ME HALLO UVA, ME HALLO PARRA

Y allí me encontraba yo, sin saber qué decir, sin saber qué pensar y sin saber dónde buscar. Mi cara de interrogación todo lo decía por mí. Y es que mi mente estaba de expedición, tal día que tanto tenía que hacer.

Salí a buscarla pero, claro, sin ella lo único que se conseguía era perderme más y en ese momento a la que tenían que buscar era a mí.

Finalmente, allí donde me encontrase, conseguí averiguar que mi mente estaba a por uvas. Me dijo un gentil estímulo electromagnético que debía de venir de la vendimia.

Y allí estaba yo, ala sombra de una parra viéndolas pasar y sin cazar ningún estímulo,  mirando hacia la parra a si encontraba mi mente.

Me la imaginaba con un sombrero de paja una cesta de mimbre bajo el brazo, buscando la uva más sabrosa, la más brillante, la más gorda, palpándolas para ver cual es la que tenía más zumo.

Me la imaginaba sumergida en un montón de uvas verdes, rojas y amarillas. Me la imaginaba engullendo uvas, manchándose su rostro de fruta.

Me la imaginaba emborrachándose por el vino de las uvas, sujetando una copa, tambaleándose por las ramas de mi parra.

Pero no me voy a ir yo por las ramas, aunque, lo cierto, es que estando allí me abordaba insistentemente una cuestión: ¿Uva es la pareja de Uve?¿Y cómo se distingue una uva de una uve?

Y de repente, se me encendió la bombilla… de la mesita de noche y allí estaba yo, despertando a un nuevo día con mi mente maniatada a mi cuerpo para que no se escapara más.

 

CMG

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LA BUFANDA VERDE

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  Los niños del parque pronto se retirarian, llegaba la hora del oscaso. El viento repetitivo del día movía incesantemente las copas de los arboles. Los pájaros elaboraban su danza en el cielo nublado y cantaban augurando lluvia.

  Blas estaba allí sentado como todos los días observando el movimiento de los niños. Arropado con su manta de cuadros, hacia fotos inmortanlizando las escenas que más le gustaban. Desde muy niño, le gustaba observar a la gente en el transcurrir de los días.

  Para él era una rutina: levantarse, lavarse la cara, peinarse hacia atrás, desayunar y salir a la calle para encontrarse con los rostros desconocidos de la gente.
Ninguno era igual. Llegó a la conclusión que cada uno de nosotros somos únicos. No había nadie que fuera como él. Características similares en un coctel de células  y moléculas, y como resultado cada uno de nosotros. Sin embargo, como cada mañana, esos rostros desconocidos y únicos, hacían lo mismo: dirigirse al metro, no hablaban, leían, llevaban el periodico bajo el brazo, bebían café apresuradamente, …. Eso era lo que les igualaba, esa rutina de los actos cotidianos. Igual que él, que cada día venía a ese parque, a saber porquę, era su rutina.

  Los niños ya se habían marchado, reinaba la tranquilidad en el parque. Era la hora de regresar a casa. Lió la cámara de fotos entre los pliegues de su manta. Se puso los guantes de cuero con ese olor rancio que tenían  y agarró con la rueda de su silla con fuerza para comenzar a moverse.

Sus ojos, de repente, captaron fugazmente un verde manzana vivo. Retrocedió para buscarlo. Sí, era ella. Aquella desconocida llevaba una bufanda verde de lana enrollada varias veces al cuello.

La escondía muy bien del frío, tanto que tan solo se le veían los ojos mientras leía un librode historia contemporánea en un banco frente al suyo. No pudo evitar desenrollar de nuevo su cámara y sacar varias fotos antes de que la muchacha se dieran cuenta de su presencia y clavara sus ojos color miel en sus pupilas. Se quedó frio, obnubilado.

  Llegaría tarde a la cena, pero merecería la pena….

CMG

UN METRO CUADRADO

Un ligero aleteo me despertó de mi sueño. Pestañeé varias veces hasta que conseguí enfocar. Se trataba de una hermosa mariposa naranja con lunares negros, que se había posado sobre mí. Observé desorientada mi alrededor. Estaba rodeada de una tapia de piedra. No pasaba del metro cuadrado donde me encontraba. Podía ver el cielo azul y, de vez en cuanto, se sumergía algún rayo de sol.

