EL AUTOBÚS

Pasaron otoños, inviernos, primaveras, y su vida seguía girando hacia los mismos lugares, a la misma hora.

Una monotonía que cubría los días tras días en aquella región de cielos grises y rachas de vientos fuertes.

A veces llovía, y el viento aplastaba las gotas de lluvia contra los cristales del autobús. Las miraba fijamente, tratando de encontrar una salida a la rutina que le desbordaba la cabeza y saturaba su corazón. Y en aquella gota cristalina se reflejó ella: la desconocida que cada mañana compartía su trayecto en la fila de al lado, inmersa en un libro y con una sonrisa en los labios.

Entonces él imaginaba que el autobús era la casa de los dos. Había hecho unas divisiones imaginarias para colocar la cocina, el dormitorio y el cuarto de baño. Y se imaginaba que ella siempre estaba en la cocina con el delantal, concentrada, amasando pan. E imaginaba una vida feliz…..

Quizás estaba enamorado en lo más profundo de su corazón, pero todo era una incógnita, pues nunca había dirigido una palabra a la desconocida del asiento de la fila de al lado. Sabía a ciencia cierta que ellos vivían en el autobús que no paraba de dar vueltas a la ciudad, como la Tierra no paraba de dar vueltas bajo sus pies.

Y vivían, estaba claro. La lluvia o la niebla los protegía de las miradas de los de afuera.

Él la miraba cada mañana de reojo. No había navidades, ni veranos, ni Semanas Santas, pues ella siempre subía y él siempre la observaba, sin necesidad de nada más. Todo el tiempo llovía y ellos viajaban solos eternamente, sin hablarse, sin saberse nada de sí mismos. Pero a él le era más que suficiente.

Cerraba los ojos, y siempre se los imaginaba …. abrazados….

CMG

 

Texto basado en el texto de Juan José Millás, “El paraiso era un autobús”

Foto: “Bus at nigth”, cedida por http://es.freeimages.com/

TORMENTA EN EL ÁTICO DE MIS PENSAMIENTOS

Dedicado las amables personas que engloban Territorio de Escritores.

Mil gracias por la cariñosa bienvenida y por haberme hecho finalista del reto Num. 46,

estoy muy agradecida. Y gracias por darmepermiso para poder publicarlo en mi blog.

 

 

Amanecía gris. En el horizonte se podían distinguir fogonazos de luz.

 

No sé cuanto tiempo llevaba caminando por el laberinto de cemento. Desorientada, sin poder detenerme, perdida en mi nulo juicio.

 

En ese momento no me importaba nada. Era precisamente lo que me había estado pasando durante tantos años. Algo se corroía en mi interior.

 

Reflexioné sobre mi vida, una pantomima dirigida por los demás. Tenía una profesión. Un sustento económico. Aunque todo ello había significado renunciar. Dejándome arrastrar por la corriente de la sociedad, había cumplido con lo que se esperaba de mí y había alcanzado la cresta de la ola en la que todos nos movemos alguna vez. Pero esa ola ha de chocar contra las rocas del desfiladero y hacerte añicos en el impacto.

 

Estaba sentada en el parque cuando comenzó a llover. No reparé en que por fin había respondido a alguna de las tantas preguntas que atormentaban el ático de mis pensamientos. Detrás de todo aquel caos, una pregunta: ¿Estoy en crisis?

 

Acompañaron a la lluvia, mis propias lágrimas evacuando aquel ático caótico que no conseguía gobernar. Lloré amargamente por todo lo que había sido, por todos los sueños perdidos, por todo aquello que jamás llegué a ser.

 

Miré hacía el cielo. Las nubes reflejaban mi propio corazón. El agua corría por mi rostro. Tenía empapado mi ser. Alrededor de mí se creó un torrente de agua que se iba por la alcantarilla. Mi mente estaba parada. Era como si yo misma no existiera por unos momentos.

 

De repente, dejó de llover. El viento azuzó fuertemente todo. El ático de mis pensamientos, sorprendentemente, parecía limpio, sereno y con olor a tierra mojada.

¿Crisis? Tal vez sí. Al fin, tenia claridad. Podía discernir mis antiguos sueños y el camino que me conducían a ellos. Podía vislumbrar un futuro motivador. Aquella parada terminó con un gran suspiro y mi última lágrima. Estaba preparada para el destino. Tenía por delante un mundo de ideas que crecían fuertes tras la bruma que no me había dejado ver.

 

Me levanté. Una nueva persona que mejorar.

 

Si esto eres Crisis, Bienvenida seas.

 

CMG

MARTIN, EL VOLÓN

Era un día lluvioso, cuando Martín salió de casa. Obnubilado por sus pensamientos, permanecía resguardado del agua bajo el hongo que crecía escorado en la corteza del nogal donde vivía.

Aunque la lluvia era más hábil que él, puesto que su rechoncho cuerpo, pequeño y peludo, como una pelota de tenis, no cabía bajo el hongo.

Observaba la robusta rama del árbol, que daba entrada a su hogar, bajo sus pequeñísimas zarpas. La expresión de su cara era extraña. ¿Por qué había pensado que aquel hongo naranja iba a conseguir parar la lluvia para él?

Su madre había salido a por comida y su padre había aprovechado para recoger unas ramitas nuevas para el nido, puesto que los gemelos pronto eclosionarían.

Él se aburría sobremanera, así que salió por el ojo de buey y se quedó allí sin saber qué hacer cuando, de repente, se percató que se había dejado las llaves y a los gemelos sin vigilancia dentro.

¡Menuda regañina se llevaría!

Sopesó el gran salto que había hasta el suelo, echó un paso atrás y decidió quedarse lo más quieto posible para no mojarse mucho, pero no lo consiguió.

Y es que un mochuelo adolescente como él, necesitaba otras cosas diferentes que cuidar de sus hermanos pequeños.

Una gota fría le cayó en la frente y fue resbalando lentamente por su pico. Abrió sus grandes ojos amarillos de par en par. Salió de debajo del hongo, se sacudió el agua de sus plumas y abrió sus pardas alas para acariciar el viento entre sus plumas.

¡Vaya día había elegido para dejar el nido!

 

CMG