NUESTRO PROPIO REFLEJO: LA LEY DE CORRESPONDENCIA

Esta ley, que tan de moda parece que se ha puesto en nuestros tiempos, nos dice que hay Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. Así mismo, comprender sus principios nos libera de toda limitación.

CRIS MONTENEGRO G.

 

 

Hace unos días, leí en un artículo en una revista de psicología positiva, la entrevista qe le hacían al científico Amit Goswami, un físico cuántico que se ha convertido en el primer científico espiritual de nuestros tiempos. Antes de leer esta entrevista, desconocía la existencia de este científico, de igual forma que desconocía la aproximación de la ciencia a ciertos pensamientos espirituales contemporáneos, y no tan contemporáneos.

Leí por primera vez lo que llaman La ley de la correspondencia. Y gracias a esta mención, continué leyendo acerca de esta ley que parece altamente ilustrada por varios pensadores y distintas religiones.

Y lo que leí, me gustó. Es por esto que he decidido escribir este post y compartirlo con vosotros. ¿Os gustaría saber más acerca de la Ley de correspondencia? Os invito a que continuéis leyendo este resumen que he preparado para vosotros.

“COMO ES ADENTRO, ES AFUERA”.

La Ley de la Correspondencia que lo que vemos en el exterior es una proyección de lo de dentro. Es decir, que nuestro mundo exterior es un fiel reflejo de nuestro mundo interior. De esta forma, puedes conocer lo que está pasando dentro de ti con solo prestar atención a lo que está pasando a tu alrededor. Y, de la misma forma, puedes conocer cómo es el universo, incluso otras dimensiones si quieramos, tan solo observando nuestro interior.

Una de las aplicaciones de esta ley, podría ser la filosofía de  “Mens sana in corpore sano”, puesto que cuando tenemos pensamientos desordenados, distorsionados, nuestro cuerpo también termina enfermando.

Muchos de los maestros que actualmente siguen desarrollando esta ley, consideran que la enfermedad viene de la mano con el remedio, también basándose en las enseñanzas del maestro griego Hermes Trimegisto “el tres veces sabio”,: “Cambia el pensamiento y sanarás tu cuerpo”.

 

EL UNIVERSO QUE HAY EN NOSOTROS

Según esta ley, en el cuerpo humano todo es mente.

Demostrado está, que cada célula de nuestro cuerpo es inteligente y guarda la información más importante de nuestro ser desde que nacemos. Además cada célula tiene la habilidad de comunicarse instantáneamente con las demás, e incluso con el medioambiente. Es lo que se entiende como Comunicación celular. Dicha comunicación se considera que es un mecanismo homeostático, es decir, una condición interna, que tiene como objetivo mantener las condiciones adecuadas fisicoquímicas internas para que la vida continúe frente a los cambios externos.

Un ejemplo sencillo sería si nos cortamos el dedo gordo de la mano con el filo de un cuchillo. Inmediatamente, nuestro sistema nervioso manda señales a nuestro cerebro, de forma que el corte recibe la dosis adecuada de plaquetas y de todo aquello que necesita para que nuestra herida cicatrice y podamos combatir una posible infección.

Así La ley de Correspondencia nos muestra cómo también en el Universo todo es mente. Cada célula del macrocosmos, sea cual sea y se constituya como se constituya, ya sea, una estrella, un planeta, el sistema solar o la galaxia completa, posee ese grado de inteligencia que necesita. Y cada célula de la galaxia, en la que nos incluimos nosotros, ha creado una interconexión entre ellas: “el Todo afecta las partes y las partes influyen a su vez en el Todo”.

Enigmático y profundo es darse cuenta de que cualquiera de nosotros, diminutos en comparación con nuestro mundo, con nuestro sistema solar, si cambia,  inexcusablemente estará alterando la esencia misma del Universo, porque nosotros formamos parte de él. Por qué nosotros estamos formados de las mismas células que él, también somos parte del Universo. Somos una parte minúscula de una gran obra de arte que se mueve y existe al unísono.

Y es por esto que todos nuestros actos, pensamientos, actitudes, sentimientos, que proyectemos al exterior tendrá una reacción. Si hacemos algo positivo, recibiremos algo positivo. Si creemos haber hecho algo positivo, pero recibimos algo negativo, a lo mejor es que no era tan positivo.

De esta forma, el universo somos nosotros mismos, y para aprender del universo no hay que irse a Marte, simplemente hay que vivir aquí, ahora, viviendo el momento que tenemos cada uno de nosotros con nuestro exterior, y si queremos con nuestra galaxia.

Si logramos disfrutar y experimentar nuestra vida con la máxima felicidad y máxima libertad, aquí en el mundo que nos ha tocado vivir, estaremos experimentado la vida en toda su dimensión. Aunque, no es fácil, intentarlo nos puede traer muchísimos beneficios.

LA INFLUENCIA DE LOS ASTROS

En esta misma conexión, está basada la creencia de que cada persona, cuando nace, está influenciada por los astros y los planetas: nacemos bajo la influencia de nuestro horóscopo. Y este horóscopo influencia en nuestro carácter personal a lo largo de toda nuestra vida, puesto que es un reflejo de lo que hay en dimensiones superiores de nuestra existencia humana y éstos están todos entrelazados.

Por ejemplo, la columna vertebral de nuestro sistema solar se podría considera que son los planetas, de igual forma, estos planetas son puntos energéticos del sistema solar, igual que los principales chakras que el ser humano posee a lo largo de nuestra espina dorsal.  No hay mayor reflejo del Universo en nosotros mismos.

