ESTO ES ASÍ…

nina-con-botasfeet-407135_960_720

Puedo leer tu mente… Porqué estás sentado leyendo este texto… Conozco tu historia.

Crees no poder estar a la altura. Crees que no puedes tirar más de esa situación. Las personas de tu entorno, los lugares habituales. Tu espalda se encorva. Te pesan los pies. Tu cabeza parece no querer funcionar como debiera. Créeme lo siento.

Cuando la vida está vacía y la soledad comienza a aproximarse cada vez más. Parece que no hay mañana. Parece que acaba hoy.

No hay camino fácil de hacer. No hay vida sencilla. Ni mundo perfecto. Desengáñate. No existe eso de “Búsqueda de la felicidad”.

Ante todo no te rindas, porque la respuesta a todo esto está delante de ti. Ya lo veras.

Prepárate para luchar. Ármate para continuar. Libera tu mente de pensamientos. Deja escapar las preocupaciones. No albergues dudas. Nunca pierdas la fe. Esto no va a ser fácil. Aprende la lección.

Yo no tengo las respuestas a tus preguntas. Tampoco las tengo a las mías. Quizás si me preguntas no sepa qué decir. Pero estoy segura que dentro de ti, encontraras las respuestas. Atrévete. Búscalas. Encontrarás el camino y seguirás adelante.

No lo dudes. Puedes ganar en esto llamado vida. Haz las cosas con la pasión de tu alma. Y pon amor en todo lo que hagas. Eres único.

Cris Montenegro G

 

Foto cedida por Librestock.com
Anuncios

EL BOSQUE Y ANDRÉS

En un bosque no muy lejano al centro mismo de La Mancha, allá por la época en la que habitó Don Quijote, un pequeño brote de vida verde vió por primera vez la luz del sol un radiante día de Junio. Todas la hayas, pues de un bosque de hayas se trataba, y todos los animales que allí vivían deseaban ver al recién nacido que, por mayoría, bautizaron con el nombre de Andrés.

Su nacimiento fue todo un acontecimiento. Todos los árboles querían estirar sus copas o aprovechar la brisa para inclinarse y poder ver al pequeñín. Las ardillas, las lechuzas, los búhos, los ciervos, y, en general, todos los habitantes admiraban el hecho de que hubiese nacido en el mismísimo corazón del bosque. Debía ser muy especial, para que el Señor Viento hubiese dejado caer una semilla en aquel lugar desocupado desde tiempos inmemorables.

El pequeño árbol no tenía padres, pero todos ponían de su parte para cuidarlo con mimo y primor. Las vecinas colindantes retiraban sus majestuosas copas para dejarle los mejores rayos de sol y las más jugosas gotas de lluvia. Los pájaros le brindaban sus mejores cantos mañaneros. Los ciervos roían las malas hiervas que pretendían crecer a su alrededor. Y los búhos, especialmente el mayor de todos, Hugo, cuidaban de que nadie durante la noche osara a acercarse al bebé. Así fue cómo Andrés creció agarrándose a la Madre Tierra con fuertes raíces y alargando su copa buscando las cálidas caricias del Padre Sol.

Cuando Andrés cumplió su primer año, ya había alcanzado el metro de altura, su tronco rugoso comenzó a tornar en un color marrón oscuro, y sus hojas eran demasiado pequeñas y tenían un aspecto espinoso y verde oscuro, formando una copa en gota de agua. Sus vecinas hayas, ante su sorpresa, comenzaron a discernir un árbol muy diferente a ellas, pues sus troncos eran de una madera lisa de color grisáceo y sus hojas grandes y copas de forma piramidal.

  • No es una haya.- dijo Belinda, la vecina de Andrés situada al Norte.- He tenido muchas hijas y ninguna ha crecido con ese aspecto.
  • Puede que esté enfermo.- observó la tímida Lucia, su vecina del Sur.- Es extraño ese color de corteza.
  • Yo creo que Belinda le quita terreno.- espetó la chismosa de Juana desde el extremo Oeste.
  • No digas tonterías.– ordenó la autoritaria Candela desde el lado Este.- Belinda ha cuidado de Andrés tanto como todas nosotras. Sólo hay que ver cómo ha crecido este pequeño en un año y cómo ha desarrollado sus raíces con gran destreza. Opino lo mismo que Belinda, se trata de otro tipo de árbol.