No me sentía mal, quizás algo encogida rozando la piedra, puesto que sentía que aquel metro cuadrado era mio, todo eso era mio.

Pasaban los días y las noches acompañada por los sonidos de mis compañeros de viaje, el ardillo y el grillo, lo que en otra época fue la cigarra.

Me fascinaba contemplar el cielo azul, ese trocito propio, y me sorprendía observándolo sin ni siquiera pedirme permiso. Era fascinante. Me imaginaba surcando el cielo, dándome la brisa en la cara y jugueteando entre las nubes. A veces llegaba hasta El Taj Mahal y bailaba al son de músicas exóticas con mis largos brazos al viento alrededor de su cúpula. Otras viajaba hasta Times Square y retrocedía hasta los años 60’s para “Desayunar con diamantes” frente a Tiffany’s. En otras ocasiones, bañada por el alo oculto de las estrellas, me imaginaba saltando a Saturno, 3namorandome en Venus y rindiéndome en Marte.

En realidad, de pie o de cabeza, mi tallo crecía y crecía sano, sin importarme la maleza. Mis raíces agarradas en mi propia tierra buscaban los nutrientes, que pronto me hicieron ser una preciosa orquídea lila en el jardín del Edén.

CMG

HOJAS DE CEREZO

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Hoy recuerdo bajo mi cerezo en flor, aquel día que nos conocimos.
Sentada, apoyada la espalda en su tronco labrado en el tiempo, dejo que las hojas que se caen en el declibe de su temporada cubran la falda de mi kimono.
Recuerdo aquel momento…

Yo derribada en el suelo tras una cruel bofetada de mi maestra.

Mis finos ropajes desparramados por la tarima.
Mis temblorosas manos en la cara.
Mis cabellos despeinados sobre mi blanca cara, manchados de carmín y lágrimas.
Mi alma quebrada, de la decimosexta hija del emperador en su quinto matrimonio.
Mi voluntad dirigida a ser poetisa, al conocimiento del arte y las costumbres.
Humillada, creía marchitar.

Cuando llegó tu mano extendida, tras una bella mirada de ojos profundos, que me trasportan a otro exótico mundo, donde todo es posible.

Convirtiendote en mi danna, hermoso capitán de barco forastero.

Cuando te necesito, apareces sin más, cual mago. Mago del momento, y de las mareas de sábanas de satén.

Extendiste la mano y se me grabó en el alma tu sonrisa encantadora de los vientos que soy capaz de mover por ti.

Dia trás día, extiendes la mano para levantarme y decirme : ” Una mano, amiga”.

 

CMG

 

Relato ganador de Reto N°53: “Una mano amiga.” TERRITORIO ESCRITORES

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CICATRICES

 

 

Una tarde de sábado, Carmen se mecía en su silla observando cómo se movían al compás del vals del viento las ramas de los árboles del patio, mientras retorcía sus manos energéticamente.

Sus vecinos de la residencia se habían retirado pronto, dándole oportunidad de disfrutar de la tranquilidad de la soledad.

Bajó la mirada. Acarició con cariño la cicatriz en forma de cruz que tenia en la palma de la mano izquierda… Recordó lo inmensamente feliz que fue cuando le dijeron que Julián había muerto…

Una sonrisa de medio lado se dibujó en sus labios. “Mal nacido”, dijo.

Veinte años de palizas, vejaciones, insultos. Un matrimonio sin respeto que había durado demasiado. Ya en la noche de bodas, el desalmado le marcó la espalda con su cincho para enseñarle quien mandaba. Los demás nada imaginaban, él sabía excusar los “patosos accidentes” de su esposa.

Aquel día llegó ebrio a casa tras el trabajo en la mina. Mugriento pretendía posar sus asquerosas manos sobre su piel. La acorraló y la inmovilizó. Babeaba su cuello intentando besar sus labios. Ella luchó consiguiendo golpear su entrepierna con la rodilla. Él cayó al suelo. Ella corrió al baño y se encerró con el pestillo. Respiró profundo. Se apoyó sobre sus manos con todo su peso contra la puerta para que esta no cediera. Pero no fue su marido lo que atravesó la puerta, sino un cuchillo de cocina, traspasó la palma de su mano, tiñendo las paredes de rojo.

