LA PLAYA DEL SUR

Aza caminaba por la inmensa playa del sur al anochecer.

El sol caía tiñiendo de rojo el cielo y haciendo un efecto amoratado con el agua azul profundo del más en el horizonte, extendiendo sus últimos rayos como cristales brillantes sobre las olas.

Mientras tanto, una tímida luna asomaba por el otro extremo.

A Aza le gustaba sentir sus pies descalzos sobre la arena, mientras las olas incesantes del mar le bañaban y una suave brisa calmaba su piel dorada.

A lo lejos, creyó ver la figura de una persona sobre las rocas del espigón. “Serán pescadores.”, pensó. Los pasos de aquella sombra eran diferentes. Pausados, tranquilos, parecía que sus pies no tocaban el suelo.

Intrigada, se acercó al espigón. “No será nada.”, se dijo. Pero en aquella escena había algo instigador. Se sorprendió cuando, de la nada, apareció un perro grande que iba tras la sombra. Y el animal le miró con sus ojos rojos. Durante unos largos segundos, Aza conectó con aquellos ojos  escarlata y pudo sentir un frío glacial que recorrió su cuerpo y congeló el latir de su corazón.

Aza se encontraba a los pies del espigón, y pudo contemplar a una chica de pelo rubio platino con un camisón blanco que bajaba por entre las roca dirigiéndose hacía ella.

Aza permaneció paralizada, no podía mover ni un solo músculo.

La chica se paró a unos metros frente a ella. Entre susurros empezó a hablar. Casi inaudibles palabras, que Aza conseguía entender con claridad.

Aza pestañeó varias veces, no podía creer que le estuviera hablando. Tenía una voz dulce y tierna. Le decía:

“¿Me puedes ver? Yo soy la hija de la Luna. Paseo por esta playa desde el comienzo de los tiempos para amainar las tempestades que mi madre envía a la Tierra por sus celos a los humanos. Bienvenida a mi mundo, Aza.”

Tardó unos minutos en reaccionar y al volverse la Luna llena bañaba toda la costa, mientras las plateadas aguas del mar permanecían en un equilibrio silencioso de fuerza y calma, de Tierra y sal.

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ME HALLO UVA, ME HALLO PARRA

Y allí me encontraba yo, sin saber qué decir, sin saber qué pensar y sin saber dónde buscar. Mi cara de interrogación todo lo decía por mí. Y es que mi mente estaba de expedición, tal día que tanto tenía que hacer.

Salí a buscarla pero, claro, sin ella lo único que se conseguía era perderme más y en ese momento a la que tenían que buscar era a mí.

Finalmente, allí donde me encontrase, conseguí averiguar que mi mente estaba a por uvas. Me dijo un gentil estímulo electromagnético que debía de venir de la vendimia.

Y allí estaba yo, ala sombra de una parra viéndolas pasar y sin cazar ningún estímulo,  mirando hacia la parra a si encontraba mi mente.

Me la imaginaba con un sombrero de paja una cesta de mimbre bajo el brazo, buscando la uva más sabrosa, la más brillante, la más gorda, palpándolas para ver cual es la que tenía más zumo.

Me la imaginaba sumergida en un montón de uvas verdes, rojas y amarillas. Me la imaginaba engullendo uvas, manchándose su rostro de fruta.

Me la imaginaba emborrachándose por el vino de las uvas, sujetando una copa, tambaleándose por las ramas de mi parra.

Pero no me voy a ir yo por las ramas, aunque, lo cierto, es que estando allí me abordaba insistentemente una cuestión: ¿Uva es la pareja de Uve?¿Y cómo se distingue una uva de una uve?

Y de repente, se me encendió la bombilla… de la mesita de noche y allí estaba yo, despertando a un nuevo día con mi mente maniatada a mi cuerpo para que no se escapara más.

 

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UN METRO CUADRADO

Un ligero aleteo me despertó de mi sueño. Pestañeé varias veces hasta que conseguí enfocar. Se trataba de una hermosa mariposa naranja con lunares negros, que se había posado sobre mí. Observé desorientada mi alrededor. Estaba rodeada de una tapia de piedra. No pasaba del metro cuadrado donde me encontraba. Podía ver el cielo azul y, de vez en cuanto, se sumergía algún rayo de sol.

No me sentía mal, quizás algo encogida rozando la piedra, puesto que sentía que aquel metro cuadrado era mio, todo eso era mio.

