HOJAS DE CEREZO

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Hoy recuerdo bajo mi cerezo en flor, aquel día que nos conocimos.
Sentada, apoyada la espalda en su tronco labrado en el tiempo, dejo que las hojas que se caen en el declibe de su temporada cubran la falda de mi kimono.
Recuerdo aquel momento…

Yo derribada en el suelo tras una cruel bofetada de mi maestra.

Mis finos ropajes desparramados por la tarima.
Mis temblorosas manos en la cara.
Mis cabellos despeinados sobre mi blanca cara, manchados de carmín y lágrimas.
Mi alma quebrada, de la decimosexta hija del emperador en su quinto matrimonio.
Mi voluntad dirigida a ser poetisa, al conocimiento del arte y las costumbres.
Humillada, creía marchitar.

Cuando llegó tu mano extendida, tras una bella mirada de ojos profundos, que me trasportan a otro exótico mundo, donde todo es posible.

Convirtiendote en mi danna, hermoso capitán de barco forastero.

Cuando te necesito, apareces sin más, cual mago. Mago del momento, y de las mareas de sábanas de satén.

Extendiste la mano y se me grabó en el alma tu sonrisa encantadora de los vientos que soy capaz de mover por ti.

Dia trás día, extiendes la mano para levantarme y decirme : ” Una mano, amiga”.

 

CMG

 

Relato ganador de Reto N°53: “Una mano amiga.” TERRITORIO ESCRITORES

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CICATRICES

 

 

Una tarde de sábado, Carmen se mecía en su silla observando cómo se movían al compás del vals del viento las ramas de los árboles del patio, mientras retorcía sus manos energéticamente.

Sus vecinos de la residencia se habían retirado pronto, dándole oportunidad de disfrutar de la tranquilidad de la soledad.

Bajó la mirada. Acarició con cariño la cicatriz en forma de cruz que tenia en la palma de la mano izquierda… Recordó lo inmensamente feliz que fue cuando le dijeron que Julián había muerto…

Una sonrisa de medio lado se dibujó en sus labios. “Mal nacido”, dijo.

Veinte años de palizas, vejaciones, insultos. Un matrimonio sin respeto que había durado demasiado. Ya en la noche de bodas, el desalmado le marcó la espalda con su cincho para enseñarle quien mandaba. Los demás nada imaginaban, él sabía excusar los “patosos accidentes” de su esposa.

Aquel día llegó ebrio a casa tras el trabajo en la mina. Mugriento pretendía posar sus asquerosas manos sobre su piel. La acorraló y la inmovilizó. Babeaba su cuello intentando besar sus labios. Ella luchó consiguiendo golpear su entrepierna con la rodilla. Él cayó al suelo. Ella corrió al baño y se encerró con el pestillo. Respiró profundo. Se apoyó sobre sus manos con todo su peso contra la puerta para que esta no cediera. Pero no fue su marido lo que atravesó la puerta, sino un cuchillo de cocina, traspasó la palma de su mano, tiñendo las paredes de rojo.

Nadie supo lo que pasó. Encontraron a ambos tirados en el suelo envueltos ensangrentados. Una certera estocada con aquel cuchillo de cocina en el corazón de Julián acabó con su vida. Carmen consiguió ponerse de pie y romper una ventana del patio interior para simular un robo y perdió el conocimiento.

Lo siguiente que recuerda es despertase en el hospital rodeada de sus hijos, con el cuerpo dolorido y la noticia de que él ya no estaba. En su mano, guardado bajo mil llaves, el recuerdo de la última batalla por la justicia de su condición de mujer libre.

 

CMG