Cuando un ser humano tiene los chakras alineados, la energía del amor fluye y todo en su vida tiene orden y armonía. Lo mismo ocurrirá con el sistema solar y los planetas.

MIRA EN TU INTERIOR

La ley de correspondencia dice que lo que se exprese en tu mundo exterior,  se corresponderá con cómo pienses en tu interior y las emociones que expreses. ¿Alguna vez has sentido que no te gusta el mundo que te rodea? Cuando no nos gusta lo que hay fuera de nosotros, es porque debemos examinarnos a nosotros mismos.

Tus relaciones con los demás, vendrán determinadas por la persona que lleves dentro, por tu personalidad. Tu mundo económico, tus ingresos, será el adecuado a tu nivel de preparación interna y tus pensamientos. La forma en que la gente de tu alrededor te responda, reaccione ante ti, será un espejo a la actitud y comportamiento que tu tengas hacia ellas.

Incluso, la forma en que conduces, en que cuidas tu propio coche, se corresponderá en todo momento con tu estado mental. Cuando te sientas positivo, con energía, confiado y creas que controlas tu vida, tu hogar y tu lugar de trabajo estarán bien organizados.

Si, por ejemplo, el trabajo te agobia, te frustra o eres infeliz con tu ocupación, entonces tu casa, tu lugar de trabajo e incluso el armario donde guardas tu ropa, estará desordenado, reflejarán tu propio estado de ánimo, y la confusión te invadirá.

En cualquier parte, por sencilla que sea, puedes percibir los efectos de esta ley de correspondencia, puesto que todo se manifiesta desde el interior hacia el exterior.

Por tanto, si deseamos cambiar lo que nos rodea, debemos cambiar nosotros mismos. Por eso, según esta ley, el camino hacia el cambio siempre estará en la búsqueda en nuestro interior. Observándonos a nosotros mismos, conseguiremos cambiar internamente hacia una persona diferente y los resultados serán óptimos tanto para nosotros como para nuestro alrededor, y conseguiremos cambiar, al fin, el exterior.

Pero este cambio es mucho más profundo de lo que pensamos. La mayoría de las personas tratan de mejorar o cambiar algunos aspectos de su vida intentando que sean los demás los que cambien. Y no les sirven para nada tantos esfuerzos. No les gusta lo que ven reflejado en el espejo de su vida y se esmeran en sacar brillo al espejo en vez de ir a lo que realmente es la causa del reflejo, ellos mismos.

En conclusión, la única forma que tienes de cambiar las cosas externas es cambiar las cosas internas, liberándote de miedos, limitaciones y desechando la frustación.

CUANDO NACEMOS

A cada ser humano le corresponde un cuerpo físico que es perfecto, con una capacidad de percepción que determina una personalidad específica. Con esta capacidad, el ser humano va a ir acumulando información de su entorno y creando una personalidad en donde se instala el destino.

El destino es un encadenamiento de sucesos, es una necesidad de aprendizaje ante lo que nos falta en el camino de la evolución personal y de nuestra conciencia. Por lo que el ser humano se pasa toda su vida buscando dicho camino. En este camino, nos encontraremos con errores, errores que son matemáticamente correspondientes a la experiencia que el propio individuo necesite en el caminar de su vida. Y no podría ser de otra forma. Pues cada una de las decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida, son parte de nuestro destino. Es por esto que desde la ley de la correspondencia no hay errores, sino experiencias que nos van marcando en nuestro proceso evolutivo. Y es que, en el universo, todo responde a un orden prefecto, a un propósito concreto.

Todos tenemos nuestro papel en el universo, el sabio, el ignorante, el inocente, la abeja, la hormiga, el halcón, el león, todos tienen una función concreta dentro de este maravilloso mundo.

PRINCIPIOS DE LA LEY DE CORRESPONDENCIA:

  1. Toda experiencia es un aprendizaje:
  • El universo y todos sus procesos son pedagógicos.
  • Solo la ignorancia o el “creer saber” genera ineficiencia en la vida.
    • Comprender este principio genera eficiencia ya que:

– Saber te da las condiciones para enseñar.
– No saber te invita a seguir aprendiendo.

  1. Toda circunstancia es generada por uno mismo

Comprender este principio libera de la culpa, el rencor, el resentimiento, el deseo de venganza, la baja autoestima, etc. y por lo tanto la somatización de todos y cada una de estas reacciones.

  • “Todo lo que ha sucedido en tu vida, lo que sucede y lo que sucederá, en tu interior y en tu exterior, es generado por ti mismo”. Dependiendo de cómo interpretes tú mismo la experiencia vivida, te puede generar insatisfacción.
  • “De la misma manera que tu no le has hecho daño a nadie, nadie te ha hecho daño a ti”. Aprende de la experiencia propia, asume las consecuencias..
  1. No hay ningún evento que no corresponda con quién lo vive:

Comprender este principio libera de la creencia de la justicia, la injusticia, la buena y la mala suerte.

  • Cada quien tiene lo necesario y correspondiente con su propia experiencia.
  • Pedir es un ejercicio inútil pero necesario. Inútil para el propósito del ser humano, y necesario para descubrir que el universo tiene un orden.
  • Transformar el pedir en actuar trae consigo eficiencia en la experiencia de vida. Actuar permite verificar un resultado de sabiduría o de ignorancia y la observación de este, la disposición a aprender o a enseñar y a fluir con el orden universal.
  1. Estamos ubicados en el lugar que exactamente nos corresponde:

Comprender este principio libera de la creencia de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto.

