LA CALLE DE LA MISERICORDIA

    Era una tarde de primavera. todavía lucía alto el sol y corría una fina brisa cálida. La gente se había animado a salir a la calle.

Desde lo alto de la cuesta de la Calle de  la Misericordia, se veía a lo lejos un joven distraído, envuelto en sus pensamientos. No se percataba de las personas con las que se cruzaba ni de los acontecimientos que le rodeaban.

El muchacho no era ni muy alto, ni muy bajo. Parecía, a primera vista, normal. Vestía con zapatillas de deporte, vaqueros y sudadera desgastada. Llevaba su pelo moreno despeinado. No destacaba la expresión de su rostro, puesto que no reflejaba ninguna.

Sus labios carnosos, se cerraban en un línea recta. Nadie diría que era muy diferente a los demás. Desde que le diagnosticaron su enfermedad, sabía que no podía ser de otra manera. La parte derecha de su rostro mostraba los rasgos normales de cualquier chaval de su edad. Sin ningún cuidado ni retoque . Su parte derecha era la mas natural, la más dejada. Llevaba la ceja al natural, y la barba incipiente de hacía unos días.

Su parte izquierda era, sin embargo, rebelde. Llevaba un piercing en la oreja. recién afeitada e hidratada. Su ojo izquierdo parecía ser un poco más grande. Su ceja estaba depilada con esmero. Sus lineas maquilladas destacaban su mirada aún mas. Todo giraba sobre su rasgo mas significativo.

Aún así, ambos ojos eran de un intenso azul marino, de mirada perdida, delatando que sus pensamientos estaban mucho mas lejos, en otro lugar distinto a aquella calle. Sus pasos seguían el camino bajando la cuesta, el tiempo se iba acelerando con cada paso. Bordeaba el horizonte de la ensoñación y le hacía pasar sin ser percibido por esa realidad.

   A esa misma hora, salía de la óptica al final de la calle de la Misericordia, una mujer de avanzada edad, satisfecha por la compra que había realizado aquella tarde.

Sonriente iba subiendo la cuesta poco a poco mientras observaba cada pareja, cada niño, cada persona con la que se cruzaba. Su pelo blanco peinado con cuidado, se movía con la brisa al mismo compás que su vestido de florecillas verdes y amarillas. Feliz de poder disfrutar de aquella tarde, rememoraba los largos años de antaño y entornaba sus pequeños ojos brillantes envueltos en un puñado de arrugas. Su boca dejaba ver unos dientes demasiado blancos y unos deliciosos pliegues demasiado marcados alrededor de sus finos labios.

La mujer que se paró a saludar a un simpático perro, no vio venir al joven que le arrolló. En la colisión, sus gafas se cayeron al suelo y ella retrocedió varios pasos hasta que consiguió equilibrarse. Al principio, no supo que había pasado. Estaba desorientada.

El joven tampoco la vio venir. Al principio, movió la cabeza varias veces hasta que consiguió centrarse y ver delante de él una señora de pelo blanco que se tambaleaba.

Se quedó inmóvil mientras la observaba. De repente, se percató de unas gafas tiradas en el suelo. Mientras que la señora se recomponía, el joven se agachó a recogerlas. Al incorporarse, se encontró con la mirada magnánima de la señora, haciéndole comprender que las gafas eran de ella. Extendió la mano para entregárselas, diciendo en un tono de voz monótono:

  • Lo siento.

La señora, con mucho cuidado y tranquilidad, se colocó las gafas y lo observó durante unos segundos. Sonriendo ampliamente, dejando ver esos dientes de blanco perfecto, le respondió:

  • No pasa nada, hijo. Hoy en día vamos a todos lados con mucha prisa. Me alegro de haberme tropezado contigo.

Pareció que el chaval no supo qué mas añadir, quizás ya no había nada qué decir. Pero algo pasó en su interior, que su rostro hasta ahora inexpresivo, se inundó de luz y apareció en sus cansados labios una gran sonrisa de satisfacción.

 

CMG

 

 

Foto cedida por Gratisography_Made with love by Ryan McGuire
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PENSAMIENTO DE MIGA DE PAN

   Me desperté con esa sensación tan familiar de batalla perdida. De nuevo, parecía que el tiempo se escapaba por entre mis dedos sin conseguir retenerlo. Aquel domingo se tornaba estresante y en mi cabeza tronaba y relampagueaba en el ático de mis ideas, nublando mi entendimiento y dando palos de ciego a diestro y siniestro.

   Otro dia más en el que mi pesar engordaría…. La pena llenaba mi corazón por orden de un cerebro que no paraba de exigir movimiento sin orden enlazando artes de ilusionismo y engaño.

   Cogimos el coche y una preciosa mañana nos esperaba fuera de los muros de mi soledad. Una dulce armonia silenciosa comenzó a sonar. El sol espléndido de esa mañana de invierno acarició cálidamente mi brazo. Mis facciones se relajaron y me acomodé en el sillón del coche. El dia tornaba hacía un horizonte desconocido.

   “Para en ese cajero, por favor. No tengo un euro en el bolso”. Le pedí y él paró el motor delante del cajero automático. Una gélida maraña de viento me esperaba al salir y un escalofrío helado me erizó el bello de las piernas.

   Introduje ese trozo de plástico en las fauces de la maquina administradora de billetes y marqué mi codigo pin. De nuevo, frío: el sol se nublaba. El viento crecía.

  Fue entonces cuando un tintineo, que rompió el silencio de la calle de primeras horas de la mañana, se enrredó en mi conducto auditivo y un escalofrío de nuevo recorrió mi cuerpo por la espina dorsal hasta acabar en mi cabeza, que cansada de tanto tronar y destrozada por el pedrisco, se inhundó de imagenes de mi niñez cuando bajabamos a jugar a esta misma calle y de fondo escuchabamos las campanitas de la puerta de la panaderia de Mari. Por un momento, sentí estar allí, al otro lado de las fronteras del tiempo. Observando a mis compañeros de juegos en una calle sin coches, sin tráfico, sin prisas.

   Me volví instintivamente y una lágrima resvaló por mi mejilla, hasta la comisura de mis labios sonrientes. Una sonrisa inocente y agradecida. Suspiré de alivio. Y mi corazón se espandió por fuera de sus límites.

   La maquina comenzó a pitar de una forma muy desagradable, e interrumpió mi recuerdo.

Pensé ” Me llama el dinero…. Qué ironia, mis bolsillos vacíos, pero qué más dará,  si mi corazón está lleno de oro líquido en forma de recuerdos entrañables y armonía de ritmos infantiles”.

CMG

PENSAMIENTO GRIS PLATA

Suena el despertador…. el candor de entre las sábanas… un pie fuera… hace frío… la ropa me sabe áspera a la piel….

Cojo la correa del perro como un autómata, casi con los ojos cerrados. Me pongo el abrigo y me ato las zapatillas de deporte.
Afuera corre una brisa de escarcha que congela mis manos. Me enfundo los guantes. El perro tira de mi…
De repente, el viento se convierte en acogedor. La niebla comienza a esclarecese en mis ojos. Respiro profundamente el aroma de la humedad en la hierba.
Sin darme cuenta, he parado en mi camino, cerrando los ojos para dejarme inundar por las sensaciones del momento, y mi perro se ha sentado a mis pies mirándome fijamente. Lo observo y se dibuja una amplia sonrisa en mi cara.

Amanece y yo estoy sonriendo rodeada del brillante gris plata de esta mañana fría de invierno.

CMG