Todas miraron con preocupación al pequeño Andrés. Discutieron durante horas qué clase de árbol sería y cómo reaccionarían el resto de los habitantes del bosque. En aquel instante, Hugo, el búho, se posó con gran cuidado en las ramas de Candela y se dirigió a ellas diciendo:

  • Se trata de un Ciprés, bellas damas.

Las hayas le miraron con asombro:

  • ¿Cómo puede estar tan seguro, Don Hugo?.- preguntó Belinda, sorprendida.
  • He viajado mucho, por estas y otras tierras del norte. Sin duda, su aspecto lo delata claramente. Se trata de un Ciprés.- Por unos instantes reinó el silencio y las miradas sostenidas.- ¿Cuál es su temor, señoras?

Candela tomó la palabra y lentamente, respondió en nombre de todas:

  • Hemos cuidado con cariño a Andrés y el bosque lo quiere como a un hijo. Pero no debemos olvidar que en cuarenta kilómetros a la redonda tan solo hay hayas. Hemos reinado este bosque desde el comienzo de los tiempos y los animales nos respetan. Ese lugar, era de esperar, que lo ocupara uno de nosotros. Podrían considerarlo un usurpador. Conozco a este viejo bosque de tradiciones arraigadas, tan bien como tú, Hugo. Sé que el temor a lo desconocido hará cambiar muchas cosas y la incertidumbre es una mala compañera que se apodera del futuro de Andrés. Y nos aflige gravemente.

Las hayas asintieron a la vez, dándose la razón unas a otras de forma condescendiente.

  • No veo el porqué.- contestó serenamente Hugo, el búho.- Por supuesto que conozco este bosque tan bien como tú, Candela, y, como yo, conoces su corazón bondadoso. Conocéis la solidaridad y el amor fraternal que corre por la sabia de todos sus habitantes. Si fuera de otra forma, ¿cómo podrían convivir en esta plausible armonía tan variada sociedad de razas? No adelantemos acontecimientos. Dejemos juzgar al bosque y el tiempo nos dará o quitará la razón. Aunque el futuro de Andrés depende exclusivamente de él.

 

La vida en el bosque transcurría tranquila y nada ocurrió. Todos los habitantes del bosque conocieron la noticia. Sin duda, un hecho insólito. Sin duda Andrés era, y sería siempre, especial….

 

 

Andrés tenía ya catorce años. Calzaba unas raíces de más de cinco metros y vestía una altura de más de nueve. Era un jovenzuelo de tronco erguido, copa fornida y aspecto jovial. Crecía feliz, arropado por el amor de Belinda, la mano protectora de Candela, el abrazo maternal de Lucia, las divertidas historias de Juana y las lecciones educativas de Hugo. Era querido de extremo a extremo por todos los habitantes del bosque.

Muchos cambios se producían en su interior. Andrés empezaba a madurar y pronto abandonaría la niñez. Observaba todo con detenimiento y llamaba su atención hasta lo más mínimo.

Fue entonces que descubrió que él era diferente.

Comparándose con el resto de los arboles, observó que su color de tronco era más oscuro, su altura era mucho mayor, y su copa no era tan perfecta y majestuosa como las de las hayas. ” Soy un larguirucho”, comenzó a pensar de sí mismo. ” Mis ramas no son tan amplias como las de las hayas, ni tan fuertes como para que los pájaros aniden en ellas. Y mis hojas son feas e insignificantes y tampoco los arroparían tanto como las suyas. No me extraña que les prefieran a ellas”

Envidió que, al llegar el otoño, las hayas permutaran el color de sus hojas y, más tarde, en invierno, las terminaran perdiendo. Envidió que, en primavera, estrenaran hojas nuevas y las luciesen junto con sus peludos frutos, que las ardillas almacenaban para alimentarse. Envidiaba que los pájaros anidaran en sus amplias ramas, y no en las suyas; que las ardillas guardaran sus frutos en sus troncos ahuecados, y no en el suyo alimentándose de sus piñas; y que las mariposas en otoño tejieran sus capullos en sus hojas grandes y en primavera revolotearan entre sus copas y no alrededor de la suya. Incluso le parecía que el Sol les alumbrara más, que la Lluvia les mojara con mayor cantidad y que el Viento les hiciera bailar al son de los más bellos vals.