  • Las diferentes circunstancias que nos atañen, simplemente son necesarias y correspondientes con quien las vive.
  • Cada persona está ubicada en el sitio exacto que la corresponde de acuerdo a lo que este requiera para completar su proceso de evolución.
  1. Venimos a la vida con lo necesario para vivirla:

Comprender este principio libera de la creencia de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto.

  • Si alguien no tuviera lo necesario para vivir, simplemente no viviría. Algo diferente es querer vivir de otra manera lo cual es una condición del ego que no se satisface con lo que tiene.
  • Cada quien tiene lo necesario para aprender y desarrollar su función.
  1. Sólo sucede lo que tiene que suceder:

Comprender este principio libera de todos los miedos.

  • A nivel global e individual todos los sucesos que afectan la vida corresponden matemáticamente con la persona que los vive.
  • Preocuparse por lo que puede pasar o no en el futuro o por lo que pasó en el pasado le quita eficiencia al presente.
  1. Sólo se da o se tiene lo necesario:
  • Es imposible conseguir aquello que no necesites e imposible perder aquello que necesitas.
  • Sólo se tiene y se experimenta aquello matemáticamente correspondiente con las creencias, pensamientos y actitudes que se tienen.
  • Sólo se mantiene aquello que se necesita en la experiencia.
  • Quien agrede y se queja de lo que tiene está en riesgo de perder lo que necesita. Todo aquello que no se valora se va perdiendo.

Entender los principios de la Ley de correspondencia, te ayuda a deshacerte del miedo ante la vida, y te invita a que preste atención a tus acciones, pensamientos y sentimientos, comprendiendo que todo  lo que hagas tendrá un efecto de igual proporción y sentido.

Así como trates a los demás, serás tú tratado. De la misma manera, lo que tú pienses de los demás, los demás pensarán de ti. Y lo que tú sientas acerca de una determinada persona, ella te lo reflejará, pues es lo que tú sientes en tu interior.

FLUIR CON LA LEY DE CORRESPONDENCIA:

Si aprovechamos la oportunidad de aprender de las situaciones difíciles, en lugar de evitarlas, estaremos madurando en nuestro camino de vida y nos haremos más fuertes y sabios, en una actitud de humildad.

Si lo conseguimos, observaremos:

  • Que situaciones que antes eran difíciles e incómodas van desapareciendo y se abre el paso nuevas experiencias, lugares y personas que generan cada vez mayores niveles de satisfacción.
  • Mayor acceso a la abundancia, la satisfacción personal y la paz interior.
  • Mayor capacidad altruista.

 EFECTO DE SALIR DE LA LEY DE CORRESPONDENCIA:

  • Sensación de lucha constante con el consiguiente desgaste ante lo que nos corresponde vivir: lugar, trabajo, personas, situaciones presentes.
  • Falta de altruismo.
  • Sensación de fracaso.
  • Bloqueos.
  • Insatisfacción generalizada.
  • Dificultad para tener éxito.
  • Miedos.
  • Angustias.
  • Frustraciones.
  • Sufrimiento.
  • Baja autoestima.
  • etc.

En mi caso, la Ley de correspondencia me ha aportado unas cuantas preguntas más a mi vida diaria, pero ante todo, me he dado cuenta de que muchas veces no somos conscientes de los que hacemos ni las repercusiones que puedan tener en nuestro alrededor ni a las personas que nos rodean.

Formar parte de algo tan hermoso e importante como la vida misma es una gran responsabilidad y como tal, debemos ser coherentes con la imagen que tenemos de nosotros mismos como parte de ella y la imagen que damos a los demás de ella. Y aquí es donde llego a la misma conclusión de siempre: en nuestras vidas falta mucho amor. Amor por el progimo, amor por nosotros mismos, amor por la Tierra, amor incondicional, en definitiva.

CMG

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¿VIRAJE O ABORDAJE?

Leí hace poco un articulo en el que se nos invitaba a reflexionar sobre Qué sentido tienen nuestra vida.

Es cierto que parece que el ser humano es un eterno camino herrante, busca constantemente una respuesta a esta cuestión.

Ellos hablaban de que cuando buscamos quimeras y no sabemos ciertamente donde vamos se produce un malestar en el inconsciente y nos sentimos abatidos, tanto en nuestro plano físico como en nuestro plano espiritual.

Se tiene la idea, en ocasiones, de que tan solo nos debemos dejar llevar por la corriente de la vida por el cauce de un destino ya marcado desde que nacemos.

Ahora, mis preguntas son otras:

¿Realmente vagamos por la vida sin control? ¿No tenemos metas que nos incentiven a continuar? ¿Tenemos una meta en la vida?

¿Y nuestro destino? ¿Realmente estamos destinados a hacer algo en esta vida?

¿Podemos controlar nuestro futuro desde el presente?

Os invito a que reflexioneis conmigo. Y para ello, os dejo una frase que me parece muy ilustrativa.

“Al Este el amanecer, y al Oeste el mar, y más allá del Este y el Oeste, la sed de vagar que me impide vivir.”

Gerald Bull

¿Vosotros qué opinais? Déjame tus comentarios al respecto.

CMG

Fotografía cedida por Matthew Sleeper

ESTO ES ASÍ…

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Puedo leer tu mente… Porqué estás sentado leyendo este texto… Conozco tu historia.

Crees no poder estar a la altura. Crees que no puedes tirar más de esa situación. Las personas de tu entorno, los lugares habituales. Tu espalda se encorva. Te pesan los pies. Tu cabeza parece no querer funcionar como debiera. Créeme lo siento.