Pasaban los días y las noches acompañada por los sonidos de mis compañeros de viaje, el ardillo y el grillo, lo que en otra época fue la cigarra.

Me fascinaba contemplar el cielo azul, ese trocito propio, y me sorprendía observándolo sin ni siquiera pedirme permiso. Era fascinante. Me imaginaba surcando el cielo, dándome la brisa en la cara y jugueteando entre las nubes. A veces llegaba hasta El Taj Mahal y bailaba al son de músicas exóticas con mis largos brazos al viento alrededor de su cúpula. Otras viajaba hasta Times Square y retrocedía hasta los años 60’s para “Desayunar con diamantes” frente a Tiffany’s. En otras ocasiones, bañada por el alo oculto de las estrellas, me imaginaba saltando a Saturno, 3namorandome en Venus y rindiéndome en Marte.

En realidad, de pie o de cabeza, mi tallo crecía y crecía sano, sin importarme la maleza. Mis raíces agarradas en mi propia tierra buscaban los nutrientes, que pronto me hicieron ser una preciosa orquídea lila en el jardín del Edén.

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CICATRICES

 

 

Una tarde de sábado, Carmen se mecía en su silla observando cómo se movían al compás del vals del viento las ramas de los árboles del patio, mientras retorcía sus manos energéticamente.

Sus vecinos de la residencia se habían retirado pronto, dándole oportunidad de disfrutar de la tranquilidad de la soledad.

Bajó la mirada. Acarició con cariño la cicatriz en forma de cruz que tenia en la palma de la mano izquierda… Recordó lo inmensamente feliz que fue cuando le dijeron que Julián había muerto…

Una sonrisa de medio lado se dibujó en sus labios. “Mal nacido”, dijo.

Veinte años de palizas, vejaciones, insultos. Un matrimonio sin respeto que había durado demasiado. Ya en la noche de bodas, el desalmado le marcó la espalda con su cincho para enseñarle quien mandaba. Los demás nada imaginaban, él sabía excusar los “patosos accidentes” de su esposa.

Aquel día llegó ebrio a casa tras el trabajo en la mina. Mugriento pretendía posar sus asquerosas manos sobre su piel. La acorraló y la inmovilizó. Babeaba su cuello intentando besar sus labios. Ella luchó consiguiendo golpear su entrepierna con la rodilla. Él cayó al suelo. Ella corrió al baño y se encerró con el pestillo. Respiró profundo. Se apoyó sobre sus manos con todo su peso contra la puerta para que esta no cediera. Pero no fue su marido lo que atravesó la puerta, sino un cuchillo de cocina, traspasó la palma de su mano, tiñendo las paredes de rojo.

Nadie supo lo que pasó. Encontraron a ambos tirados en el suelo envueltos ensangrentados. Una certera estocada con aquel cuchillo de cocina en el corazón de Julián acabó con su vida. Carmen consiguió ponerse de pie y romper una ventana del patio interior para simular un robo y perdió el conocimiento.

Lo siguiente que recuerda es despertase en el hospital rodeada de sus hijos, con el cuerpo dolorido y la noticia de que él ya no estaba. En su mano, guardado bajo mil llaves, el recuerdo de la última batalla por la justicia de su condición de mujer libre.

 

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COSAS DE LA VIDA

Un osado rayo de luz invadió la instancia en la que alguien dormía sosegadamente.

Aquella persona era Alberto, un niño de doce años emocionado de la vida y cuya principal afición era hacer ladrar al perro de su vecino, Yago, un caniche de no más de medio metro de alto. Sonó su despertador en forma de coche de carreras, con su habitual tono semejante al rugido de un motor en formula uno. Eran las ocho y diez de la mañana y tenía que ir al colegio. Apagó el despertador sin despegar siquiera los ojos. Perezosamente, se volvió a arropar con las sábanas y continuó durmiendo sin importarle ni lo más mínimo que pudiera llegar tarde a clase. En ese momento, su madre, Paloma, entró en la habitación:

  • Venga, dormilón. Si sigues así llegarás tarde a clase.- se acercó rápidamente a la cama y retiró con un juego seco de muñecas las sábanas dejando al descubierto el calentito cuerpo empijamado de Alberto, sumido todavía en un profundo sueño.
  • Ummmm… – tan solo pudo articular el pobre Alberto.

