantos centímetros. Lo suficiente para que Berto pudiera salir.

  • Venga, Berto, sal. – le dijo al niño mientras ella seguía empujando la puerta.
  • Pero…
  • ¡Venga! Sal y busca al vigilante. ¡Venga, sal deprisa!

Berto no dijo nada más. Se apretó contra la abertura de la puerta y reptó hasta afuera. Ana escuchó cómo el muchacho corría sobre la grava. No podía seguir empujando de esa forma la puerta mucho más tiempo. Estaba agotada. Le dolía la espalda contra la madera de haya. Le dolían las piernas de su ensayo de la tarde. Se dejó caer al suelo. Descansó abrazada a sus rodillas, apoyada contra la puerta. Miró por el hueco de la puerta que daba al exterior. No se veía nada, la niebla cubría todo. Rezó porque Berto encontrara al vigilante lo antes posible.

Escuchó un crujido delante de ella. Ana cerró los ojos. No quería mirar a la oscuridad del pasillo. Sintió una respiración en su mejilla izquierda… Una voz infantil rompió el silencio sepulcral del pasillo:

  • Ana, te he encontrado… ¿No te acuerdas de tu compañera de viaje?

Un frio glacial recorrió su cuerpo. Comenzó a temblar. Algo viscoso cayó sobre su brazo izquierdo hasta su mano. Cerró con más fuerza sus ojos. Estaba aterrada. No conseguía mover ni un solo musculo. De nuevo, sintió aquella respiración en su mejilla.

  • ¿Te acuerdas de lo que me dijiste en aquel ascensor? ¿Te acuerdas? Que todo iba a salir bien. Que confiara en ti… Ahora tendrás que venir tú también…

Ana comenzó a sollozar. Pudiera ser que aquel fuera su final.

  • No fue culpa mía que el ascensor se desganchara cuando nos estaban sacando de él… Yo solo te quería proteger… ¡NO FUE CULPA MIA!

En aquel momento la puerta se abrió y Ana cayó de espaldas sobre la grava. Abrió los ojos. Un señor mayor de pelo cano le miraba muy atento. Junto a él, estaba Berto.

  • ¿Estás bien, chica? – le dijo el señor.
  • Sí… ahora sí…

El vigilante la ayudó a ponerse de pie y comprobó que no tenía nada roto. Berto se puso al lado de Ana y esta le abrazó.

  • No me esperaba que la puerta de atrás se hubiera cerrado. Es imposible que se cerrara, suel poner un bloque de cemento para sujetarla. Perdonad chicos. Lo importante es que no ha pasado nada y ya estáis fuera, lechones.
  • Pero, ¿qué pasa con la niña de dentro? – le dijo Berto al vigilante.

El vigilante levantó la linterna que llevaba en la mano. Señaló con el foco hacia el pasillo. Y como Ana se había imaginado, allí no había nadie más…

Cris Montenegro G

Imagen cedida por imagenesdepaisajesnaturales.net

 

LA CALLE DE LA MISERICORDIA

    Era una tarde de primavera. todavía lucía alto el sol y corría una fina brisa cálida. La gente se había animado a salir a la calle.

Desde lo alto de la cuesta de la Calle de  la Misericordia, se veía a lo lejos un joven distraído, envuelto en sus pensamientos. No se percataba de las personas con las que se cruzaba ni de los acontecimientos que le rodeaban.

El muchacho no era ni muy alto, ni muy bajo. Parecía, a primera vista, normal. Vestía con zapatillas de deporte, vaqueros y sudadera desgastada. Llevaba su pelo moreno despeinado. No destacaba la expresión de su rostro, puesto que no reflejaba ninguna.

Sus labios carnosos, se cerraban en un línea recta. Nadie diría que era muy diferente a los demás. Desde que le diagnosticaron su enfermedad, sabía que no podía ser de otra manera. La parte derecha de su rostro mostraba los rasgos normales de cualquier chaval de su edad. Sin ningún cuidado ni retoque . Su parte derecha era la mas natural, la más dejada. Llevaba la ceja al natural, y la barba incipiente de hacía unos días.