Cuando la vida está vacía y la soledad comienza a aproximarse cada vez más. Parece que no hay mañana. Parece que acaba hoy.

No hay camino fácil de hacer. No hay vida sencilla. Ni mundo perfecto. Desengáñate. No existe eso de “Búsqueda de la felicidad”.

Ante todo no te rindas, porque la respuesta a todo esto está delante de ti. Ya lo veras.

Prepárate para luchar. Ármate para continuar. Libera tu mente de pensamientos. Deja escapar las preocupaciones. No albergues dudas. Nunca pierdas la fe. Esto no va a ser fácil. Aprende la lección.

Yo no tengo las respuestas a tus preguntas. Tampoco las tengo a las mías. Quizás si me preguntas no sepa qué decir. Pero estoy segura que dentro de ti, encontraras las respuestas. Atrévete. Búscalas. Encontrarás el camino y seguirás adelante.

No lo dudes. Puedes ganar en esto llamado vida. Haz las cosas con la pasión de tu alma. Y pon amor en todo lo que hagas. Eres único.

Cris Montenegro G

 

Foto cedida por Librestock.com

LA CALLE DE LA MISERICORDIA

    Era una tarde de primavera. todavía lucía alto el sol y corría una fina brisa cálida. La gente se había animado a salir a la calle.

Desde lo alto de la cuesta de la Calle de  la Misericordia, se veía a lo lejos un joven distraído, envuelto en sus pensamientos. No se percataba de las personas con las que se cruzaba ni de los acontecimientos que le rodeaban.

El muchacho no era ni muy alto, ni muy bajo. Parecía, a primera vista, normal. Vestía con zapatillas de deporte, vaqueros y sudadera desgastada. Llevaba su pelo moreno despeinado. No destacaba la expresión de su rostro, puesto que no reflejaba ninguna.

Sus labios carnosos, se cerraban en un línea recta. Nadie diría que era muy diferente a los demás. Desde que le diagnosticaron su enfermedad, sabía que no podía ser de otra manera. La parte derecha de su rostro mostraba los rasgos normales de cualquier chaval de su edad. Sin ningún cuidado ni retoque . Su parte derecha era la mas natural, la más dejada. Llevaba la ceja al natural, y la barba incipiente de hacía unos días.

Su parte izquierda era, sin embargo, rebelde. Llevaba un piercing en la oreja. recién afeitada e hidratada. Su ojo izquierdo parecía ser un poco más grande. Su ceja estaba depilada con esmero. Sus lineas maquilladas destacaban su mirada aún mas. Todo giraba sobre su rasgo mas significativo.

Aún así, ambos ojos eran de un intenso azul marino, de mirada perdida, delatando que sus pensamientos estaban mucho mas lejos, en otro lugar distinto a aquella calle. Sus pasos seguían el camino bajando la cuesta, el tiempo se iba acelerando con cada paso. Bordeaba el horizonte de la ensoñación y le hacía pasar sin ser percibido por esa realidad.

   A esa misma hora, salía de la óptica al final de la calle de la Misericordia, una mujer de avanzada edad, satisfecha por la compra que había realizado aquella tarde.

Sonriente iba subiendo la cuesta poco a poco mientras observaba cada pareja, cada niño, cada persona con la que se cruzaba. Su pelo blanco peinado con cuidado, se movía con la brisa al mismo compás que su vestido de florecillas verdes y amarillas. Feliz de poder disfrutar de aquella tarde, rememoraba los largos años de antaño y entornaba sus pequeños ojos brillantes envueltos en un puñado de arrugas. Su boca dejaba ver unos dientes demasiado blancos y unos deliciosos pliegues demasiado marcados alrededor de sus finos labios.

La mujer que se paró a saludar a un simpático perro, no vio venir al joven que le arrolló. En la colisión, sus gafas se cayeron al suelo y ella retrocedió varios pasos hasta que consiguió equilibrarse. Al principio, no supo que había pasado. Estaba desorientada.

El joven tampoco la vio venir. Al principio, movió la cabeza varias veces hasta que consiguió centrarse y ver delante de él una señora de pelo blanco que se tambaleaba.

Se quedó inmóvil mientras la observaba. De repente, se percató de unas gafas tiradas en el suelo. Mientras que la señora se recomponía, el joven se agachó a recogerlas. Al incorporarse, se encontró con la mirada magnánima de la señora, haciéndole comprender que las gafas eran de ella. Extendió la mano para entregárselas, diciendo en un tono de voz monótono:

  • Lo siento.

La señora, con mucho cuidado y tranquilidad, se colocó las gafas y lo observó durante unos segundos. Sonriendo ampliamente, dejando ver esos dientes de blanco perfecto, le respondió:

  • No pasa nada, hijo. Hoy en día vamos a todos lados con mucha prisa. Me alegro de haberme tropezado contigo.

Pareció que el chaval no supo qué mas añadir, quizás ya no había nada qué decir. Pero algo pasó en su interior, que su rostro hasta ahora inexpresivo, se inundó de luz y apareció en sus cansados labios una gran sonrisa de satisfacción.

 

CMG

 

 

Foto cedida por Gratisography_Made with love by Ryan McGuire

DESPIERTAME PRIMAVERA

Gotas de rocío del alba se forman sobre mí,

sobre el verde clorofila de mis hojas.

En mi tronco verde musgos arraigado.

Abro un ojo, un destello de una fuerte luz nubla mi visión.

Me retuerzo, me ha deslumbrado.

Los ojos me duelen.

Vuelvo a abrirlos, veo otro rayo del padre Sol.

Lo acojo, me percato de que estoy saliendo de ese largo sueño de invierno.