Continuando con su rutina de cada mañana, la mamá de Alberto subió hasta el tope las persianas y abrió de par en par las cortinas azules de Mickey que su padre le había traído como recuerdo de su viaje a París. Ante tan desolador panorama, y vistas sus pretensiones derribadas por su poderoso enemigo, sus ojos se abrieron completamente, dejando ver ese verde tan precioso del que su madre estaba completamente enamorada. Se desperezaba cuando su madre se sentó al borde de su cama para observarle en su cómica actuación mañanera. Ésta, inclinando un poco su cabeza a la derecha, no podía dejar de mirarlo con amor y sentirse orgullosa de su único hijo.

Tardó varios años en llegar el feliz acontecimiento. Les costó muchos paseos por las consultas de distintos médicos especialistas en esos temas. Pero, hoy, con su hijo frente a ella, le daba gracias a Dios que les hubiera recompensado con tan maravilloso presente: Alberto. Una triste noticia, saber que jamás podría darle un hermano, o hermana. Pues, fue un embarazo muy duro y doloroso para ella, y el parto, especialmente perjudicial, hasta tal punto, que su matriz quedó dañada para siempre. Aunque, pensaba, lo volvería a hacer otra vez más, pues Alberto era lo mejor que les había pasado, el mayor fruto de su amor. Y ahí , delante de ella, estaba retorciéndose y eludiendo su deber de levantarse para ir al colegio:

  • No vas a conseguir convencerme. Te quiero de pie en dos segundos, sino llamaré a Yago para que venga y te muerda los talones.- bromeaba Paloma para que su hijo se moviera de una vez. – Venga, no me enfades.- Se levantó e, inclinándose sobre su hijo, le besó suavemente la frente.

Alberto siguió con la mirada a su madre que salió de la habitación y lo dejó solo. Realmente le hubiese gustado quedarse ese día en la cama. Tenía un examen de mates y no le apetecía ir al colegio porque uno de sus amigos había enfermado y no tendría con quien jugar al rescate en pareja a la hora del recreo. Pero, en fin, era un chico responsable. Se levantó de un salto, abrió el armario, tan desordenado como siempre, y sacó una ropa cualquiera. Entró en el baño, se aseo y se vistió en un tiempo récord. Su madre le había preparado como cada mañana el desayuno: un vaso de zumo de naranja natural, un tazón de Cola Cao y sus cereales favoritos, un desayuno nutritivo para un chico fuerte que tenía que crecer, o por lo menos eso era lo que decía su madre. Y él la creía.

Se sentaron juntos para desayunar como cada mañana, aunque no exactamente igual:

  • ¿Y papá?.- preguntó Alberto a su madre con la boca llena de una mezcla entre cereales masticados y zumo de naranja.
  • No hables con la boca llena.- le regañó su madre.- ¿No has oído que se ha marchado esta mañana temprano?
  • ¡Nooo! ¿Adonde?.- preguntó totalmente atónito.
  • Será posible que no te hayas enterado que ha pasado a tu habitación para darte un beso de despedida. ¡Ay!. Se ha marchado a Bruselas. Tenía una reunión muy importante hoy, ¿no te acuerdas?. – su madre sonreía mientras observaba divertida a su despistado hijo cómo se devanaba los sesos por recordar.
  • Aaaah! – finalmente, tuvo que admitir Alberto.

A Alberto, no le gustaba que su padre viajara tanto. Lo único que deseaba era que jugara más con él y que pasara más tiempo en casa con su madre. Pero el padre de Alberto era un alto ejecutivo de una empresa internacional y su deber era viajar allí donde lo necesitaran para un negocio.

A veces se imaginaba a su padre, a su madre y a él en un avión rumbo hacia un exótico país sobrevolando las azules aguas del océano, y tan solo de pensarlo, se emocionaba: ¡ un avión!.

Así pues, la mañana de Alberto comenzó. Ya en la realidad, cogió su mochila, y le dió un beso a su madre. Al salir al descansillo, como cada mañana, golpeó la puerta de su vecino y Yago comenzó a ladrar desesperado. Así fue como le gustaba cada mañana salir de camino al colegio, sito tres manzanas hacia la derecha, pasando por delante del hospital provincial.

Eva subía pesadamente la cuesta de la calle donde tenía su casa. Había madrugado más de lo normal aquella mañana, incluso, aún llevaba señaladas las sábanas en la piel de su cara. El sueño y el cansancio eran sus acompañantes. Tenía cita para realizarse unos análisis de sangre. A pesar de que le aterraban las agujas y todo aquello que tuviera que ver con médicos y aparatos quirúrgicos, al fin había encontrado un trabajo medianamente decente y le exigían un informe medico completo. Definitivamente, su cansancio era debido a la falta de costumbre de levantarse temprano. Como no tenia trabajo al que acudir diariamente, la hora de despertarse la decidía ella.

