UN PUÑADO DE PIPAS

Son las 4,50 h, y como cada tarde, está sentado en el  mismo banco de la estación, viendo pasar a los bulliciosos pasajeros, comiendo pipas y escupiendo las cáscaras. Sin percatarse de nada y observando todo bajo la sombra de la visera de su gorra.

Tiene un aspecto relajado. Se lleva cada pipa cuidadosamente a la boca. Se la come y escupe, como en una danza de tres ritmos. Junto a él, tumbado, ajeno a todo, esta su perro Bigote.

Es un momento muy transcurrido, llega el tren de las 15,30 h de Guadalajara y parten sendos trenes a Sevilla y Barcelona. Los pasajeros llevan mucha prisa. Le encanta. Puede pasar desapercibido durante horas.

De repente, reparó en la entrada oeste de la estación. Un señor de avanzada edad, arrastra una maleta antigua, sin ruedas. Parece muy pesada.

Se incorpora, entorna sus ojos, y fija su mirada en él. Guarda lentamente las pipas en su bolsillo izquierdo y se estira despacio mientras lo observa.

“¿Qué llevara el abuelo en la maleta?”, se pregunta. Lentamente avanza entre la gente atravesando el corredor de la estación. Observa que el abuelo lleva una mochila verde llamativa. “A lo mejor me puedo acercar a él…”, piensa.

Decide perseguirle, mientras tropieza constantemente con la gente que va en dirección contraria con prisas y por unos minutos no consigue atraparlo. El hombre le saca dos cuerpos. Sino hace algo se escapará.

Alarga el brazo y consigue atrapar entre sus dedos indice y corazón lo que al tacto parece que es un móvil….

Pero, definitivamente, el hombre se le escapa, mientras pasa el control de maletas y con él, el móvil…

“¡Otra vez será! Otras víctimas habrá.” Se encaja de nuevo su gorra, sigue andando tranquilamente, saca sus pipas y va en busca de Bigote.

 

CMG

Foto cedida por http://gratisography.com/#urban

 

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LA HISTORIA DEL HIELO QUE SE DERRITIÓ EN EL TREN

            La señora sentada en el asiento 2E del vagón 3, junto a la ventanilla,  parecía inquieta. Se removía en su asiento. Hablaba en susurros consigo misma. No parecía darse cuenta que llevaba puesto un sombrero dentro del tren. Ni que llevara puestas las gafas de sol. Picoteaba con las puntas de las uñas el plástico que revestía la ventanilla. Y movía las piernas dando pequeñas patadas al asiento de delante. No parecía darse cuenta que los otros viajeros se estaban dejando contagiar por su inquietud.

            La azafata pasó adrede por allí. Le ofreció amablemente algo de beber o de comer. Adrede le ofreció gratuitamente la revista del tren. A la señora le gustó el ofrecimiento, y aceptó un refresco con hielo y la revista. Pareció que los restantes treinta y cuatro minutos de viaje se tranquilizara.

            Pero en el momento en el que la megafonía del tren anunció la siguiente parada, el nerviosismo volvió a recorrer todos sus miembros. “ tintintiiin… Señores pasajeros, nos aproximamos a nuestro siguiente destino, donde haremos una breve parada. Recuerden recoger sus objetos personales.”

            Tanto nerviosismo le provocaron aquellas palabras, que se levantó de sopetón, tirando el vaso vacío del refresco y desparramando el hielo por el suelo enmoquetado. La señora salió corriendo fuera del vagón.

            Aunque no se dio cuenta, que en el asiento 2E, se dejó olvidado algo de suma importancia: Su paciencia.

            Y allí se quedó la paciencia observando tranquilamente cómo se derretía el hielo en el tren.

 CMG