Mis raíces se desperezan, se estiran y se ahondan más en la madre Tierra.

Mi  esbelto tronco se endereza buscando el cálido abrazo del Sol.

Mis ramas desnudas ahora, comienzan a dar brotes de vida.

Vida verde, fruto de mi interior, fruto de mí.

¡Vida!

 

Sé lo que siento, Vida por fin.

Llegó la Primavera.

Por fin, cambia de estación.

Puedo olvidar el invierno pasado, de aquellas mañanas de hielo, fría escarcha y estupor.

Siento las cosquillas de los pájaros revoloteando entre mi copa.

Los mirlos cantan en este amanecer.

Se forman nidos en sobre mis ramas.

Contemplo con cariño, tras los rayos de Sol, mis imponentes ramas, verdes y en flor.

 

CMG

 

RETO NUM.47: “COLOR DE PRIMAVERA”. TERRITORIOS ESCRITORES

COSAS DE LA VIDA

Un osado rayo de luz invadió la instancia en la que alguien dormía sosegadamente.

Aquella persona era Alberto, un niño de doce años emocionado de la vida y cuya principal afición era hacer ladrar al perro de su vecino, Yago, un caniche de no más de medio metro de alto. Sonó su despertador en forma de coche de carreras, con su habitual tono semejante al rugido de un motor en formula uno. Eran las ocho y diez de la mañana y tenía que ir al colegio. Apagó el despertador sin despegar siquiera los ojos. Perezosamente, se volvió a arropar con las sábanas y continuó durmiendo sin importarle ni lo más mínimo que pudiera llegar tarde a clase. En ese momento, su madre, Paloma, entró en la habitación:

  • Venga, dormilón. Si sigues así llegarás tarde a clase.- se acercó rápidamente a la cama y retiró con un juego seco de muñecas las sábanas dejando al descubierto el calentito cuerpo empijamado de Alberto, sumido todavía en un profundo sueño.
  • Ummmm… – tan solo pudo articular el pobre Alberto.

Continuando con su rutina de cada mañana, la mamá de Alberto subió hasta el tope las persianas y abrió de par en par las cortinas azules de Mickey que su padre le había traído como recuerdo de su viaje a París. Ante tan desolador panorama, y vistas sus pretensiones derribadas por su poderoso enemigo, sus ojos se abrieron completamente, dejando ver ese verde tan precioso del que su madre estaba completamente enamorada. Se desperezaba cuando su madre se sentó al borde de su cama para observarle en su cómica actuación mañanera. Ésta, inclinando un poco su cabeza a la derecha, no podía dejar de mirarlo con amor y sentirse orgullosa de su único hijo.

Tardó varios años en llegar el feliz acontecimiento. Les costó muchos paseos por las consultas de distintos médicos especialistas en esos temas. Pero, hoy, con su hijo frente a ella, le daba gracias a Dios que les hubiera recompensado con tan maravilloso presente: Alberto. Una triste noticia, saber que jamás podría darle un hermano, o hermana. Pues, fue un embarazo muy duro y doloroso para ella, y el parto, especialmente perjudicial, hasta tal punto, que su matriz quedó dañada para siempre. Aunque, pensaba, lo volvería a hacer otra vez más, pues Alberto era lo mejor que les había pasado, el mayor fruto de su amor. Y ahí , delante de ella, estaba retorciéndose y eludiendo su deber de levantarse para ir al colegio:

  • No vas a conseguir convencerme. Te quiero de pie en dos segundos, sino llamaré a Yago para que venga y te muerda los talones.- bromeaba Paloma para que su hijo se moviera de una vez. – Venga, no me enfades.- Se levantó e, inclinándose sobre su hijo, le besó suavemente la frente.

Alberto siguió con la mirada a su madre que salió de la habitación y lo dejó solo. Realmente le hubiese gustado quedarse ese día en la cama. Tenía un examen de mates y no le apetecía ir al colegio porque uno de sus amigos había enfermado y no tendría con quien jugar al rescate en pareja a la hora del recreo. Pero, en fin, era un chico responsable. Se levantó de un salto, abrió el armario, tan desordenado como siempre, y sacó una ropa cualquiera. Entró en el baño, se aseo y se vistió en un tiempo récord. Su madre le había preparado como cada mañana el desayuno: un vaso de zumo de naranja natural, un tazón de Cola Cao y sus cereales favoritos, un desayuno nutritivo para un chico fuerte que tenía que crecer, o por lo menos eso era lo que decía su madre. Y él la creía.

Se sentaron juntos para desayunar como cada mañana, aunque no exactamente igual:

  • ¿Y papá?.- preguntó Alberto a su madre con la boca llena de una mezcla entre cereales masticados y zumo de naranja.
  • No hables con la boca llena.- le regañó su madre.- ¿No has oído que se ha marchado esta mañana temprano?
  • ¡Nooo! ¿Adonde?.- preguntó totalmente atónito.
  • Será posible que no te hayas enterado que ha pasado a tu habitación para darte un beso de despedida. ¡Ay!. Se ha marchado a Bruselas. Tenía una reunión muy importante hoy, ¿no te acuerdas?. – su madre sonreía mientras observaba divertida a su despistado hijo cómo se devanaba los sesos por recordar.
  • Aaaah! – finalmente, tuvo que admitir Alberto.

A Alberto, no le gustaba que su padre viajara tanto. Lo único que deseaba era que jugara más con él y que pasara más tiempo en casa con su madre. Pero el padre de Alberto era un alto ejecutivo de una empresa internacional y su deber era viajar allí donde lo necesitaran para un negocio.