Tomó el autobús metropolitano numero 2, pagó sus setenta céntimos de euro y se hizo sitio, como pudo. entre el grupo de trabajadores vestidos con mono azul que habían subido en la estación anterior. Encontró un lugar idóneo al lado de la luna trasera del vehículo, a través de la cual podía observar el paisaje tranquilo y solitario de las siete de la mañana de esta ciudad pequeña y acogedora. Mirando su rostro reflejado en el cristal, se preguntaba si tanto esfuerzo valdría la pena; si al acabar el contrato de seis meses que la habían ofrecido no la volverían a despedir, y tendría que volver a fichar cada mes a la oficina del INEM. Le cabía la esperanza de encontrar en aquella empresa su futuro trabajo indefinido o por lo menos la experiencia necesaria para encontrarlo en otra diferente. Se sentía totalmente desconectada del mercado laboral después de tantos años. Por lo que, estaba atemorizada. Atemorizada por no saber, por no poder, por no dar la talla. Pero, en su interior, albergaba que su juventud fuese su mejor aliada.

Bajó en la parada situada enfrente del hospital provincial. Respiró profundamente. Con valentía, dió un paso en delante y entró por la puerta de atrás al hospital. Buscó la sala de “extracciones”. Esperó en la puerta, junto con otros pacientes, a que a las ocho en punto se abriera la puerta. De su interior, salió una enfermera que vociferó varios nombres. Los pacientes que eran nombrados pasaban dentro entregándole primero el volante de su médico de cabecera. A cada minuto que pasaba esperando allí, de pie, con el estomago vacío, sus nervios se acrecentaban. Por fin, la enfermera, de piel amarillenta y nariz puntiaguda, dijo su nombre. Una vez dentro, varias “auxiliares técnicos sanitarios” esperaban con unos tubos y unas jeringuillas a los pacientes para extraerles la sangre. Eva, paralizada, esperaba a que alguna de ellas le hiciese una señal. Fue la enfermera del fondo quien le señaló la silla que había vacía delante de ella.

  • Arremánguese y ponga aquí su brazo con el torso interno hacia arriba. – prácticamente, le ordenó, mientras preparaba uno de los tubos en una de las jeringuillas y le ponía una goma apretándole el brazo, con el fin de que la sangre se acumulase y encontrara mejor las venas que tenía que perforar.

Eva cerró los ojos y miró hacia otro lado, mientras la ATS le pinchaba con la jeringuilla. Cuando por fin acabó, se levantó, no sin cierta dificultad, y anduvo como pudo hasta la puerta. En el pasillo, se sentó en una silla para descansar mientras el mareo se disipaba. Se dirigió a la cafetería, donde compró un bollo de chocolate y un zumo envasado. Aquello terminó de animarle. Ya no se sentía mareada. Salió a la calle. Se miró el reloj: eran las nueve menos veinte. Respiró profundamente el aire fresco de la mañana. Bajó los escalones en dirección a la parada de autobús de vuelta a su casa. Al ir a cruzar por el paso de peatones, un coche rojo se dirigía a toda velocidad hacia ella por su izquierda, pero Eva no se percató. Pasó frente a ella rozándole los pies y despeinándola por el viento que el coche rojo formó. Por ese mismo efecto gravitatorio, Eva giró la cabeza hacia la derecha. Y fue entonces cuando lo vió.

Paloma bajaba rápidamente los escalones del pasillo. Llegaría tarde si no se daba prisa. Cuando llegó al piso bajo, advirtió que le faltaban las llaves del coche y tuvo que desandar lo andado. Ahora lo que no encontraba eran las llaves de la puerta. Eran las nueve menos veinticinco y ya era seguro que llegaría tarde, así que se relajó y buscó tranquilamente las llaves de la puerta de su casa. Las encontró en el fondo sur de su amplio bolso. Entró rápidamente al salón y cogió, de encima de un sinfonier de madera color violín, las llaves del coche donde las había dejado la noche anterior. Cerró con un portazo, lo que hizo a Yago ladrar. Paloma cerró la puerta susurrándole al perro que se tranquilizara que era ella. De nuevo, bajó a toda prisa los escalones.