Su parte izquierda era, sin embargo, rebelde. Llevaba un piercing en la oreja. recién afeitada e hidratada. Su ojo izquierdo parecía ser un poco más grande. Su ceja estaba depilada con esmero. Sus lineas maquilladas destacaban su mirada aún mas. Todo giraba sobre su rasgo mas significativo.

Aún así, ambos ojos eran de un intenso azul marino, de mirada perdida, delatando que sus pensamientos estaban mucho mas lejos, en otro lugar distinto a aquella calle. Sus pasos seguían el camino bajando la cuesta, el tiempo se iba acelerando con cada paso. Bordeaba el horizonte de la ensoñación y le hacía pasar sin ser percibido por esa realidad.

   A esa misma hora, salía de la óptica al final de la calle de la Misericordia, una mujer de avanzada edad, satisfecha por la compra que había realizado aquella tarde.

Sonriente iba subiendo la cuesta poco a poco mientras observaba cada pareja, cada niño, cada persona con la que se cruzaba. Su pelo blanco peinado con cuidado, se movía con la brisa al mismo compás que su vestido de florecillas verdes y amarillas. Feliz de poder disfrutar de aquella tarde, rememoraba los largos años de antaño y entornaba sus pequeños ojos brillantes envueltos en un puñado de arrugas. Su boca dejaba ver unos dientes demasiado blancos y unos deliciosos pliegues demasiado marcados alrededor de sus finos labios.

La mujer que se paró a saludar a un simpático perro, no vio venir al joven que le arrolló. En la colisión, sus gafas se cayeron al suelo y ella retrocedió varios pasos hasta que consiguió equilibrarse. Al principio, no supo que había pasado. Estaba desorientada.

El joven tampoco la vio venir. Al principio, movió la cabeza varias veces hasta que consiguió centrarse y ver delante de él una señora de pelo blanco que se tambaleaba.

Se quedó inmóvil mientras la observaba. De repente, se percató de unas gafas tiradas en el suelo. Mientras que la señora se recomponía, el joven se agachó a recogerlas. Al incorporarse, se encontró con la mirada magnánima de la señora, haciéndole comprender que las gafas eran de ella. Extendió la mano para entregárselas, diciendo en un tono de voz monótono:

  • Lo siento.

La señora, con mucho cuidado y tranquilidad, se colocó las gafas y lo observó durante unos segundos. Sonriendo ampliamente, dejando ver esos dientes de blanco perfecto, le respondió:

  • No pasa nada, hijo. Hoy en día vamos a todos lados con mucha prisa. Me alegro de haberme tropezado contigo.

Pareció que el chaval no supo qué mas añadir, quizás ya no había nada qué decir. Pero algo pasó en su interior, que su rostro hasta ahora inexpresivo, se inundó de luz y apareció en sus cansados labios una gran sonrisa de satisfacción.

 

CMG

 

 

Foto cedida por Gratisography_Made with love by Ryan McGuire

MI ESPALDA Y YO

de-espaldas

 

       La espalda es un componente de nosotros. Mi espalda dice mucho de mí, pues casi siempre me encuentro de camino a alguna parte.

De hombros anchos, como los de mi madre, me permite llevar chaquetas ajustadas y encajadas. Prolongado cuello, casi siempre al descubierto. De pelo castaño, bañado por un campo de canas, salpicado mi cabello, lo heredo de mi padre. Suelo llevarlo recogido, es mas cómodo.

Mis orejas son normales, del montón, ni muy abiertas ni muy pegadas a la nuca. Siempre las enseño. Pues no hay mejor seña de identidad que mis constantes recogidos. A veces tirantes, a veces holgados. Depende de lo que cargue ese día mi espalda. A veces con contracturas, a veces relajada, a veces curvada.

Así siempre soy yo…. alejándome….

 

CMG

 

Imagen cedida por Gratisography, Made with love by Ryan McGuire