A veces se imaginaba a su padre, a su madre y a él en un avión rumbo hacia un exótico país sobrevolando las azules aguas del océano, y tan solo de pensarlo, se emocionaba: ¡ un avión!.

Así pues, la mañana de Alberto comenzó. Ya en la realidad, cogió su mochila, y le dió un beso a su madre. Al salir al descansillo, como cada mañana, golpeó la puerta de su vecino y Yago comenzó a ladrar desesperado. Así fue como le gustaba cada mañana salir de camino al colegio, sito tres manzanas hacia la derecha, pasando por delante del hospital provincial.

Eva subía pesadamente la cuesta de la calle donde tenía su casa. Había madrugado más de lo normal aquella mañana, incluso, aún llevaba señaladas las sábanas en la piel de su cara. El sueño y el cansancio eran sus acompañantes. Tenía cita para realizarse unos análisis de sangre. A pesar de que le aterraban las agujas y todo aquello que tuviera que ver con médicos y aparatos quirúrgicos, al fin había encontrado un trabajo medianamente decente y le exigían un informe medico completo. Definitivamente, su cansancio era debido a la falta de costumbre de levantarse temprano. Como no tenia trabajo al que acudir diariamente, la hora de despertarse la decidía ella.

Tomó el autobús metropolitano numero 2, pagó sus setenta céntimos de euro y se hizo sitio, como pudo. entre el grupo de trabajadores vestidos con mono azul que habían subido en la estación anterior. Encontró un lugar idóneo al lado de la luna trasera del vehículo, a través de la cual podía observar el paisaje tranquilo y solitario de las siete de la mañana de esta ciudad pequeña y acogedora. Mirando su rostro reflejado en el cristal, se preguntaba si tanto esfuerzo valdría la pena; si al acabar el contrato de seis meses que la habían ofrecido no la volverían a despedir, y tendría que volver a fichar cada mes a la oficina del INEM. Le cabía la esperanza de encontrar en aquella empresa su futuro trabajo indefinido o por lo menos la experiencia necesaria para encontrarlo en otra diferente. Se sentía totalmente desconectada del mercado laboral después de tantos años. Por lo que, estaba atemorizada. Atemorizada por no saber, por no poder, por no dar la talla. Pero, en su interior, albergaba que su juventud fuese su mejor aliada.

Bajó en la parada situada enfrente del hospital provincial. Respiró profundamente. Con valentía, dió un paso en delante y entró por la puerta de atrás al hospital. Buscó la sala de “extracciones”. Esperó en la puerta, junto con otros pacientes, a que a las ocho en punto se abriera la puerta. De su interior, salió una enfermera que vociferó varios nombres. Los pacientes que eran nombrados pasaban dentro entregándole primero el volante de su médico de cabecera. A cada minuto que pasaba esperando allí, de pie, con el estomago vacío, sus nervios se acrecentaban. Por fin, la enfermera, de piel amarillenta y nariz puntiaguda, dijo su nombre. Una vez dentro, varias “auxiliares técnicos sanitarios” esperaban con unos tubos y unas jeringuillas a los pacientes para extraerles la sangre. Eva, paralizada, esperaba a que alguna de ellas le hiciese una señal. Fue la enfermera del fondo quien le señaló la silla que había vacía delante de ella.

  • Arremánguese y ponga aquí su brazo con el torso interno hacia arriba. – prácticamente, le ordenó, mientras preparaba uno de los tubos en una de las jeringuillas y le ponía una goma apretándole el brazo, con el fin de que la sangre se acumulase y encontrara mejor las venas que tenía que perforar.

Eva cerró los ojos y miró hacia otro lado, mientras la ATS le pinchaba con la jeringuilla. Cuando por fin acabó, se levantó, no sin cierta dificultad, y anduvo como pudo hasta la puerta. En el pasillo, se sentó en una silla para descansar mientras el mareo se disipaba. Se dirigió a la cafetería, donde compró un bollo de chocolate y un zumo envasado. Aquello terminó de animarle. Ya no se sentía mareada. Salió a la calle. Se miró el reloj: eran las nueve menos veinte. Respiró profundamente el aire fresco de la mañana. Bajó los escalones en dirección a la parada de autobús de vuelta a su casa. Al ir a cruzar por el paso de peatones, un coche rojo se dirigía a toda velocidad hacia ella por su izquierda, pero Eva no se percató. Pasó frente a ella rozándole los pies y despeinándola por el viento que el coche rojo formó. Por ese mismo efecto gravitatorio, Eva giró la cabeza hacia la derecha. Y fue entonces cuando lo vió.

Paloma bajaba rápidamente los escalones del pasillo. Llegaría tarde si no se daba prisa. Cuando llegó al piso bajo, advirtió que le faltaban las llaves del coche y tuvo que desandar lo andado. Ahora lo que no encontraba eran las llaves de la puerta. Eran las nueve menos veinticinco y ya era seguro que llegaría tarde, así que se relajó y buscó tranquilamente las llaves de la puerta de su casa. Las encontró en el fondo sur de su amplio bolso. Entró rápidamente al salón y cogió, de encima de un sinfonier de madera color violín, las llaves del coche donde las había dejado la noche anterior. Cerró con un portazo, lo que hizo a Yago ladrar. Paloma cerró la puerta susurrándole al perro que se tranquilizara que era ella. De nuevo, bajó a toda prisa los escalones.