Se miró el reloj eran las nueve menos diecisiete minutos. Abrió la puerta que daba a la calle y vió a una chica correr gritando algo que no comprendió. De fondo, escuchó el sonido de unas ruedas frenando y, de repente, un olor a llanta quemada le hizo entender que algo había pasado. El corazón le dió un vuelco. Su pulso se aceleró. Sin saber porqué corrió hacia donde el coche rojo había frenado. Llegó Paloma. Se comenzó a formar un grupo de personas alrededor de ella. No podía creer lo que estaba viendo. No podía ser verdad…

Alberto estaba tumbado sobre el asfalto, inmóvil. Paloma cayó de rodillas al lado de su hijo. Las lágrimas empañaron sus ojos mientras trataba de buscar algún atisbo de vida: no se movían sus pulmones, su corazón no bombeaba la sangre. Comenzó a perder los nervios. Lo llamaba incesante, y se decía a si misma que aquello no estaba pasando, que tan solo era un sueño y en seguida iba a despertar. Se autoconvencía de que su hijo se levantaría en cualquier momento. En esos segundos de confusión, esa chica que gritaba momentos antes se hizo camino entre la gente que se había amontonado a su alrededor. Se arrodilló al lado de Alberto, colocó su cabeza formando una línea con su laringe para dejar las vías respiratorias abiertas, acercó sus labios a los de su hijo y empezó a insuflar aire de sus plumones a los del niño. Paloma la miraba embelesada por el ritmo de los masajes cardiacos que la desconocida aplicaba al pecho de su pequeño. De hecho, había sido la única persona, de todas las que allí les rodearon, que hizo algo valiente y coherente con las circunstancias. ¿Quién sería? ¿Por qué lo hacía?

Un equipo sanitario llegó a los pocos minutos, seguidos por un coche de policía. Paloma se levantó del suelo. En esos momentos no podía distinguir entre la realidad y la ficción formada en su cabeza. Le parecía estar viendo una película desde el palco de butacas. Los policías tenían cogido por un brazo a un chico con gafas de sol oscuras, el cual, debía de ser el causante de todo, el conductor del coche rojo. El medico de urgencias y las enfermeras luchaban por hacer respirar a su hijo tumbado, ahora, en una camilla con ruedas. Alguien le preguntó si conocía a ese chico y ella contestó. Se lo llevaron corriendo hacia el hospital. Recuerda que pensó: ” Menos mal que vivimos cerca del hospital provincial.” Y, enfrente de ella estaba la chica que gritaba, la chica que auxilió a su hijo cuando ella ni siquiera sabia si continuaba viva. Pero, ¿por qué lo hacía?

Eva se quedó mirando cómo se llevaban al chaval, intubado, con la mascarilla de oxigeno cubriendo sus fosas nasales. Su visión angelical, echado sobre su frío lecho de cemento, quedó tatuada en su mente. Al levantar la vista, encontró la desoladora mirada de la que ella creía era su madre. Pobre mujer. Aún le temblaban las piernas, y no podía emitir ni una palabra de consuelo para tranquilizar a esa madre demacrada. Se acercó donde ella estaba. Cogió el bolso que estaba tirado en el suelo y se lo devolvió, pues tendría que ser suyo.

Las dos mujeres permanecieran unidas, sentadas una junto a la otra en la sala de espera del hospital, expectantes cada vez que se abría la puerta por donde había entrado Alberto. No se dirigieron ni una sola vez la palabra. Tardaron casi dos horas en salir a comunicarles que el niño estaba todavía vivo, sin embargo, lo estaban interviniendo.

Paloma no paraba de llorar, frustrada, intentando llamar a su marido, y su marido que estaba “apagado o fuera de cobertura”. De vez en cuando, miraba de reojo a su compañera. Compañera totalmente desconocida. Desconocida que le había ofrecido su apoyo en aquellos momentos sin aparente razón. Razón que habría de dársela por ser la única persona que había ayudado a su hijo. Entonces, supo que le estaría eternamente agradecida.

Eva se levantó de la silla para ir a la cafetería a por dos botellas de agua mineral. Le ofreció una a la mujer sentada a su lado. La mujer la cogió y le sonrió. Quizás, ese día era el día en que desempeñó el papel de heroína de toda la obra de su vida. Entonces, supo que no podría irse de aquel hospital sin haber hecho todo lo posible por el chaval, que le había devuelto las ganas de luchar por algo.

Sin palabras, las dos mujeres se expresaban cuantos sentimientos nacieron en tan fatídica situación. Tras el transcurso de tres horas, un medico vestido de verde salió de detrás de la puerta. Las dos se levantaron, Paloma por ansiedad y Eva por temor.