La envidia no tardó en cegarle, apoderándose de su alma. Ansiaba que los animales del bosque se acercasen a él, pero su afán tan solo los apartaba. Deseaba que los demás arboles le hablaran , pero tan solo los enmudecía. Los habitantes del bosque no tardaron en evitar cruzarse con su mirada y el silencio reinó en su vida. La soledad se adueñó de su sabia y la tristeza anidó entre sus ramas, malas compañeras para avivar la codicia y la envidia.

Pero, ¿qué es lo que tenia él que ofrecer a los demás? Cada mañana al amanecer esperaba que ocurriera algo que cambiara su vida, pero nada ocurría. Comenzó a preguntarse: “¿Qué es lo que he hecho mal?” Nadie contestaba a su pregunta. Más se autoconvenció de que para nada servia si nadie le quería. Deseaba ser como las aves, poder surcar el cielo y alejarse de aquel inhóspito lugar. Quizás en otro sitio le apreciaran. Quizás si se marchara no lo lamentarían.

 

Convenciéndose cada día de que su vida ya no valía nada, dejó de poner interés en alargar sus raíces y seguir alimentándose. Ya no intentaría más tocar el cielo con la punta de su copa. Perdió sus fuerzas para hablar. Sus hojas empezaban a tener un color amarillento, sus ramas ya no eran tan fuertes como antes, y su copa le resultaba pesada, demasiado pesada. Andrés, sin darse a penas cuenta, arqueó su copa dejándola caer hacia el suelo, por que ya no podía llevar esa carga mas. Añoraba las dulces palabras de Belinda, las caricias cálidas de Lucia. Sufría los cuchicheos de Juana a sus espaldas y la frialdad de Candela. Y, sobretodo, echaba de menos las lecciones de humanidad de Don Hugo.

Así fue que, día tras día, noche tras noche, Andrés dejaba escapar sus lágrimas de desesperación por no poder descubrir cómo seguir viviendo.

 

Una noche bañada por la luz de la luna llena, Andrés estaba cabizbajo llorando en silencio para que nadie le descubriera. Aunque esta vez, alguien escuchaba en la oscuridad su sollozo. Sus grandes ojos delataban que se trataba de Hugo, el búho. Salió de la oscuridad y voló hasta posarse con gran cuidado en una de las ramas de Andrés.

¡Que magnífica sensación de vida recorrió por su sabia! Desde las raíces hasta la última hoja de su copa, Andrés supo que estaba vivo. Al principio, no sabía de que se trataba hasta que no levantó un poco la cabeza y topó con los grandes y amarillentos ojos de Hugo.

  • Jovencuelo, esta actitud tuya me defrauda severamente.- le reprochó Don Hugo al pobre Andrés, que ya tenia bastante con sus propios pensamientos.- ¿Acaso hay alguna razón por la que debas estar tan triste?

Antes de hablar, Andrés suspiró profundamente y, aunque le costaba recordar cómo se hablaba, contestó lo más sinceramente posible:

  • Nadie me quiere, Don Hugo.

Don Hugo se sacudió su plumaje y se colocó de nuevo mientras pensaba en lo que le había dicho. Por fin, dijo:

  • ¿Es por eso que ya no quieres seguir viviendo?
  • Me pregunto si debí haber nacido…- respondió en un susurro el pobre e inmaduro cipres.
  • ¡¿Cómo?!.- Andrés se asustó de la repentina subida de voz de Don Hugo, que siempre hablaba con un tono moderado de voz y nunca se alteraba.- Andrés, ¿qué es lo que te ha llevado a pensar de esta forma?
  • Nadie me aprecia. Nadie quiere hablar conmigo. Hasta nuestros hermanos los animales evitan pasar a mi lado… incluso tú mismo.- explicó con cierta dificultad.
  • Mi pequeño Andrés, a veces es mejor dejar a los hijos que aprendan ellos solos de sus propios errores, dejarles que anden una temporada solos en busca de su destino. Dime, ¿esto es lo que tú has elegido? ¿Ya no quieres vivir más y privarnos de tu compañía?.- Andrés bajó la mirada evitando la de Hugo. Permaneció en silencio.- Ya me parecía. No sé si alguna vez te he contado lo que ocurrió cuando tú naciste.
  • ¿Qué pasó cuando yo nací?.- cuestionó Andrés, pues no sabia que hubiese pasado nada.
  • El día que tú naciste el bosque renació de nuevo.– le dijo Don Hugo con lágrimas de emoción en los ojos.