Se miró el reloj eran las nueve menos diecisiete minutos. Abrió la puerta que daba a la calle y vió a una chica correr gritando algo que no comprendió. De fondo, escuchó el sonido de unas ruedas frenando y, de repente, un olor a llanta quemada le hizo entender que algo había pasado. El corazón le dió un vuelco. Su pulso se aceleró. Sin saber porqué corrió hacia donde el coche rojo había frenado. Llegó Paloma. Se comenzó a formar un grupo de personas alrededor de ella. No podía creer lo que estaba viendo. No podía ser verdad…

Alberto estaba tumbado sobre el asfalto, inmóvil. Paloma cayó de rodillas al lado de su hijo. Las lágrimas empañaron sus ojos mientras trataba de buscar algún atisbo de vida: no se movían sus pulmones, su corazón no bombeaba la sangre. Comenzó a perder los nervios. Lo llamaba incesante, y se decía a si misma que aquello no estaba pasando, que tan solo era un sueño y en seguida iba a despertar. Se autoconvencía de que su hijo se levantaría en cualquier momento. En esos segundos de confusión, esa chica que gritaba momentos antes se hizo camino entre la gente que se había amontonado a su alrededor. Se arrodilló al lado de Alberto, colocó su cabeza formando una línea con su laringe para dejar las vías respiratorias abiertas, acercó sus labios a los de su hijo y empezó a insuflar aire de sus plumones a los del niño. Paloma la miraba embelesada por el ritmo de los masajes cardiacos que la desconocida aplicaba al pecho de su pequeño. De hecho, había sido la única persona, de todas las que allí les rodearon, que hizo algo valiente y coherente con las circunstancias. ¿Quién sería? ¿Por qué lo hacía?

Un equipo sanitario llegó a los pocos minutos, seguidos por un coche de policía. Paloma se levantó del suelo. En esos momentos no podía distinguir entre la realidad y la ficción formada en su cabeza. Le parecía estar viendo una película desde el palco de butacas. Los policías tenían cogido por un brazo a un chico con gafas de sol oscuras, el cual, debía de ser el causante de todo, el conductor del coche rojo. El medico de urgencias y las enfermeras luchaban por hacer respirar a su hijo tumbado, ahora, en una camilla con ruedas. Alguien le preguntó si conocía a ese chico y ella contestó. Se lo llevaron corriendo hacia el hospital. Recuerda que pensó: ” Menos mal que vivimos cerca del hospital provincial.” Y, enfrente de ella estaba la chica que gritaba, la chica que auxilió a su hijo cuando ella ni siquiera sabia si continuaba viva. Pero, ¿por qué lo hacía?

Eva se quedó mirando cómo se llevaban al chaval, intubado, con la mascarilla de oxigeno cubriendo sus fosas nasales. Su visión angelical, echado sobre su frío lecho de cemento, quedó tatuada en su mente. Al levantar la vista, encontró la desoladora mirada de la que ella creía era su madre. Pobre mujer. Aún le temblaban las piernas, y no podía emitir ni una palabra de consuelo para tranquilizar a esa madre demacrada. Se acercó donde ella estaba. Cogió el bolso que estaba tirado en el suelo y se lo devolvió, pues tendría que ser suyo.

Las dos mujeres permanecieran unidas, sentadas una junto a la otra en la sala de espera del hospital, expectantes cada vez que se abría la puerta por donde había entrado Alberto. No se dirigieron ni una sola vez la palabra. Tardaron casi dos horas en salir a comunicarles que el niño estaba todavía vivo, sin embargo, lo estaban interviniendo.

Paloma no paraba de llorar, frustrada, intentando llamar a su marido, y su marido que estaba “apagado o fuera de cobertura”. De vez en cuando, miraba de reojo a su compañera. Compañera totalmente desconocida. Desconocida que le había ofrecido su apoyo en aquellos momentos sin aparente razón. Razón que habría de dársela por ser la única persona que había ayudado a su hijo. Entonces, supo que le estaría eternamente agradecida.

Eva se levantó de la silla para ir a la cafetería a por dos botellas de agua mineral. Le ofreció una a la mujer sentada a su lado. La mujer la cogió y le sonrió. Quizás, ese día era el día en que desempeñó el papel de heroína de toda la obra de su vida. Entonces, supo que no podría irse de aquel hospital sin haber hecho todo lo posible por el chaval, que le había devuelto las ganas de luchar por algo.

Sin palabras, las dos mujeres se expresaban cuantos sentimientos nacieron en tan fatídica situación. Tras el transcurso de tres horas, un medico vestido de verde salió de detrás de la puerta. Las dos se levantaron, Paloma por ansiedad y Eva por temor.

  • ¿Quién es la madre?.- preguntó el doctor con voz condescendiente.
  • Yo… – dijo Paloma, entre sollozos.
  • Mi nombre es Alonso Vázquez, el cirujano que trata a su hijo.- el doctor posó suavemente su mano en el hombro de Paloma y sugirió:.- Mejor sentémonos.

Eva, Paloma y el medico se sentaron en silencio. Él garraspeó y comenzó a hablar lentamente, mirando a los ojos a Paloma:

  • Su hijo está estabilizado, aunque no está fuera de peligro. Se lo explicaré para que lo entienda sin tecnicismos. El coche impactó contra la caja torácica, lo que ha causado que la tercera y cuarta costilla del lado izquierdo se partieran. Esto ocasionó que una de ellas, perforará parcialmente una arteria pulmonar. Este problema está en estos momentos controlado temporalmente, aunque puede tener, en las próximas horas, crisis respiratorias críticas. El impacto fue brutal para su cuerpo todavía en formación y sus huesos aún blandos. Lo que le quiero decir es que tiene múltiples fracturas. Aún así, lo más grave es que, creemos, se ha dañado la médula.