  • ¿Quién es la madre?.- preguntó el doctor con voz condescendiente.
  • Yo… – dijo Paloma, entre sollozos.
  • Mi nombre es Alonso Vázquez, el cirujano que trata a su hijo.- el doctor posó suavemente su mano en el hombro de Paloma y sugirió:.- Mejor sentémonos.

Eva, Paloma y el medico se sentaron en silencio. Él garraspeó y comenzó a hablar lentamente, mirando a los ojos a Paloma:

  • Su hijo está estabilizado, aunque no está fuera de peligro. Se lo explicaré para que lo entienda sin tecnicismos. El coche impactó contra la caja torácica, lo que ha causado que la tercera y cuarta costilla del lado izquierdo se partieran. Esto ocasionó que una de ellas, perforará parcialmente una arteria pulmonar. Este problema está en estos momentos controlado temporalmente, aunque puede tener, en las próximas horas, crisis respiratorias críticas. El impacto fue brutal para su cuerpo todavía en formación y sus huesos aún blandos. Lo que le quiero decir es que tiene múltiples fracturas. Aún así, lo más grave es que, creemos, se ha dañado la médula.

Paloma temblaba aterrorizada tratando de asimilar lo que el cirujano le estaba explicando. Por primera vez desde su encuentro, Eva miró los ojos de aquella madre destrozada. Encontró ansiedad y una cantidad desmesurada de dolor. Experimentó la necesidad de sentir entre sus dedos las heladas manos de esa mujer, de la que nada sabia, pero con la quería compartir su dolor y demostrarle así su apoyo en esos momentos de amargura. No se dijeron nada. Los tres secundaron los momentos de silencio. Tras unos segundos, que parecieron una eternidad, el medico continuó:

  • Si actuamos con diligencia, todavía nos queda una posibilidad para salvarle.- Paloma levantó la cabeza, en su mirada, se podía ver la esperanza y la valentía por intentar cualquier cosa por la vida de su hijo.- No puedo asegurarle cuanto tiempo podremos mantenerle estable. Necesitamos un donante cuanto antes, aunque le advierto que no es nada fácil.- el medico hizo una pausa.- Quizás, su padre nos pueda ayudar. Es el candidato más probable.
  • ….. .- un susurro fue tan solo lo que salió de la garganta de Paloma, para explicar.- … Eso es imposible… Mi marido está en Bruselas….- y después de estas palabras, rompió a llorar sin consuelo, hundida en la más profunda de las desesperaciones, frustrada por no poder hacer nada. Todo estaba perdido. No volvería a tener a su pequeño entre sus brazos. Su vida se escapaba.

El verde paisaje de la sierra, el aire fresco de las montañas y la atmósfera de tranquilidad que la invadía, propiciaron el recuerdo de aquellos agrios sucesos en que todo estaba perdido, en que todo había cambiado para ella.

Hay quien cree fielmente en la idea de que cada hombre y mujer nace con un destino ya marcado. Aseguran que somos “enviados” a la tierra para realizar una misión, pues todos tendríamos una misión que debemos cumplir. Por ende, todos los acontecimientos de una vida fluyen hacia un mismo punto y nos conduce en un mismo cauce. Para Eva, desde aquel accidente, se convirtió en una filosofía de vida. Estaba segura de su credibilidad, pues en esa mañana gris, que en principio se presentaba tan monótona como todas las demás, ella cumplió su misión. En definitiva, consistió en salvar vidas. Su vida se salvó porque estaba extraviada y no la podía encontrar en las profundidades de un hondo pozo de tristeza en el que se había sumergido. La vida de Paloma, ahora su mejor amiga, también la salvó al estar, simplemente ahí e infundirle serenidad y aplomo. Y, también, la vida de Alberto. Pues nadie podría haber sabido que Eva estaría allí en aquel momento; nadie podría haberle dicho que correría sin pensarlo al auxilio de Alberto en el justo momento; pero lo que nunca nadie podría haber predicho fue que Eva sería la llave de una puerta imposible de abrir. Sería la persona que donaría una parte infinitésima de sí misma para que un niño, al que de nada conocía, pudiera vivir.