Nadie supo lo que pasó. Encontraron a ambos tirados en el suelo envueltos ensangrentados. Una certera estocada con aquel cuchillo de cocina en el corazón de Julián acabó con su vida. Carmen consiguió ponerse de pie y romper una ventana del patio interior para simular un robo y perdió el conocimiento.

Lo siguiente que recuerda es despertase en el hospital rodeada de sus hijos, con el cuerpo dolorido y la noticia de que él ya no estaba. En su mano, guardado bajo mil llaves, el recuerdo de la última batalla por la justicia de su condición de mujer libre.

 

CMG

SIN ALIENTO

Elisa llevaba muchos años trabajando en aquella empresa, arropada por sus logros laborales. Vivía en Madrid, o eso suponía. Su amado trabajo le obligaba a estar fuera de casa durante largas temporadas de tiempo. Reconocía que le gustaba viajar, sobre todo en avión.

 

Se despertó cuando encendieron las luces de aterrizaje para que los pasajeros se abrocharan los cinturones de seguridad para tomar pista en Barajas. Estaba agotada, se había quedado dormida con la tablet encendida sobre su regazo. Recogió su maleta de mano, su maletin y fue rauda a coger un taxi que le llevara a casa.

 

Vencida en el asiento de atrás del taxi, observaba cómo pasaban las luces de las calles de la gran ciudad. Se percató de que todas aquellas imágenes le eran ajenas. Nunca había paseado por aquellas anchas avenidas, ni tomado un té en ninguno de aquellos Cafés, ni visitado ninguno de aquellos museos. No conocía Madrid. Una sensación de soledad embargó su corazón cansado por el viaje. ¿Realmente vivía allí?

 

Recordó todas aquellas cosas que le decía su madre de niña: “Hija, lábrate un futuro para que no tengas que mal vivir.” Y resonaron en cada una de las concavidades de su cerebro. Se vió reflejada en el cristal del taxi, cansada, sin aliento. Qué cantidad de cosas a las que había renunciado para labrarse su futuro. ¡Qué contradicción! Había construido un futuro sin pareja, sin hijos, sin amigos, sin lugar donde vivir. ¿Cuándo renunció a ser astrónoma? En aquel momento de introspección, algo encajó haciendo clic en su interior.

 

Pidió al taxista que parara el coche para bajarse frente a la fuente de Neptuno. Como en una isla solitaria, Elisa se descalzó, se sentó en el borde de la fuente, y metió sus pies. Sentía como se le iban mojando lentamente las medias. Sentía como el frío del agua le subía por la columna vertebral. Estiró su cuello, se sacudió su cansancio. Y por fin, miró hacía las estrellas, infinitas, brillantes, misteriosas. Había llegado la hora de observar las estrellas lentamente, y no solo por el ojo de buey de un avión.

 

CMG

 

 RETO NUM.49: “CONTRADICCIÓN”. TERRITORIOS ESCRITORES

 

 

DESPIERTAME PRIMAVERA

Gotas de rocío del alba se forman sobre mí,

sobre el verde clorofila de mis hojas.

En mi tronco verde musgos arraigado.

Abro un ojo, un destello de una fuerte luz nubla mi visión.

Me retuerzo, me ha deslumbrado.

Los ojos me duelen.

Vuelvo a abrirlos, veo otro rayo del padre Sol.

Lo acojo, me percato de que estoy saliendo de ese largo sueño de invierno.

Mis raíces se desperezan, se estiran y se ahondan más en la madre Tierra.

Mi  esbelto tronco se endereza buscando el cálido abrazo del Sol.

Mis ramas desnudas ahora, comienzan a dar brotes de vida.

Vida verde, fruto de mi interior, fruto de mí.

¡Vida!

 

Sé lo que siento, Vida por fin.

Llegó la Primavera.

Por fin, cambia de estación.

Puedo olvidar el invierno pasado, de aquellas mañanas de hielo, fría escarcha y estupor.

Siento las cosquillas de los pájaros revoloteando entre mi copa.

Los mirlos cantan en este amanecer.

Se forman nidos en sobre mis ramas.

Contemplo con cariño, tras los rayos de Sol, mis imponentes ramas, verdes y en flor.

 

CMG

 

RETO NUM.47: “COLOR DE PRIMAVERA”. TERRITORIOS ESCRITORES