Paloma temblaba aterrorizada tratando de asimilar lo que el cirujano le estaba explicando. Por primera vez desde su encuentro, Eva miró los ojos de aquella madre destrozada. Encontró ansiedad y una cantidad desmesurada de dolor. Experimentó la necesidad de sentir entre sus dedos las heladas manos de esa mujer, de la que nada sabia, pero con la quería compartir su dolor y demostrarle así su apoyo en esos momentos de amargura. No se dijeron nada. Los tres secundaron los momentos de silencio. Tras unos segundos, que parecieron una eternidad, el medico continuó:

  • Si actuamos con diligencia, todavía nos queda una posibilidad para salvarle.- Paloma levantó la cabeza, en su mirada, se podía ver la esperanza y la valentía por intentar cualquier cosa por la vida de su hijo.- No puedo asegurarle cuanto tiempo podremos mantenerle estable. Necesitamos un donante cuanto antes, aunque le advierto que no es nada fácil.- el medico hizo una pausa.- Quizás, su padre nos pueda ayudar. Es el candidato más probable.
  • ….. .- un susurro fue tan solo lo que salió de la garganta de Paloma, para explicar.- … Eso es imposible… Mi marido está en Bruselas….- y después de estas palabras, rompió a llorar sin consuelo, hundida en la más profunda de las desesperaciones, frustrada por no poder hacer nada. Todo estaba perdido. No volvería a tener a su pequeño entre sus brazos. Su vida se escapaba.

El verde paisaje de la sierra, el aire fresco de las montañas y la atmósfera de tranquilidad que la invadía, propiciaron el recuerdo de aquellos agrios sucesos en que todo estaba perdido, en que todo había cambiado para ella.

Hay quien cree fielmente en la idea de que cada hombre y mujer nace con un destino ya marcado. Aseguran que somos “enviados” a la tierra para realizar una misión, pues todos tendríamos una misión que debemos cumplir. Por ende, todos los acontecimientos de una vida fluyen hacia un mismo punto y nos conduce en un mismo cauce. Para Eva, desde aquel accidente, se convirtió en una filosofía de vida. Estaba segura de su credibilidad, pues en esa mañana gris, que en principio se presentaba tan monótona como todas las demás, ella cumplió su misión. En definitiva, consistió en salvar vidas. Su vida se salvó porque estaba extraviada y no la podía encontrar en las profundidades de un hondo pozo de tristeza en el que se había sumergido. La vida de Paloma, ahora su mejor amiga, también la salvó al estar, simplemente ahí e infundirle serenidad y aplomo. Y, también, la vida de Alberto. Pues nadie podría haber sabido que Eva estaría allí en aquel momento; nadie podría haberle dicho que correría sin pensarlo al auxilio de Alberto en el justo momento; pero lo que nunca nadie podría haber predicho fue que Eva sería la llave de una puerta imposible de abrir. Sería la persona que donaría una parte infinitésima de sí misma para que un niño, al que de nada conocía, pudiera vivir.

Simplemente, son cosas de la vida. En realidad, fue pura casualidad que el medico accediera a realizarle las pruebas cuando todo ya estaba perdido. El padre de Alberto no podría llegar a tiempo para la intervención, las vías normales burocráticas del hospital que llevaban integradas largas listas de espera eran desalentadoras, y las pruebas realizadas a la madre habían sido negativas. Todo estaba perdido y Eva, simplemente, quería ayudar. Se le ocurrió: “¿Qué podemos perder?”. Ante las pocas esperanzas que la situación presentaba, el doctor aceptó, no sin escepticismo. Asombrosamente, y sin una explicación científica razonable, las pruebas de compatibilidad resultaron positivas. Eva era la donante que esperaban que, en la cuenta atrás, salvaría la vida de Alberto.

Meciéndose en aquel balancín con Alberto tumbado en su regazo, viendo tranquilamente el tiempo pasar, dió las gracias por haber estado en el lugar idóneo en el momento exacto, por lo que ocurrió aquella mañana, por el milagro que supuso para su vida y para la de Alberto.

Esta es la historia de tres vidas que se cruzan por azar. Es la historia de tres vidas que desde entonces transcurrieron paralelas. Esta es la historia de tres corazones, uno fuerte y luchador, otro triste y opaco, y otro débil e inmaduro, y tres almas gemelas que durante tres días latieron al mismo compás. Tres días que transcurrieron desde la intervención quirúrgica hasta que Alberto abrió de nuevo sus ojazos verdes llenos de vida, iluminando de ilusión y agradecimiento la mirada de Paloma y llenando de desbordante amor aquel vacío de la vida de Eva.

Hoy, la amistad inunda las paredes de la casita de campo, que Eva y su marido habían comprado en la sierra de Alcudia, para celebrar el próximo nacimiento de su primera hija. Paloma y su marido pasaban el mayor tiempo posible junto a Alberto y a la pequeña niña que habían adoptado, formando así la familia que ellos deseaban.

Y Alberto, porque no nos engañemos, es el protagonista de este relato, aprendió a valorar cada minuto de su vida siendo ejemplo de las mejores virtudes de solidaridad y comprensión con sus semejantes, paseando por la vida de la mano firme de su madre Paloma y su ángel protector, Eva. Aquel horrible accidente se fue archivando en los confines de su memoria, aunque siempre lo llevó tatuado en su pecho y grabado en su corazón, que bombeaba su dulce sangre con más ganas y más fuerza que nunca por esas cosas que hacen que valga la pena vivir.