Simplemente, son cosas de la vida. En realidad, fue pura casualidad que el medico accediera a realizarle las pruebas cuando todo ya estaba perdido. El padre de Alberto no podría llegar a tiempo para la intervención, las vías normales burocráticas del hospital que llevaban integradas largas listas de espera eran desalentadoras, y las pruebas realizadas a la madre habían sido negativas. Todo estaba perdido y Eva, simplemente, quería ayudar. Se le ocurrió: “¿Qué podemos perder?”. Ante las pocas esperanzas que la situación presentaba, el doctor aceptó, no sin escepticismo. Asombrosamente, y sin una explicación científica razonable, las pruebas de compatibilidad resultaron positivas. Eva era la donante que esperaban que, en la cuenta atrás, salvaría la vida de Alberto.

Meciéndose en aquel balancín con Alberto tumbado en su regazo, viendo tranquilamente el tiempo pasar, dió las gracias por haber estado en el lugar idóneo en el momento exacto, por lo que ocurrió aquella mañana, por el milagro que supuso para su vida y para la de Alberto.

Esta es la historia de tres vidas que se cruzan por azar. Es la historia de tres vidas que desde entonces transcurrieron paralelas. Esta es la historia de tres corazones, uno fuerte y luchador, otro triste y opaco, y otro débil e inmaduro, y tres almas gemelas que durante tres días latieron al mismo compás. Tres días que transcurrieron desde la intervención quirúrgica hasta que Alberto abrió de nuevo sus ojazos verdes llenos de vida, iluminando de ilusión y agradecimiento la mirada de Paloma y llenando de desbordante amor aquel vacío de la vida de Eva.

Hoy, la amistad inunda las paredes de la casita de campo, que Eva y su marido habían comprado en la sierra de Alcudia, para celebrar el próximo nacimiento de su primera hija. Paloma y su marido pasaban el mayor tiempo posible junto a Alberto y a la pequeña niña que habían adoptado, formando así la familia que ellos deseaban.

Y Alberto, porque no nos engañemos, es el protagonista de este relato, aprendió a valorar cada minuto de su vida siendo ejemplo de las mejores virtudes de solidaridad y comprensión con sus semejantes, paseando por la vida de la mano firme de su madre Paloma y su ángel protector, Eva. Aquel horrible accidente se fue archivando en los confines de su memoria, aunque siempre lo llevó tatuado en su pecho y grabado en su corazón, que bombeaba su dulce sangre con más ganas y más fuerza que nunca por esas cosas que hacen que valga la pena vivir.

CAPITULO 2: “AQUEL DÍA” (PARTE II)

” Petrificada, sin saber qué hacer, vi como gritaba una y otra vez mi nombre para que la ayudara; cómo el peso de sus ropas la fueron hundiendo hasta que estuvo completamente sumergida.

Cuando pude reaccionar, gritaba entre sollozos el nombre de mi padre y de mi madre. Pero, cuando mi padre llegó, mi hermana se había hundido en las heladas aguas del lago. A pesar de los grandes esfuerzos de mi padre por encontrarla, nunca llegamos a recuperar el cuerpo de Elena.

Dieciséis años después de aquello, seguía llorando la muerte de mi propia vida a orillas de las llamas de la culpabilidad. A orillas de aquel maldito lago, no sé si fue por el sol abrasador que calentaba mi cabeza, o por la marejada del océano de rancios sentimientos en los que me había sumergido, que al levantar la mirada, encontré la visión de mi querida hermana mirándome desde el otro lado del lago.

Sabía que era imposible que estuviera allí, de  pie, mirándome. Aún así, le hablé:

Has venido. – abrí la boca y de mi garganta tan solo se escapó un susurro.

Nunca me marché. – me dijo, sin moverse, rígida, con la mirada fija en mi mirada.

Tengo tanto que explicarte… Perdona mi cobardía. Mi corazón no ha descansado ni un momento desde que te perdí.

Desde donde se encontraba, continuaba mirándome, sin moverse, sin decir nada. Observaba mi desesperación por hablarle de lo que pasó, de explicarle cómo había añorado poder abrazarle una última vez. No podía creer que Elena y yo estuviésemos frente a frente, pero ante mí estaba aquella niña que se alejó a tan temprana edad. Aún llevaba el vestido blanco y el abrigo color teja, tal y como la recordaba. Me observaba con sus ojos ingenuos y me hablaba con frialdad en su voz. Y, a pesar que su piel estaba pálida y sus venas estaban heladas por la falta de vida, seguía siendo la niña de diez años que un día se fue para no volver.