Así fue cómo, noche tras noche, Hugo relató todos y cada uno de los momentos de la vida de Andrés. Cómo el bosque entero lo había querido y cuidado. Cómo todos habían enorgullecido a cada centímetro que había crecido fuerte y sano. Y cómo todo el bosque se había marchitado al verle tan triste y hundido. Andrés recobró la fe en sí mismo y cada noche encontró una razón más para vivir rodeado de tan maravillosos compañeros. Su tronco, pálido por la falta de alimentos, volvió a retornar en su color marrón oscuro, ese color que ya no le parecía tan feo ni tan distinto al de los demás. Por sus ramas, volvió a correr la sabia y se hicieron de nuevo fuertes y verdes, y en primavera, volvieron a nacer sus piñas, que, incluso, les parecía mucho más bellas que los frutos de las hayas. Su copa retornó a su posición natural y descubrió que era mucho más alto que los demás arboles. Aunque nunca llegó a ser la de antes, pues descubrió que su querido tupé se abría en dos y ahora el flequillo le caía en la cara, haciendo su rostro para siempre juvenil. Las ardillas ya no le temían y se acercaban para recoger sus frutos, los pájaros descubrieron que las ramas de Andrés les abrigaban más en las épocas de frío y las mariposas zurcían sus capullos entre sus hojas para nacer más tarde en la primavera.

Hugo tardó varios meses en terminar su relato. Para entonces, Andrés estaba totalmente recuperado. Se dió cuenta de lo injusto y egoísta que había sido con la gente que le quería, y pidió disculpas por haber sido tan necio. Todos le perdonaron, aunque a su forma. Belinda sonrió ampliamente al ver que estaba sano y salvo. Lucia rompió a llorar de emoción. Juana, con cierto escepticismo, reconoció que algo tenia que ver con su estado y le pidió disculpas por haberse portado tan mal. Y Candela, tras aquel manto de frialdad e indiferencia, se llenó de gozo al ver que su pequeñín volvía a ser el de antes, y aguardando de nuevo poder mostrarle todo su amor.

Todos juntos terminaron de contar a Andrés su historia, pues su vida había sido la de todos.

  • ¿Cuál es ahora tu elección, joven Andrés?.- le preguntó risueño y orgulloso Don Hugo.
  • ¿Cuál sino podría ser ?.- Andrés miraba a su alrededor, sin duda, era felicidad lo que sus sentidos percibían.- Decido vivir rodeado de las personas a las que quiero y que me quieren. Sin ellas, no soy nadie. Y ellas no son nadie sin mi.

 

Por siempre, Hugo narró historias en sus noches, y Candela le enseñaba a ser el más adecuado árbol de los alrededores. Andrés, por fin, se percató que su sitio había estado y estaría siempre en aquel lugar, siendo el árbol más grande y fuerte del bosque y ocupando el lugar privilegiado que le había tocado vivir. Y lo hizo con orgullo y sabiduria, estando en armonía con los seres del bosque.

Haciendo balance de lo pasado, pero nunca más rememorándolo, reconoció que su mayor fallo había sido no quererse a sí mismo, escudándose en que era diferente.

Pero, ¿por qué se tendría que diferenciar él si los demás lo querían tal y como era?

Él era Andrés, el ciprés.

Ya no quería ser un ave para volar. Ahora, con tan solo levantar la mirada para ver el horizonte, disfrutaría de cada momento que viviese.

Se dice que Andrés fue el árbol más importante de cuantos por allí nacieron. Tanto que hasta el famoso hidalgo Don Quijote de La Mancha, descansó a la sombra de su enorme copa y se recostó durante un largo rato en su viejo tronco.

Y así fue porque la grandeza estaba en él.