Jamás me perdoné lo que ocurrió. Desde aquel día, siempre me faltó algo. A cada acontecimiento de mi vida, encontré un abismo impracticable. Me faltó el amor de una hermana a quien consultarle cuando comencé el instituto, cuando salí por primera vez con un chico, cuando celebramos mi graduación universitaria, y ahora, cuando me voy a casar con el hombre de mis sueños. Me faltó poder alegrarme contigo, vivir contigo. Y, sin embargo, sabes que cada minuto que he vivido lo he hecho por ti.

Lo sé.– Y una pequeña mueca en el labio superior de Elena apareció como un atisbo de humanidad.

Te he echado tanto de menos… – decía mientras me incorporaba con gran cuidado, pues tenia miedo que desapareciera si hacía un movimiento brusco.

Tú tambien me has faltado.– dijo Elena con su imperturbable tono de voz.

El silencio invadió el lugar y permanecimos calladas mientras expresábamos nuestros sentimientos con nuestras miradas. En mi interior, sabía que no podía ser real, sabía que mi subconsciente me jugaba una mala pasada. Pero, aún así, mi corazón no quería que acabase este fantasmagórico momento. El silencio se rompió. MI pequeña hermana habló:

Virginia, no te culpes más. Donde yo estoy no sufro.

Sabes que mi vida te pertenece.- contesté con decisión.

Elena permaneció en silencio, ratificando que lo sabía.

¿Volverás a reclamarme tu vida? – Las lágrimas aparecieron en los bordes de mis ojos.

Probablemente.– contestó fríamente ella.

Te quiero, siempre te he querido, Elena.– decía yo mientras la pena de su pérdida invadía mi pobre marchito corazón por tanto sufrimiento.

Las lágrimas no me dejaron ver cómo se alejaba de mi lado y su imagen se perdía entre los troncos de los árboles del bosque de hayas. De nuevo el dolor de su ausencia me hacía retornar a aquella sensación de soledad, tan familiar, tan adherida a mi desde aquel día. Por fin, pude decirle todas aquellas palabras que se perdieron enterradas bajo las hojas caídas y marchitas amontonadas en la tierra. Al fin, mi corazón sintió un gran alivio, aunque sabía que esa carga me acompañaría hasta el final de mis días.

Ofuscada por mis propios pensamientos, comencé a andar de regreso al mundo al que pertenecía. Continuaba llorando sin consuelo, mientras me convencía a mí misma de que aquello no había sucedido en realidad. Mas, por mucho que lo intentara, mi conversación con Elena había sido real.

Un sonido en la lejanía me hizo reaccionar. Volví a prestar atención:

¡Elena!¡Elena! – era la inconfundible voz de mi madre llamando a mi hermana.

Guiándome por el sonido de su voz, la busqué hasta que discerní su figura caminando entre las hayas. Cuando la tuve lo suficientemente cerca, le hablé, aún llorando por la emoción…

Madre, estoy aquí.- dije mientras secaba mis ojos.

HIja, me tenías preocupada. Desapareces de tu fiesta, ¿qué clase de anfitriona eres tú? –  dijo con tono cariñoso mientras pasaba su brazo por encima de mi hombro y me abrazaba afectuosamente.

Admiro mi poder de decisión. Todavía me pregunto cómo una niña de ocho años pudo tomar la decisión más importante de su vida. Una decisión que la convertiría para siempre en otras persona, con otra identidad, inclusive con una edad mas madura.

Fue allí, mientras mi padre cogía por los hombros a Virginia y la azuza con ansiedad en busca de respuestas, y mientras que Elena se ahogaba por la cobardía de su hermana, Virginia murió para que Elena viviese.

Algunas veces pienso que mi madre lo supo desde el principio. De hecho así era. Pero mi madre dejó que Elena viviera la vida en nombre de Virginia, sin intentar siquiera, por miedo a un mayor agravio, hacer que Virginia rechazara la idea de vivir lo que su hermana ya no podría.

Así fue. Cuando mi padre, ante la desesperación y el nerviosismo del momento, me preguntó aquel día:

¡¿Dónde ha caído Elena?! ¡Virginia, contéstame! ¿Dónde ha caído?

Yo contesté… “¡No! ¡Se ha caído Virginia!… Yo soy Elena

Así fue cómo Elena vivió para siempre y Virginia encontró la manera de realizar su penitencia. Aquel día, yo le quité la vida a mi hermana, y era de derecho que ella viviera la mía. ”

CIUDAD REAL, 2 DE MARZO DE 2004

PREMIO IV CERTAMEN PROVINCIAL DE RELATO CORTO “ANA DE CASTRO”

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